“Como una mosca en la pared”, aspectos de un  collage autobiográfico


Por María Laura González

    Fotografías sobre fotografías, imágenes recordadas sobre imágenes filmadas y la identidad de qué cosa sobre cuál ¿El ser idéntico respecto de quién? ¿Cómo se adquiere la identidad? Una imagen primera, y una segunda similar ¿en qué momento pueden ser transitivas y desplegar rasgos en común? La imagen, como imagen misma, ¿“es” o está  presente en la sustitución? Un juego de qué vino antes de qué. O simplemente, la semejanza de una cosa respecto de otra desde su involuntariedad. Entonces, sin quererlo, al repensar la identidad de alguien de pronto aparece un “pasado”, sus imágenes primeras y anteriores. Su pasado se hace presente, se hace carne desde los genes, desde la piel del cuerpo propio, y logra hablar de uno y  de algunos otros anteriores (en este caso: antecedentes familiares).
    Algo así se pregunta y reflexiona Andrés, cineasta, descendiente de una familia híbrida, argentina e india, en su último film Fotografías.
    Intentando reconstruir su pasado familiar, se interna en una  búsqueda de identidad que compromete todo un pasado latente pero hermético en respuestas. Andrés va hacia atrás en el tiempo como un héroe en busca de un origen. Sin embargo, ese retorno hacia las raíces se le ocurre cuando ya no están aquellos capaces de contestar las preguntas más silenciosas. Su madre ha muerto. El héroe debe afrontar su viaje desde la duda iniciática, nada más ni nada menos, duda  por saber “¿quién es? y ¿de dónde viene?”.
    Así, la reconstrucción de sus ruinas familiares le implica encontrarse con documentos y testimonios que se vuelven caminos tan desconocidos como el propio a seguir. Entonces, al querer hablar de una madre muerta, surgen los orígenes, la tierra propia, la Argentina, la India, el yo reconstruido, la identidad, la imposibilidad y posibilidad de ser uno con los otros, los padres, y más… De alguna forma el film logra armar rizomas de todo tipo: parientes directos e indirectos, materiales hallados (al instante, y sin repetición, como por ejemplo el encuentro sorpresivo entre antiguos amigos, captados en ese mismo y único instante por el ojo de su cámara) y provocados (ficción ensayada y generada para recrear el personaje madre), y hasta un cruce con personalidades como Ricardo Güiraldes.
    Por ello la propuesta de Di Tella se hace infinita cuando de raíces se trata (en este caso, familiares), porque las imágenes de imágenes se vuelven superposición de recuerdos, como también preguntas sobre respuestas al mismo tiempo.
    Por otro lado, el film se manifiesta como un enriquecedor juego de relaciones para preguntar y preguntarse sobre uno mismo, sobre el otro, sobre el medio y sobre  la posibilidad de reflexión sobre “cómo se cuenta lo que se cuenta”, es decir el documental.
    Di Tella plantea permanentemente un abismo abierto desde su duda iniciática del comienzo y lo desarrolla en la continuación incierta de todo el relato. Así, el conflicto por desde dónde y cómo contar está presente a lo largo de todo el film. Despliega un abanico de tomas fragmentadas y diversas, tales como momentos entrecortados, sólo registrados en su más ínfima expresión, sin palabras. Como también se sincera en un quiebre de estatutos, al romper ciertas “leyes de autoridad”, porque se muestra como un autor indefenso y confuso, lo cual posibilita una cercanía aún mayor con el espectador. Nada de objetividades pretendidas. Él es un ser como otros, mostrando con su cámara su propia búsqueda existencial y con ello, la superación de obstáculos para continuar la misión. Respecto de esto, podríamos mencionar las palabras de Di Tella, en un libro publicado el año pasado a partir del work-in-progress del propio film, al manifestar sus criterios sobre la enunciación que el género documental propone: “es la libertad de armar y compaginar materiales heterogéneos y darles un sentido diferente, al ubicarlos con otros materiales, con imágenes o con voces que van armando algo que exceda la suma de esas dos o tres o cuatro cosas”. Además agrega que: “casi sin ser advertido (…) el documentalista podía ser como una mosca en la pared (…) la sopa está allá, en la mesa. Y la mosca en la pared, con su camarita.”
    Por ello, la “atracción” y el entretenimiento que propone el film se encuentran en la metadiscursividad que Di Tella se propone. Habla del “documental” desde ser un documental. Estipulándose como tal, afrontando sus dificultades y promulgando criterios que escapan al género, en su concepción más “tradicional” o canónica (al  mezclar momentos de ficción pura), construye una resignificación de dicho género (si en realidad valdría la pena tener que encasillarlo en uno). Y sin revalorizar un modo u otro de filmar, tanto la aleatoriedad de la improvisación que propone (sobre todo en las escenas espontáneas e inocentes con su hijo Rocco) como en aquellas escenas de ficción pre-planificadas (recreando la imagen onírica su madre, interpretada por Mayra Bonard) genera un exquisito collage autobiográfico. Así, y para completar el hilo de la acción, su propia voz over, toda una voz-yo en términos de Lotman, es la encargada de dinamizar y homogeneizar todo el “viaje cinematográfico”, convirtiéndose en cómplice para el espectador de las peripecias del héroe Andrés.





Fotografías
Argentina, 2007, 105
Dirección: Andrés Di Tella
Guión: Andrés Di Tella
Producción ejecutiva: Marcelo Céspedes
Producción: Andrés Di Tella, Marcelo Céspedes
Fotografía: Víctor González
Montaje: Alejandra Almirón
Música: Diego Vainer
Sonido: Lena Esquenazi