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Blockaed/Bloqueo
de Sergei Loznitsa. Por Lorena Bordigoni ¿Qué sonido hace
un cadáver que simplemente yace sobre una calle...de hace más de sesenta años?
¿Qué ingeniería sonora puede imaginarse la sutil fricción de un cadáver
arrastrado en un trineo? ¿o el crujir de la soga de la horca? ¿o la nieve al
caer? Nada ocurre: una ciudad fue bombardeada y bloqueada, sus habitantes
pululan como pueden; las rutinas cotidianas en un espacio extraordinario. De
eso se trata Bloqueo. Entre 1941 y
1944 la ciudad de Leningrado vivió 900 días de bloqueo, luego de que Hitler
ordenara la invasión a La llegada de
los prisioneros abre el delgado hilo narrativo, que se cierra con su ejecución
en la plaza pública. La primera parte comienza con ese recorrido de las tropas
por la ciudad y lo amplía, nos muestran los trastornos en la vida cotidiana de
los habitantes, las dificultades para conseguir agua, víveres, para circular
por la ciudad derruida, etc. Aparecen zeppelines
como otro elemento casi fantástico que se integra al paisaje urbano, de
constante extrañamiento; imágenes verdaderamente asombrosas del incendio de una
biblioteca, masas de papel que se deshacen en el aire y los intentos de la
población por salvarla. Hacia el final se acumulan las consecuencias del largo
bloqueo: los cadáveres y las dificultades, también a la hora de enterrarlos; es
el momento más crudo. Después de varios minutos de imágenes lúgubres escuchamos
explosiones en la oscuridad total de la sala. Cuando la imagen reaparece
comprendemos que son fuegos artificiales y cañonazos de festejo por la
liberación, festejos entre los que se incluye, como dijimos el espectáculo de
las ejecuciones masivas. El director
aclaró también que si bien el gobierno centralizaba las filmaciones y el
control estatal sobre todo material filmado era muy estricto, las
extraordinarias circunstancias que implicaron la primera etapa del bloqueo, el
duro invierno de 1941, impresionaron duramente sobre la sensibilidad de los
camarógrafos y dificultó, entre tantos aspectos de la vida, los mecanismos de
control. Todo esto permitió lo que él juzga como “un mayor acercamiento a la
realidad” y por ello la mayor parte de las imágenes pertenecen a ese primer
momento, más algunas imágenes de la liberación al final. El objetivo es la
búsqueda de lo auténtico en lo cotidiano, en lo simple (algo propio de su
cinematografía anterior), pero en este caso en condiciones límite. Como aclaró
en la entrevista con El ángel
exterminador, se hicieron muchísimos documentales sobre esta etapa, lo cual
nos introduce en algo mucho más complejo: las imágenes que él toma ya habían sido utilizados por otros y,
por lo tanto ya eran conocidas, aunque fuera por un público mínimo. La novedad
no radica, pues, en lo inédito de las imágenes o de su contenido, sino en la
intervención del artista: el montaje que le da una duración, una forma en el tiempo a la imagen y, por
supuesto el sonido. Se apropia de la imagen mediante su estilo pausado, de
espacios negros punteantes en los que el sonido sobrevive a las imágenes y las
une ente sí. El trabajo con
el sonido es de lo más sorprendente y no sólo en cuanto a la técnica de
sincronización. En algunos casos se caracteriza como “silencioso” a su trabajo
cuando en realidad jamás escuchamos silencio propiamente dicho (excepto durante
los pocos segundos iniciales que permanece en pantalla el título de la obra).
Lo que se construye minuciosamente es un constante “sonido ambiente” compuesto
por capas y capas de planos sonoros. El “silencio” resulta una compleja mezcla
de murmullos, pisadas en la nieve, motores lejanos, rumores de viento, el
crujir de los gruesos abrigos correspondientes a un invierno ruso y muchas
otras “fuentes” que no logramos reconocer. Los matices resultan infinitos, hay
un silencio para la nieve que cae, uno para la muerte, para los escombros que
reposan, para una mañana fría. Lo cierto es que
al descartar las dos terceras partes de lo que se considera banda sonora
tradicionalmente, las voces y la música, lo que nos falta son las palabras, información, texto. Descarta
la voz en off explicativa, propia de
todo documental, porque la considera despótica, así como los intertítulos a
partir de una concepción de “realidad” y de “libertad” del espectador cercanos
a los principios bazinianos del montaje
prohibido: nada debe provocar distancia.
El pasaje de
información propio del género documental, se deja a cargo, pues, del
espectador. Puede ser que el europeo medio conozca bien detalles fácticos de El film nos
plantea una serie de cuestiones en relación con la realidad y la ficción. La
edición de la imagen, por más desapercibida o “transparente” que pretenda ser,
es en última instancia visible; con un mínimo de atención el espectador
reconoce el corte. La edición de sonido es prácticamente un misterio para el
oído medio. Lo percibimos como un índice, más que como una representación, y a
la vez es lo más artificial. Mediante
un sonido dos veces falso nos restituye una realidad en sus texturas más
ínfimas. Falso en principio porque su origen no se corresponde con el de las
imágenes; fue diseñado por un sonidista en la actualidad tomando, en algunos
casos, fragmentos de archivos sonoros (en particular, según aclaró el propio
sonidista, los sonidos de los motores y autos antiguos, entre otros objetos que
ya no suenan hoy). Falso además
porque su búsqueda del realismo tiene límites: los límites de lo verosímil.
Podemos mencionar una curiosidad técnica: según el sonidista, el primer diseño
de sonido tuvo que ser modificado porque la calidad propia del sonido mezclado
en un estudio actual resultaba, paradójicamente, falsa; un sonido tan limpio no se correspondía con una imagen de
más de sesenta años (blanco y negro, con las huellas propias del paso del
tiempo). Hubo entonces que ensuciarlo
para lograr convocar en la memoria del espectador actual el sonido propio de
las grabaciones de la época; el sonido resultó más fiel a las cintas (el registro o representación) que a la realidad
(que sonaba tan nítida hoy como en la década del cuarenta), ¿será que nuestra
memoria se lleva mejor con las representaciones y que éstas dejan en aquella la
marca de su soporte? Otros casos en los que la
representación supera a la realidad: en plano medio, una madre grita
desgarradoramente al entregar a los enterradores el pequeño cadáver de su bebé.
La banda sonora no nos restituye ese grito que ocupa el primer término de la
imagen, sino que nos hunde en ese espeso “silencio” que mencionábamos al
principio. Algo parecido ocurre al comienzo cuando otra mujer grita y escupe en
la cara de uno de los soldados prisioneros alemanes que marchan por la ciudad,
siguen las múltiples pisadas de los soldados que marchan y el murmullo general
pero no escuchamos ni el insulto ni su respuesta. La voz de una actriz no sería
ni más ni menos mentirosa que el sonido de una pisada (del pie de la misma
actriz) grabado en la actualidad, pero la primera no resultaría creíble. Todo esto nos
habla de una serie de decisiones éticas, en relación a la verdad y a los límites de la representación de la muerte; así como
de decisiones estéticas relacionadas,
en algunos casos, con sostener este verosímil.
El espectador es engañado a
conciencia tanto en el documental como en la ficción. ¿Se mueve con más
“libertad” en esta Leningrado bloqueada que en El Acorazado Potemkin? ¿Puede elegir emocionarse en uno u otro
caso?. Vamos a terminar simplemente parafraseando al propio Sergei Loznitsa: no
son más que sombras en la pantalla. |
![]() Ficha Técnica
BLOKADA (Bloqueo) Rusia | 2005 | 52’ Director: Sergei Loznitsa Guión: Sergei Loznitsa Fotografía: Sergei Loznitsa Sonido: Vladimir Golovnitsky Productor: Viacheslav Telnov |