Repudio al silencio: crítica y defensa del 22º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

 Por Griselda Soriano

Esta editorial podría haber comenzado con un inocente relevamiento del pasado 22º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, con un repaso de sus secciones, con un comentario sobre sus actividades, con el acuerdo o desacuerdo con respecto a los premios entregados, o con la necesaria crítica a cuestiones organizativas que vienen ya desde hace años. Es eso, palabras más o menos, lo que el lector puede encontrar en gran parte de los medios que se han encargado de la cobertura del Festival; frases comunes, pseudo desacuerdos, y por sobre todo un alarmante consenso. Pero un hecho nefasto ha obligado a El ángel exterminador a dejar todo eso para más tarde.  

Resulta siempre extraño e inexplicable el acuerdo general que suele filtrarse en la mayor parte de los comentarios post-Mar del Plata, consenso que va desde las unánimes alabanzas frente a determinadas películas a cuestiones más sospechosas todavía como hablar de “organización impecable” o referirse al festival como “irreprochable” (como se dijo en Página/12, para dar un ejemplo), cosa que resulta casi un chiste para aquellos que año tras año revivimos nuestra relación amor-odio con el Festival. Pero la broma de “nadie dice nada para no quedarse sin acreditaciones el año que viene” se transformó en una patética y por sobre todo alarmante realidad el pasado sábado 17 de marzo, durante la ceremonia de clausura del Festival, cuando se le negó a Quintín la entrega del premio otorgado por 791 presumiblemente a causa de haber publicado una nota que criticaba al evento (que puede leerse en su blog: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com). Dejamos aquí de lado las simpatías o antipatías que Quintín pueda llegar a despertarnos, porque hay sólo una palabra capaz de definir tal acontecimiento: CENSURA. Censura impúdica y abierta que se suma a la velada autocensura que parece aquejar a gran parte de los medios hoy en día, y que no deja de remitirnos al oscuro pasado reciente de la Argentina, que muchos insisten en definir como olvidable y superado para siempre. Y es un hecho que es necesario hacer público, aunque luego haya sido rematado con un ridículo pedido de disculpas por parte de la funcionaria responsable, aceptado de manera más ridícula aún, acción que, lejos de remediar el hecho, fue tan sólo otra reveladora muestra de los absurdos manejos que afectan al mundo del cine en la Argentina, un mundo en el que gran parte de sus integrantes sólo parecen movilizarse en función de sus intereses personales. Nuestros lectores podrán juzgar por sí mismos esta sucesión de acontecimientos; su descripción puede leerse tanto en el blog de 791, http://www.791cine.com/blog, como en el ya citado blog  de Quintín. A ellos les dejamos la tarea de formular sus propias opiniones al respecto.

Corremos con ventaja al ser un medio independiente y autogestionado: nadie más que nosotros mismos ordena nuestro silencio. Por eso, y luego de la mención a tal lamentable suceso, que no podíamos eludir, nos proponemos hablar del Festival abiertamente, como lo han hecho también, y por suerte, otros medios como el sitio web Cineismo. Desde allí, su director, Guillermo Ravaschino, ha anunciado la respetable decisión de no cubrir el Festival en acto de protesta (aquí su posición: http://www.cineismo.com/temas/mardel07/central). Nosotros, en cambio, preferimos realizar, a pesar de todo, la cobertura del Festival, con sus errores y aciertos, y dar cuenta de nuestra experiencia en él, intentando, desde nuestro pequeño lugar en la red, elevar una voz a la vez en crítica y defensa de uno de los principales eventos cinematográficos del país.

Hay mucho que criticar con respecto al Festival de Mar del Plata y su organización. No comprendemos por qué, por ejemplo, los homenajes (postergados a raíz del temporal que aguó la apertura) se transformaron en un acto demagógico y propagandístico, en manos de Daniel Scioli y Cristina Fernández de Kirchner. Ni tampoco por qué la ceremonia de clausura, burdo intento de imitar a un evento ya de por sí absurdo como es la entrega de los Oscar, estuvo plagada de figuras televisivas de escasa relevancia para el mundo cinematográfico como Romina Gaetani o Pablo Markovsky, contra quienes no tenemos objeción alguna, sólo que no logramos entender con qué criterio fueron escogidos para presentar o entregar los galardones de un festival de estas características.

Estas cuestiones parecen casi intrascendentes al compararlas con el caos organizativo que se repite año a año, caos que se agrava, a pesar de la buena voluntad de los colaboradores marplatenses, por la falta de comunicación entre el público y el Festival, que este año parece haber sido aún mayor dada la ausencia de un diario del Festival que, si bien nunca corría a la par de los vertiginosos cambios de programación, al menos era un elemento del cual aferrarse a la hora de encarar los diez días de cinéfila hiperactividad. Los cambios de horario en las Actividades Especiales (interesante punto de encuentro y de estimulación para el debate) atentaron contra la paciencia de espectadores y expositores, no sólo por la poca anticipación con la que tenían lugar sino también por la escasa difusión de la información entre los asistentes.

Comprendemos la dificultad de organizar un evento de tal envergadura; tal vez (y esto es sólo una hipótesis provisoria) el problema resida en que aún no asumimos las condiciones y el presupuesto con que contamos. Tal vez sería mejor concentrarnos en la calidad y no en la cantidad, tal vez sería mejor distribuir el presupuesto con el fin de desarrollar los aspectos estrictamente cinematográficos y organizativos del Festival, dejando de lado otras cosas menos relevantes, como el exceso de publicidad en la vía pública y las atenciones innecesarias para con los invitados (nos referimos a atenciones absurdas como un playero bolso con ojotas, ya que escasearon otro tipo de atenciones, un tanto más importantes, como traductores para los directores extranjeros).     

Conseguir entradas fue otra difícil tarea para los asistentes al Festival. Hubo un recorte en el número de acreditaciones otorgadas a la prensa, cosa que no sería cuestionable si se justificara abiertamente y con propiedad, o si los criterios a la hora de acreditar a un periodista fueran un poco más elaborados que el de otorgarle una sola credencial a los sitios de Internet, sin importar cuál fuese su especificidad, enfoque, u propuesta a la hora de cubrir el festival. A esto se sumó una absurda “venta de acreditaciones” (¿de “acreditaciones”? Tal vez tendría un poco más de sentido hablar de abono o entradas anticipadas, pero… ¿venta de “acreditaciones”?), acreditaciones que al comienzo del festival ni siquiera concedían todos los beneficios prometidos a la hora de pagarlas: recién a partir del día 12 se entregaron las seis entradas por día que la “acreditación” garantizaba (y que se supone que se aseguraban al pagarla), y debido a las quejas de los asistentes, ya que los primeros días del Festival el máximo de entradas era de cuatro.

También fue conflictiva la venta en boleterías, cosa que invita a replantearse su manejo. Si las entradas se venden con tres días de anticipación, un mínimo porcentaje debería permanecer disponible los días de función; Mar del Plata es un festival con una amplia concurrencia de público en general que no siempre tiene la posibilidad de dedicar diez días al Festival exclusivamente, y así, los espectadores que llegaron a la ciudad una vez comenzado el evento, perdían una jornada de películas debido a la imposibilidad de conseguir entradas.

Que quede claro: nuestra crítica no es un ataque sino una ferviente defensa, porque deseamos que año a año pueda ir ganándose el lugar que se merece, como espacio no sólo para exhibir películas (y exhibirse) sino principalmente como espacio de apertura, de intercambio, de debate. Rescatamos el fervor del público asistente, de los debates, preguntas y consejos espontáneos en las interminables colas, la posibilidad de acercarse no sólo a un cine diferente sino a los mismos realizadores (y espectadores) que lo hacen posible.

El de Mar del Plata es, de una manera extraña, un Festival popular; en las salas se entremezclan marplatenses interesados por el cine, jubilados que veranean en marzo, estudiantes, cinéfilos, críticos, realizadores y una infinidad de etcéteras. Y aunque el elitismo que de vez en cuando aqueja aunque queramos reprimirlo haya hecho molestarse a más de uno por algún comentario desubicado oído en las conferencias de prensa o encuentros con los realizadores, el hecho de que el público no especializado pueda encontrarse frente a frente con una película, por ejemplo, magrebí, es algo que debe ser destacado, defendido y sostenido. Un festival de cine puede ser infinitas cosas, pero por sobre todo, creemos, debe otorgar la posibilidad de abrirse a diversas visiones de mundo. Ver más de tres películas por día, a lo largo de diez días, hace ingresar en una especie de sueño permanente; lo interesante es que, luego de este sueño, despertemos transformados y enriquecidos.

No ha sido el primer festival de Mar del Plata para ninguno de nosotros, pero sí el primero como revista; también El ángel exterminador tendrá que aprender, en el futuro, de sus propios aciertos y errores. En estas páginas virtuales intentaremos ofrecer el panorama más completo que permitió, dadas las circunstancias, nuestra acotada cobertura. Esperamos que, para aquellos que tuvieron la (a pesar de todo) suerte de asistir al Festival, sirva como una instancia de reflexión que prolongue las discusiones marplatenses y abra nuevas perspectivas, y que, para aquellos que estuvieron ausentes, se constituya como un viaje imaginario y una guía futura a través de un cine al que, lamentablemente, muchas veces no es posible acceder.