
|
Pliegues del (ser) consumo Algunas disquisiciones sobre Guy Debord Por Sebastián Russo
1 “Me propongo no hacer ningún tipo de concesión al público”, dice, y funda, se funda, fundiéndose con su propio enunciado. Un yo prepotente, soberbio, fundado en un acto enunciativo soberbio, prepotente. Un acto de contundencia inaudita, sobreactuada, pero de una potencia insospechada. Un yo que se posiciona, que se autoevidencia. “Se sabe, no he hecho -en alguna otra oportunidad- concesiones a las ideas dominantes”, sigue diciendo Guy Debord en In girum imu nocte et consumimur igni. Y el registro subjetivo se funde (en una amalgama de irradiaciones disruptivas) con el de su proposición, su tesis: la idea de público ES la idea dominante. Y por tanto el concepto a trabajar, a horadar. Una no concesión que se engendra rigurosamente (con esa rigurosidad de anarquista concienzudo) a través del distanciamiento del canon audiovisual. Y es ahí donde el fundirse del enunciador con su enunciado reverbera sintomáticamente a través de (en conjunto con) otro registro, el visible, como acontecimiento fundacional, agencial: visibilizaciones y enunciados inconciliándose, en acto pre-potente. 2 ¿Pero no es ese encuentro paradojal entre la palabra (lo enunciable) y la imagen (lo visible) -que según Eduardo Grüner, en el cine, es de carácter trágico-, el que promueve la acción? Una acción reflexiva, por un lado, de intento/esfuerzo de adecuar –inteligibilizar- ambos registros desfasados, y por otro, de adecuar/rever imágenes-discursos naturalizados por el fluir tópico (hegemónico). 3 Un desfasaje doble. La imagen de la palabra y la imagen/palabra del estereotipo. Visibilidades que se liberan de la poderosa semantización de lo enunciable. Y así, desfasadas, escapando del estereotipo, de la connotación esperada, ordenada, dominante. Un desfasaje doble que es en sí mismo una propuesta: la propuesta por el desfasaje, por la horadación: la del orden dado, la de los órdenes establecidos (por otros/nosotros), reproudcidos, replicados (por todos), o sea, la de un orden hegemónico. Un orden que se reproduce y refleja en estratos, registros varios. Por caso, el cinematografico, el que tiene al “público” como fin preasignado. Que como todo estrato ordenado posee ciertas relaciones ya dadas, establecidas (la palabra y la imagen, por caso, en vinculación sinérgica), indiscutidas, naturalizadas, fetichizadas. 4 Y ahí Guy Debord. Y su propuesta ética. La de una ética de la acción. Porque su apuesta es proactiva. A diferencia de desencantados y autoimposibilitados frankfurtianos (cuyo aliento ético/artístico de la imposibilidad de la representación –el “no puede haber poesía después de Auschwitz”- rebota en el “tú no has visto –no puedes ver- nada en Hiroshima” del contemporáneo a Guy de Alain Resnais) y en consonancia con un espíritu acontecimentista en ciernes, Debord provoca/busca la acción. Sus palabras/imágenes devienen acto las tesis frankfurtianas: acto fílmico. Un acto promovido por la incomodidad, por la insostenible (omni)presencia del tópico, por la insoportable gravedad de lo dado, lo cerrado, lo absoluto. Un acto, una estética del corte. Un desplazamiento conceptual que deviene desplazamiento político: una otra política representacional. 5 Una ética de la acción. De la acción (ética) del corte. No solo recortando –singular, moralmente, dirá Godard- lo real, sino provocándolo, construyéndolo, en status disruptivo, de desplazamiento ontogénico, de fluir/devenir ontogénico. La acción por sobre el mostrar: la acción de mostrar. Un mostrar lo no mostrable, lo ininteligible, lo no exhibible en términos utilitarios, didácticos, distractivos: espectaculares. 6 La atención por sobre la absorción. La acción de la atención. Hay que estar atento, activo, trabajando los films-ensayo de Debord. Y el ensayo como síntoma de un hacer que no concluye, un hacer analítico que en su propio carácter de analítico-hacer no acaba. Una existencia ensayística, compuesta por fragmentos de intentos-de-alcanzar-verdades. Una intensidad fragmentaria, una potencia que deviene fragmentos de, intentos de. Y en ese cuerpo de inorgánica existencia, la potencia de ser, de ser otro, de discutir lo que (ya) es. 7 Su acción en ocasiones se reduce a utilizar las mismas imágenes, repetidas, reencuadradas, editadas junto a otras. Reutilizando materia visible, que se acumula y descarta de forma reverberante. Esa repetición, ese volver a mostrar (que siempre, claro, produce un ver otro), funciona como bálsamo ante el marasmo actual de visibilidades (siempre) nuevas. Y no cualquiera son las imágenes que Debord propone para formar parte de este (su) dispositivo: imágenes de sordidez capitalista, de grotesco consumista, de pornográfica vanidad se acumulan, sobreimprimen, aletargan, detienen, fluyen. Y en diálogos, disputas: la relaciones disruptivas entre lo visto y lo oído/leído, entre lo visible y lo enunciado, crea zonas de significación por momentos impenetrables. Resignificando lo visto, significándolo, creándolo: ya no “veremos” igual. Y es que en el mirar, en los modos del ver, es donde se juega la experiencia política contemporánea. Dice Grüner que “si todavía existe hoy algo parecido a lo que en aquellos tiempos pretéritos se llamaba lucha ideológica, esta se da en el campo de las representaciones antes que en el de los conceptos”. 7 Y Debord, haciendo suya la apreciación/apuesta de Grüner, obstaculiza el fluir maquinal de la representación tópica, el consumo automatizado (obsesivo) de distracción. Apuesta a un ver otro, a un oír/leer otro. A una audiovisión otra. Decide no contribuir a la institución “cine”. No filmando, sino disponiendo de otro modo imágenes preexistentes. Ese otro modo de verlas es un otro modo de existencia. No es otra película, es otro registro, otro modo de representación, en tanto carácter indicial, de corporeidad expuesta, de existencia revelada, en tanto presentación, presencia. Una representación otra, lanzada al campo de lucha contemporánea, el representacional. 8 Debord presentifica la esquizofrenia capitalista, a través de una estética de la escisión. Una escisión estética, de consecuencias –claro- éticas, políticas. Una mirada, un decir, una mirada decidora, un decir exhibitorio, que en carácter de escisión desenfunda prácticas (cinematográficas, estéticas, éticas) del poder. Develando (en uno de sus tantos guiños marxistas) la construcción escindida (alienada) de sujetos, a través de la matriz maquínico-capitalista, y en especial, el rol de la maquinaria del espectáculo, paradigmática en la construcción de máquinas libidinales, no exentas de investimentos histórico-sociales (maquinales) 9 Guy Debord despliega las paradojas estructural-simbólicas de un capitalismo de nuevo tipo. Lo hace desde un movimiento paradojal, desde un desplegar plegando: una suerte de neoplatonismo insurreccional lo arrastra. Al problema de lo aparente (de la verdad), lo ataca con inclaudicable prepotencia dogmática, desde un dispositivo que arrastra hasta el abismo la idea misma de representación. 10 Se pliega sobre sí mismo, se vuelve paradoja, contingencia: potencia. Otra (misma) definición de público: “Muertos que creen votar”. |
![]() ![]() |