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EDITORIAL NOVENO
FESTIVAL DE CINE INDEPENDIENTE DE BUENOS AIRES Por Jorge Medina 300. No es en este caso el título
del film-cómic sobre un grupo de espartanos de diseñados bíceps. Es el número,
entre largos y cortometrajes, de films exhibidos en el 9º Bafici, en los días 3
al 15 de abril pasados. Tal cantidad abruma y, a medida que pasan los años, la
cuestión parece ser cuántos más se sumarán el próximo festival. Así será
imposible de cubrir hasta por la prensa especializada, ¿se imagina un festival
de cine de digamos, 400 películas? Tenga paciencia, pues es cuestión de tiempo.
Estos festivales elefantiásicos obligan al espectador (suponiendo uno ideal que
participe del juego) a elegir un itinerario propio. La prensa y los catálogos
pueden marcar algunos; están aquellos que se dejan guiar por el azar y están
los espectadores heterodoxos, más cercanos a la cinefilia. Usted mismo podría
identificarse con estos ejemplos: ver cine de Oriente; ver sólo cine francés;
ver cine argentino y así con otras rutas geográficas (escaso cine italiano este
año). Seguir un periplo temático: películas documentales, cine y rock,
comedias, clásicos del cine silente. O solamente ver los films en competencia y
estar al tanto de lo último del cine internacional. En fin, lo normal sería ver
un poco de todo, como un smörgasbord
(como el título del film de Jerry Lewis) o más bien como decimos nosotros, un
tutti-fruti. Es probable que también tome un camino equivocado, erróneo, y así
para algunos el festival resulte ser un fiasco. Y nada más decepcionante que
una fiesta aburrida. ¿Qué sucedió entre el festival de
cine de Mar del Plata y éste de Buenos Aires? Recordemos. El festival de Mar
del Plata abría (si fuese un film se diría simbólicamente), con un diluvio que
preanunciaba la tormenta que seguiría a posteriori, con polémicas y cruces
varios. El Bafici –mientras aún se desarrollaba aquél y un maestro era
asesinado en Santa Cruz, y cuando todavía no nos dábamos cuenta de que la Historia
había cambiado-, se presentaba en sociedad sin sobresaltos y sin el patrocinio
del INCAA. Como dejando en claro que son dos mundos opuestos. El que mira a
Latinoamérica, que pretende lo que el Che quería conseguir con la metralleta, y
el independiente, más europeo, mundano y cinéfilo, como el porteño mismo. Y eso
que a veces las películas se repiten en uno y otro. El Bafici transcurrió sin
problemas, o al menos es lo que sabemos. Organizativamente hablando, por
supuesto, como declaró ante nuestro “requerimiento” el director, productor y
guionista Paul Davids “uno de los mejores festivales de los que me tocó
asistir”; a la vez que fuimos testigos de un joven iracundo Javier Rebollo,
director de Lo que sé de Lola, que
despotricó, quizá con razón, contra ángeles y proyeccionistas. Nadie es
perfecto, diría Billy Wilder. Mas lo importante es recordar cómo
transcurrió este “nono” festival: jóvenes, quizás por disponer de más tiempo y
sobre todo energía, y no tanto, corriendo de sala en sala, a veces de una punta
de la ciudad a otra; celebrando un tipo
de cinefilia. Pues lo importante es formarse una idea, como dice el
crítico Louis Skorecki (o mejor conocido como Jean-Louis Noames) en los Cahiers du Cinéma. Una idea de la
cinefilia modelo Buenos Aires en el siglo XXI. Ver películas todo el día hasta
aprender y educar el ojo. Por eso fue una auténtica fiesta poder conocer una
joya del cine como The Master of the House (“El amo de la casa” u “Honrarás a tu
mujer) de Carl T. Dreyer, en una copia nueva adquirida por APROCINAIN. Una pena
que sólo fue una única función, en donde el director artístico del festival,
Fernando Martín Peña, oportunamente arengó por la necesidad de una Cinemateca
Nacional y la preservación de films, tanto argentinos como del resto del mundo.
The
Goose Woman (La mujer de los gansos) de Clarence Brown, esta vez
adquirida por Disculpen el tropo retórico, pero
si hay algo que se puede comparar con la vida “festivalista” (la palabra
“festivalera” es más frívola), es una orden religiosa. Algo que preocupaba a
cierto periodista o sociólogo del suplemento Ñ, cuando asociaba el lema del festival “Si no es para vos, no es
para vos” (horrible y discriminatorio, por cierto) con los acreditados: prensa,
invitados, cineastas, organizadores, colados, etc. que se identificaban por sus
credenciales colgadas al cuello, como si fuese algo condenable –seguro que él
mismo tenía una-. Si hubiese creído en algo como el cine, otra hubiese sido su
visión de las cosas. En un ensayo inédito en castellano (“Del Festival
considerado como una orden”, Cahiers du
Cinéma nº48), a propósito de lo que fue su último festival de Cannes en
1955, André Bazin decía que para vivir un festival había que hacerlo como se
aceptaba la vida conventual. Los cines eran los modernos monasterios del
cinematógrafo. Y vivir en serio un festival de cine era considerado como una
orden: había contemplación y meditación, una comunión espiritual en amor con la
misma realidad trascendental. (El que lo hace tiene una vida radicalmente
diferente a su vida cotidiana, privada y profesional, el sueño cambiado,
frugales desayunos y veladas nocturnas). Si esto no es vivir el cine como un
ritual compartido, entonces nos equivocamos no de profesión, sino de amor.
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