Inminencias de una revelación

                                           Por Mauricio Rongvaux Y Guadalupe Baliño

 Se estrenó en el Malba, el mes pasado, París-Marsella. Este documental realizado por Sebastián Martínez pretende seguir las huellas de Julio Cortázar y Carol Dunlop en una travesía por la autopista que une Paris con Marsella y que dio nacimiento a la novela Los autonautas de la cosmopista hace 20 años.

El proyecto se basaba en recorrer en 33 días la autopista (un trayecto que puede hacerse en nueve horas o menos) con la estricta condición de no salirse en ningún momento de ella, deteniéndose en todos los paradores, durmiendo siempre en el segundo al que se llegara.

Córtazar y Dunlop hicieron de esta aventura un libro. Martínez y su mujer, Victoria Simón, un film simpático.

La intención que impulsa a la pareja Martínez-Simón a embarcarse en esta aventura es honesta, sensible y hasta se podría decir, “intrigantemente lúdica” (que no es decir poco). Sin embargo, el viaje (en más de un sentido; geográfico pero también poético) no llega a levantar el vuelo que implícitamente promete (¿acaso estos humildes espectadores tenían muchas expectativas?) más que por momentos, que no por escasos son menos apreciables (ni agradecidos).

La literatura puede estar contenida por una película de las maneras más diversas, estar en ella, funcionar. Generar mal entendidos (cuando las imágenes dicen más que las palabras), aclararlos (el recurso a una voz narrativa fue, tal vez, desde la década del ‘60, uno de los recursos más usados). Puede, seguramente gracias al cine que marcó esta posibilidad, aislar elementos cargándolos de un espesor mágico, es decir, convirtiéndolos en símbolos. Las “amenazantes o enigmáticas significaciones” a las que se refería Aragon a comienzos del siglo XX eran producto del cine, éstas hacían de la cotidianeidad su principal materia, trasuntando en extraordinario –suprareal, surreal- el mundo cristalizado de todos los días. Ya no era necesario crear universos mitológicos con relatos épicos o de ciencia ficción, sino ir a las cosas mismas: dejarse habitar por su poder anímico.

Cortázar, gran cineasta, explota particularmente la posibilidad significativa de aquello que no es más que lugar de paso, los no man’s land, eso que a simple vista no es más que una indicación para completar el viaje. Para esto es necesario detenerse, observar las cosas y aislarlas de sus funciones inmediatas, despojarlas de todo fin práctico, arroparlas con nuevos sonidos y devolverlas al mundo como algo distinto. Martínez, en cambio, parece más preocupado en recorrer el mismo camino que Cortázar que en mostrar, buscar o crear relaciones arbitrarias entre lo que muestra y el sentido al que reduce lo mostrado. Sólo en pocas ocasiones lo dicho no se dirige a lo mostrado, es decir, pocas veces la imagen resiste a la univocidad que desde fuera la sintetiza.

Una de las imágenes más bellas y sutiles del film es aquella donde somos testigos de un suceso que rompe la monotonía de la gris urbanidad de la autopista, revestido de un halo mágico, misterioso en su silencio, sensual en su ritmo lento, pasivo, indiferente al paso ágil de los autos, de la vida que lo circunda. Es la bruma casi transparente que se despega del asfalto y sube, y le da forma a los fantasmas, le presta su apariencia, su velocidad empecinada. Este hecho, captado justo a tiempo por una cámara cansada de mostrar cotidianeidad: aviones surcando el cielo, comida enlatada; es fiel reflejo, en nuestra opinión, de cómo funciona este film a niveles estructurales más amplios.

La intención de los realizadores, como dijimos, es buena. Pero si hay algo de mágico encanto en la película de Martinez, esto se debe fundamentalmente (y el director seguramente estará todavía agradecido por ello) al encuentro azaroso de las interesantes criaturas que transitaban –en el momento de la filmación- este “no lugar”, esta tierra de paso. Estos personajes son los que le dan vida a un film que evoca justamente una despedida de la vida (recordemos que Carol Dunlop murió sólo cuatro meses después de concluido el viaje, y Cortázar, unos meses más tarde). Algunos personajes intensamente poéticos (como el viejo Maurice, sus penas ahogadas en el vino, sus frases traicionadas a medio camino por la memoria y la emoción), otros más cercanos y divertidamente terrenales (como el “camionero machista”).

Se agradece asimismo la voz en off leyendo en francés fragmentos extraídos del libro de Córtazar. Este relato de viaje tiene la cadencia y el color justos en su tono melancólico. Nos hace presente una ausencia. Mediante sus palabras reconstruimos las piezas del viaje de los primeros autonautas.

Lamentablemente, no podemos decir lo mismo de las intervenciones en off de Martínez comentando las vistas y pormenores de su viaje en un tono monocorde, aburrido, sin expresión alguna. Las palabras son planas en su conformismo por lo que hay, las descripciones son lo que las imágenes muestran y no lo que éstas podrían ser en un viaje que claramente no está marcado por la urgencia de la llegada.

Y cuando el viaje avanza en días, y el recorrido (y el film) comienzan a tornarse tediosos, el mismo director reconoce en un momento la sensación de estar filmando “siempre lo mismo”. (Una espectadora resume el pensamiento general en la sala exclamando fastidiosa: “y la verdad es que sí”).






Ficha técnica
París-Marsella

Francia, 2005

Dirección
: Sebastián Martínez
Guión
: Sebastián Martínez
Música
: Santiago Pedroncini
Montaje
: Dominique Auvra
Sonido
: Ingrid Ralet
Productor
: Zorn Production International