
Detrás de la corona Por Daniela Espejo
Inmiscuirse detrás de la escena, detrás de las
apariencias, detrás de lo visible. Este es el principal
movimiento que presenciamos en la proyección de La Reina (The Queen, Stephen Frears, 2006). De afuera hacia adentro, hacia el interior de las decisiones del poder.
Si bien en un primer momento, y gracias al título del film, esperamos una recorrida de la vida de la reina Elizabeth II desde su asunción hasta nuestros días, la propuesta de la película se nos revela totalmente diferente. No hay recorridos históricos sino que temporalmente el relato se circunscribe a una semana particularmente notable en la historia de la realeza británica: aquella que transcurrió entre el sábado 30 de agosto de 1997, cuando la ex princesa Diana Spencer, Lady Di, murió en París junto a su amante Doddy Al Fayed, y su funeral en Londres. Día a día de esta semana aparecen bien designados y a través de esta progresión se van jugando elementos que hacen a la tensión cada vez mayor que transmite el film. En un principio, la reina no admite que se celebre un funeral con los honores de la realeza y prefiere dejar que la familia Spencer decida cómo realizar un funeral privado teniendo en cuenta que para aquel momento Diana ya había renunciado a su pertenencia a la familia real británica. Elizabeth (Helen Mirren, que ganó el Oscar por este papel), su marido (James Cromwell), su madre, su hijo Charles (Alex Jennings), el príncipe de Gales, y sus nietos, William y Henry, parten al castillo de Windsor sin hacer ninguna declaración oficial sobre el accidente. Se refugian como en una burbuja lejos de las obligaciones del poder mientras Tony Blair (Michael Sheen), recientemente elegido Primer Ministro, lucha porque se le de a la noticia la trascendencia que requiere. El film recalca la distancia que se genera entre el pueblo y la familia real y por extensión da a entender que esa distancia es constante. Es decir que las formas y las apariencias se conservan siempre, más allá de muertes, divorcios, nacimientos y guerras. Lo más importante es no mostrar sentimientos, no ser débil, no quebrar el velo de las apariencias. Justamente detrás de todos estos reparos se instala el film, mostrando desde adentro las emociones, los silencios, las charlas de la familia real. Mostrando quiénes son más flexibles, quiénes sólo quieren mantener la tradición y el protocolo sin siquiera dudar de su vigencia. La reina vista como un producto de su época, de su educación, del peso de sus ancestros que lleva sobre la espalda. En este sentido, es notorio el episodio con el ciervo que enternece a la reina y la emociona más que cualquier evento público. Se podría pensar al ciervo como un elemento natural dentro de tanta pompa, de tanta forma artificiosa de vivir. Hasta una pequeña alusión a la figura de Diana, quien por sacar a la luz secretos oscuros y romper con las apariencias, bien puede pensarse como un animal perseguido por cazadores armados. La reina es entonces vista desde un lado humano, o al menos más cerca de cómo se la conoce. Esta distancia redimensiona al personaje, nos da la posibilidad de bajarlo de su pedestal y de entender sus razones. Hasta Tony Blair finalmente se pone de su lado. La película habla entonces de demoler mitos, de derribar prejuicios. Habla de los cambios y de la dificultad de realizarlos. |
![]() Ficha técnica
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