El largo camino a Twentynine Palms.

Por Daniel Lighterman

     La frase es antigua y ya todos la repetimos de memoria “El hombre es un ser social” y así aprendió la maquinaria de Hollywood a mostrarlo, a tal punto que hoy nos resultaría difícil encontrar una película en la cual no exista una trama romántica o afectiva. Probablemente, a sabiendas de esto, el cine independiente y de autor ha hecho sus propios esfuerzos por aislar al hombre para estudiarlo, estudiar su psiquis, su personalidad, su forma de relacionarse, y en este proceso, no hay mejor lugar para lograr un buen objetivo que el desierto, ese inhóspito lugar que además de alejarnos de toda civilización, nos pone a prueba climáticamente.

    En este contexto temático, en el año 2003, Bruno Dumont filmó Twentynine palms, una película de corte independiente que traslada a una pareja de extraña conformación hacia un lugar despoblado donde van a poder explorar su propia naturaleza de todas las formas posibles.

    El film se inicia ya en viaje, un viaje que no sólo va a servir como vidriera para estos personajes, sino que también le va a servir al espectador para recorrer con ellos este trayecto, que los va a cambiar, definitivamente, en lo que probablemente sea el punto de quiebre más brusco que se haya visto en mucho tiempo.

   Pero antes de adentrarnos en este viaje, veamos algunos antecedentes de cómo el desierto ha sido utilizado como punto de inflexión en algunas películas previas. Ya en 1924, cuando el cine silente poblaba las salas, Erich von Stroheim filmó lo que muchos consideran la mejor película del período mudo, Codicia (Greed). Con presupuestos y condiciones de producción estrafalarias para la época, esta obra maestra cuenta la historia de un humilde trabajador minero de corazón puro, que gana la lotería y cambia drásticamente su forma de vida, perdiendo en este proceso todas sus cualidades humanas básicas y transformándose en un codicioso y desconfiado ser. Con un clima majestuosamente armado, el director comienza un ascenso de emociones y cuando llega el momento de definir la vida del personaje y su mejor amigo, el traslado hacia el desierto se vuelve parte principal del relato. El viaje, el clima, la soledad… y los personajes no tienen otra opción que la de mirar hacia adentro y encontrarse consigo mismos, con ese ser que en medio de la urbe no se les hace evidente.

    Otro interesante caso de esta intrincada relación hombre y desierto que claramente influencia el tratamiento estético y dramático que Bruno Dumont utiliza en esta película, es el de El pasajero de Michelangelo Antonioni, película en la cual la relación del personaje con aquello que lo rodea se da en mucha mayor medida en lo que respecta al paisaje y la cámara que a otros personajes. Y es en este aspecto que Twentynine palms se acerca a la obra maestra de Antonioni, dándole a la cámara un papel crucial, casi de tercero en discordia, permitiéndole constantemente cambiar los rangos de los personajes, así como también dándole mayor o menor importancia al paisaje desértico.

     Los personajes de Twentynine palms son Katia y David, dos amantes que recorren el desierto en la búsqueda de locaciones para una posible filmación. La principal característica de la composición de estos personajes encuentra inmediatamente su analogía en el complejo páramo que recorren. El director no los muestra a través de sus cualidades, sino enfrentando situaciones, una tras otra, sin aportar demasiados datos para que el espectador ancle su identificación positiva o negativa. Al igual que las desérticas tierras de California, nada en estos personajes los vuelve reconocibles con respecto al resto; se limitan a existir a merced de las diferentes situaciones que irán enfrentando.

   En un primer momento, en una primer parada, en una primer aproximación a esa relación, vamos a ver a David acechando a Katia en una piscina, situación que no tendría relevancia alguna si no fuese porque ante este avance Katia reacciona preguntándole a David si la ama, a lo cual él contesta con otra pregunta, menos relacionada al amor hacia ella, y más relacionada al amor hacia su genitalia. Esta situación confusa no logra otra cosa en el espectador que una aceptación del vínculo, puesto que por toda respuesta Katia acepta gustosa la penetración de David.

      Lo curioso en este punto comienza a ser cómo la relación de poder de ambos empieza a balancearse, teniendo ella el manejo desde lo afectivo y él, el manejo desde lo físico. Y ahí es donde la película empieza a tomar fuerza en su aspecto más interesante, esa especie de recorrido que se plasma en viaje para los personajes y en recorrido emocional en el espectador. Y nuevamente es el desierto el que va a transformarse en el protagonista climático del relato.

    Por desgracia, el cine comercial norteamericano no suele utilizar el desierto como la inmensa herramienta expresiva que éste significa. Varios son los ejemplos de cine dramático que se olvidan de la posibilidad de aprovechar las cualidades físicas propias del mismo, pero paradójicamente, el cine de terror de los ‘80 lo aprovechó en varias ocasiones, apoyándose principalmente en las comunidades que, espaciadamente, habitan el desierto olvidadas por el resto de la sociedad.

    Una de estas comunidades, sirve como parador para David y Katia, quienes recorren el desierto y vuelven una y otra vez a esta especie de oasis, zambulléndose a la piscina y lavando todas las impurezas que el desierto les pegó. Pero este páramo tiene un alto precio a pagar para esta pareja, que no es ni más ni menos que la presencia de personas externas a la relación. Estas presencias, pondrán en jaque los momentos de intimidad de los protagonistas, a tal punto que los termina forzando a mantener sus relaciones sexuales (bastantes subidas de tono por cierto) en medio del desierto, sobre unas rocas, en una sierra, en donde se pueda.

      La importancia que tiene el paisaje en esa relación de pareja empieza cada vez a tomar más importancia, y comienza de esa manera a absorber los tiempos y espacios de los personajes; el director aprovecha para empezar a trasladar el ambiente a sus rostros, a su pelo, a su piel. David pierde masculinidad, Katia pierde belleza y el espectador se empieza a distanciar de ellos, de la misma forma en que ellos se distancian del resto de la sociedad, momento en el cual el gran quiebre argumental se produce, dejando perplejo a personajes y espectador por igual.

     Aun así, la característica que hace de esta una película única es el hecho de que menos de 10 minutos después de este gran quiebre, el espectador es shockeado con otro, de mucha mayor intensidad dramática: el que se produce cuando los personajes abandonan el desierto y vuelven a mezclarse con la sociedad, el que se ve condicionado por las miradas y los juicios, el que se ve mediado por el necesario baño con jabón, el que implica incluir a los demás en ese vinculo sentimental entre dos personas.

     Lamentablemente, Twentynine palms no logró obtener distribución en la argentina, por lo cual sólo unos pocos pudimos verla en los cines en el Festival de Mar De Plata en el año 2004, pero es posible conseguir esta película en edición de DVD o Divx en algún distribuidor importante. Es una película que lleva al espectador a un recorrido que intenta (y logra) poner de manifiesto los condicionamientos que el entorno impone, ya sea al ser humano como entidad, o al ser humano relacionándose con los demás, porque como ya sabemos, el ser humano es un ser social.

Bibliografía

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Martin, Marcel
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1990b   “El montaje” en El lenguaje del cine, Barcelona: Gedisa, pp. 144-150.
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Del Amo, Álvaro
                   1969    El cine en la crítica del método, Madrid:
Edicusa.








Ficha técnica:

Twentynine Palms

Francia/Alemania/USA/2003

119 minutos

Director: Bruno Dumont

Guión: Bruno Dumont

Montaje: Dominique Pétrot

Fotografía: George Lechaptois

Intérpretes: Katia Golubeva, David Wissak