Los niños de barro


Por Romina Spinsanti

    El niño de barro, primer largometraje de ficción del director español Jorge Algora, narra los brutales crímenes cometidos por el asesino en serie más precoz de la historia argentina. Cayetano Santos Godino, más conocido como “El petiso orejudo”, comenzó su carrera delictiva a los diez años y su caso conmocionó a la sociedad porteña de principios de siglo XX.
Las expectativas creadas por el trailer del film, cuyo slogan publicitario principal afirma que “la maldad tiene diez años”, sugieren una historia narrada según las convenciones del género de terror y centrada en la figura de Santos Godino. Sin embargo, algo muy distinto encontramos al ir avanzando la película.
    Sin apartarse demasiado de los hechos reales ocurridos en 1912, Algora focaliza el relato sobre Mateo (el niño de barro del título, interpretado por Juan Ciancio), quien ha sido víctima de las torturas de Santos Godino en el pasado y que por alguna extraña razón ha quedado conectado con la mente del asesino. Las visiones sufridas por Mateo -imágenes de los ataques en el momento en que estos ocurren- lo convierten en el principal sospechoso, pero al mismo tiempo son el material mediante el cual la policía consigue cercar al verdadero culpable. Comenzamos a comprender entonces que la película no será una obra de horror, sino un thriller de época con ciertos toques fantásticos, rematado con un inquietante y trágico final.
    El niño de barro se estructura sobre tres líneas narrativas principales. La primera, Mateo y su madre Estela (Maribel Verdú), una inmigrante española que lucha por defender a su hijo de los peligros que entraña una sociedad demasiado apresurada por encontrar un culpable. La segunda, el comisario Lautaro Petrie (Daniel Freire), quien conduce la investigación policial, y el médico forense Soria (Chete Lera), personaje que, según el realizador, guía la mirada de los espectadores y representa los inicios de la criminología moderna (Soria es quien sentencia, frente a la duda del comisario con respecto a las visiones del niño Mateo: “A veces, es más humano creer”). En paralelo a esta línea de oficiales “buenos”, se destaca la oscura figura de Octavio (César Bordón), un policía corrupto, pareja de Estela, y encargado de ocultar datos, hacer circular pistas falsas y hasta asesinar con tal de impedir que la prensa desacredite a la institución policial. Por último, y algo desdibujada al inicio del film, la línea narrativa del entorno del “Petiso orejudo” termina de configurar este universo en el que la desigualdad, los peligros y las injusticias son moneda corriente.
    Este planteamiento narrativo logra efectos interesantes. Por un lado, evita mostrar explícitamente los momentos de violencia más dura y los trabaja desde estos espacios de “pesadilla despierta” de Mateo. El trabajo en fuera de campo de los ataques a los niños recuerda –salvando las distancias- al escalofriante film de Fritz Lang M, el vampiro de Dusseldorf (1931), al cual se hace referencia en la escena en que Santos Godino silba mientras conduce a su última víctima hasta el lugar del crimen. A su vez, facilita la construcción del suspenso, dado que las visiones dosifican gradualmente la información que tenemos sobre los hechos. Y por último, eleva a la categoría de héroe trágico a un niño, algo nada habitual en este género.
    Este último punto no es para nada menor si tenemos en cuenta que la representación de la infancia es uno de los temas principales de la película. Todos los chicos, tanto las víctimas como los victimarios, sufren algún tipo de privación o abuso. La amenaza toma varias formas –abandono, pedofilia, violencia- y acecha en cada esquina. Pero lo interesante de este planteamiento es que, contrariamente a la encarnación del mal en el cuerpo de un niño que sugiere el trailer, la película postula que la raíz del problema se halla diseminada en el tejido social de una sociedad enferma que gusta de verse a sí misma como respetable y justa, pero que mediante el abuso sistemático engendra en su seno a sus propios monstruos. Esta mirada es clara en la escena final, cuando el comisario Petrie, tras resolver el caso, observa con inquietud cómo un hombre acaricia sugestivamente la mejilla de un niño canillita. Resta un gusto amargo y desesperanzado: ni siquiera el encierro de todos los petisos orejudos de la ciudad garantiza que el ciclo no volverá a recomenzar.
    Más allá del diseño algo maniqueo de los personajes, de algunos momentos de sobreactuación y de la inverosimilitud de ciertos diálogos –que Santos Godino, un adolescente semianalfabeto con discapacidad mental utilice la palabra masturbación durante el interrogatorio policial suena, al menos, sospechoso-, El niño de barro es un film muy bien construido, con una excelente ambientación y factura técnica y con un planteamiento temático que resulta aún hoy de gran actualidad.







El niño de barro

 Argentina/España, 2007, 103'
Dirección:
Jorge Algora

Guión: Jorge Algora, Christian Busquier y Hector Carré
Producción ejecutiva: Susana Maceiras, Julio Fernández, Harold Sánchez, Juan Vera
Fotografía: Suso Bello
Dirección de arte: Mariela Rípodas
Montaje: Rita Romer
Sonido directo: Perfecto de San José
Música: Nani García Silva
Intérpretes:
Maribel Verdú, Daniel Freire, Chete Lera, Juan Ciancio, Roly Serrano, Abel Ayala, César Bordón


Fecha de Estreno: 6 de septiembre de 2007