Editorial: El cine estadounidense actual


Por Jorge Medina

- Recuerdo -dije- una clase teórica en la Universidad de Buenos Aires, en la que un profesor titular introducía a los alumnos en la historia del sistema de los estudios hollywoodenses. Hasta que uno de ellos vehementemente lo increpó por estudiar el cine yanqui. ¿Sabe que le contestó un compañero de su clase?

- Dígame.
- Que además del cine yanqui existía el cine sureño, ante la ira del alumno y la risa del salón.
- Claro, una verdad que roza lo transparente. Incluso teóricos y críticos como Angel Faretta van más allá, afirmando que el cine norteamericano no es yanqui, es dixie. Desde Griffith en adelante “el cine es la síntesis de la tradición del sur norteamericano”.
- Por eso a los europeos, insólitamente también algunos españoles, todavía  les gusta hablar de cine americano, cuando se refieren al cine de América del Norte, más precisamente estadounidense y como si empleáramos un zoom, al cine de Hollywood de la actualidad. Nunca como en estos días en Hollywood se producen películas más caras que recauden más dólares. Hegemonizando las listas en las taquillas de todo el mundo, y dejando en claro para el más obtuso de los analistas que este cine de supercorporaciones funciona como un imperio.
- Tal vez el furibundo estudiante tenía razón; de haberse expresado de otro modo. Aunque se refería al estado económico liberal de esta factoría de sueños.
- Podemos estar de acuerdo, con una diferencia de meses, de que la época dorada de Hollywood va de 1930 a 1946, es decir del desarrollo y afianzamiento  del cine sonoro hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. El quiebre pudo ser estético, tecnológico (la aparición de nuevos sistemas de exhibición para competir con la televisión) e ideológico (recuperación de los mercados en guerra y el nacimiento de cinematografías nacionales en el marco de la Cortina de Hierro). Pero nunca fue económico, en términos de ambición y ganancias. ¿Crisis? ¿Qué crisis?, como preguntaba una banda de rock. Con el mundo globalizado tal como lo conocemos, el derrotero de un film de Hollywood es recuperar los costos en el mercado interno y lograr las ganancias en el extranjero, y si esto no es suficiente, esperar el lanzamiento en DVD. El cine estadounidense entonces es una industria y si ahora (no siempre, pero todavía nosotros, investigadores y cinéfilos) seguimos hablando de la “Teoría del Autor”, es gracias a gente como David O. Selznick, Hal B. Wallis, Irving Thalberg o Darryl F. Zanuck.
    En este sentido somos testigos de una nueva etapa de oro en Hollywood, sólo que no hay Hawks, Hitchcock, Sirk, Minelli, Lang, Tourneur, Ford, Mankiewicz, Ray, Wilder, si lo entendemos desde una cinefilia clásica. Las majors o grandes estudios, desde hace unos años, están manejados por multinacionales que como veíamos en esa suerte de sátira negra que fue Las reglas del juego de Robert Altman, jóvenes –y no tanto- y altaneros ejecutivos decidían la suerte de una película y la vida de sus creadores. Estos jóvenes genios –a diferencia de las “brats movies” (en su momento “mocosos” como De Palma, Scorsese, Coppola o Cimino, que formados precisamente por el cine clásico de Hollywood, renovaron la confianza en el cine estadounidense), que todavía dirigen los hilos, saben que un film se financia o negocia de antemano y que el trato se sella si el producto es atractivo y la fórmula probada (¡secuelas por doquier, incluso de re-makes como en Ocean Eleven!), permitiendo continuar con un sistema de estrellas que nunca se interrumpió, un cine escapista y sin compromiso y evitando a directores que arriesguen una visión personal, si se excedían con los presupuestos o los plazos, como le pasó a Jerry Lewis y Coppola, o Scorses en sus films más logrados. Es más, Homero Simpson, o su autor Matt Groening, diría en un capítulo de la serie (producida por la Fox): “Dios bendiga a Hollywood en su tercera etapa de oro, que espero nunca se termine”.
    Queremos coincidir con Thierry Jousse al manifestar una posición -que recordará usted por una entrevista en esta revista- ni por un antiamericanismo ni por la admiración incondicional. Además la nostalgia, decía en Cahiers du Cinéma en diciembre de 1992, “da testimonio de una monstruosa falta de amor por el cine del presente”. Pues ya lo dijo el siempre presente Homero Alsina Thevenet: lo mejor y lo peor del cine se debieron a la industria de Hollywood. De lo primero es que la conjunción América y cine (terminando simétricamente con el planteo que arriesga Faretta) logró en menos de un siglo (la historia y el arte de Occidente y luego universal) lo que llevó tres milenios de civilización. Y de lo segundo no hace falta que usted mismo lo averigue.
- Como por ejemplo el nefasto Código Hays.
- Como la cara más visible de su historia. Sí, usted lo ha dicho.


En homenaje a Maurice Scherer