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Ya no era joven pero era audaz… Por Romina Spinsanti La mano, con uñas coquetamente
pintadas de rojo y ya no tan joven, manipula diestramente el mouse mientras en la pantalla de De esta manera, con unos pocos
planos se introduce el tema principal del film Encarnación, segundo largometraje de la directora Anahí Berneri,
que se estrena en Argentina luego de una exitosa participación en los
Festivales Internacionales de Toronto y de San Sebastián. Encarnación “Ernie”
Levier (Silvia Pérez) es una actriz madura consciente de que su momento de
gloria ha quedado atrás. Vive sola en un departamento en plena calle Corrientes,
rodeada de plantas y posters de películas de clase B en las que ha participado.
Por su ventana se ven las marquesinas de los espectáculos de revista. Planea
escribir un guión cinematográfico mientras discute con su agente las escasas
propuestas laborales que recibe, principalmente publicidades. El paso del
tiempo la ha ido apartando de la popularidad y Ernie transita, con algo de
angustia pero sin perder la calma, una etapa de redefiniciones de su propia identidad. Luego de un
contundente prólogo urbano, la película se traslada al ámbito rural cuando
Ernie decide viajar a su pueblo natal de Las Flores para asistir al décimoquinto
cumpleaños de su sobrina Ana (Martina Juncadella). El tono cambia, la
fotografía se vuelve más luminosa, los tiempos más lentos. Este retorno a su
lugar de origen le permitirá, por un lado, estrechar una cierta complicidad con
Ana y acompañar el descubrimiento de su feminidad, y por otro, enfrentarse a hipocresías
y traiciones provenientes de un núcleo familiar conservador que condena su
estilo de vida y con respecto al cual siente una distancia insalvable. Presentado
bajo la supuesta forma de un retiro campestre, resulta evidente que tampoco
aquí Ernie encuentra su lugar. Como en su
film anterior, Un año sin amor (2005),
la realizadora Anahí Berneri concede una presencia importante aunque sesgada a
la sexualidad. El eje del film es sin duda el conflicto existencial de la
protagonista y en él gravita fuertemente el tema de un cuerpo que ha perdido su
juventud pero no su atractivo. Una serie de decisiones específicas con respecto
al desarrollo narrativo, a la puesta en cámara y al montaje refuerzan estos
sentidos en diversos momentos del relato. El ya citado
prólogo del film pone en relación dos momentos de la vida de Ernie: su pasada y
esplendorosa juventud y su presente. Marcando una oposición entre los planos detalle
de la mano y los ojos y las antiguas fotos se nos plantea el eje del conflicto:
Ernie se mira a sí misma y la película instaura una distancia entre la mujer
que fue y la que es. Pero esa distancia se transforma en continuidad cuando la
cámara se demora en la aún inquietante sensualidad de su cuerpo desnudo, en el
magnetismo de su abundante cabellera, en su ondulante caminar por las calles
porteñas. Ernie sigue siendo una mujer atractiva y
vive su sexualidad sin complejos. Mantiene una relación más o menos estable y
cómoda con un hombre de su edad, y no se priva de compartir algunas noches con
amantes más jóvenes. No exhibe falsos pudores cuando un breve bikini deja al
descubierto alguna parte de su anatomía o cuando las miradas masculinas la
recorren con indisimulable deseo. Esta celebración de su cuerpo se ve
potenciada en las escenas que comparte con Ana, a quien guía en el
descubrimiento de sus gustos, sus conflictos, su sexualidad. Aquí el juego de
la cámara resulta por demás interesante: cuando las dos juegan y cantan junto a
la piscina, breves planos cercanos realizados con cámara en mano recorren y
confunden fragmentos del cuerpo virgen y el maduro, la piel tersa y la ya
tantas veces expuesta, en un collage
en movimiento en el que la celebración de lo femenino no repara en edades ni
experiencias. La escena
recién descripta está anclada en una mirada masculina, la del joven gerente del
hotel (Luciano Cáceres), con quien Ernie vive una aventura. Esta construcción
contrasta con el punto de vista femenino que domina casi la totalidad del film.
Paradójicamente, o no tanto, será esta mirada por la que compiten la tía y la
sobrina la que ubique en un plano de igualdad a las dos mujeres y, al mismo
tiempo, la que ponga en evidencia las diferencias insalvables entre ambas y
determine la vuelta prematura de la actriz a Buenos Aires. Una escena
urbana cierra la película, homóloga a la del comienzo. El mismo tono se
mantiene, únicamente un indicio nos alerta sobre un cambio de perspectiva de la
protagonista: un marcado contrapicado sobre la actriz al momento de mudarse al
departamento de su amigo sugiere que Ernie, tal vez, haya aceptado su presente
y encontrado finalmente su lugar. Puede
reprocharse al guión de Encarnación el
no haber sabido mantener a lo largo del episodio rural la fuerza del conflicto
que se adivinaba en el prólogo. Debe reconocerse, sin embargo, el mérito de una
narración sin prisas, de tono austero, que se cuida muy bien de no incurrir en
patetismos ni melancolías exageradas y que aún así sabe resultar conmovedora. Ningún
elogio alcanzará para referirse a la excelente actuación, profunda y contenida,
de la ex chica Olmedo Silvia Pérez, quien logra con asombrosa eficacia el
retrato del universo personal de esta mujer, en conflicto consigo misma, y sin
la cual Encarnación no hubiera sido
la misma película. |
![]() FICHA TECNICA:
Encarnación (Argentina, España, Venezuela, Estados Unidos, Alemania/2007). Dirección: Anahí Berneri. Con Silvia Pérez, Martina Juncadella, Luciano Cáceres, Carlos Portaluppi, Inés Saavedra, Fabián Arenillas y Osmar Nuñez. Guión: Anahí Berneri, Sergio Wolf, Gustavo Malajovich y Dolores Espeja. Fotografía: Diego Poleri. Música: Nico Cota. Edición: Alejandro Parisow. Dirección de arte: María Eugenia Sueiro. Vestuario: Roberta Pesci. Sonido: Jésica Suarez. Producción de BD Cine, en asociación con Movie City (EE.UU.), Venezolana Internacional de Producciones (Venezuela), Wanda Vision (España) y Bavaria Internacional (Alemania). Distribuidora: Distribution Company. Duración: 94 minutos. Estrenada el 11 de Octubre de 2007 |