
Una nueva obra de arte de Eastwood Por Jorge Medina
Dos datos deberá recordar el lector antes de comenzar a pensar Cartas desde Iwo Jimae (Letters From Iwo Jima),
el film de Clint Eastwood. Uno, es que Eastwood además de
discípulo de Don Siegel, fue amigo y alumno aplicado del maestro
Sergio Leone. Cuenta la leyenda, que tuvo visos de realidad, pues
estuvo a punto de concretarse, que Leone quiso contar la batalla de
Leningrado en dos films que mostraran respectivamente el punto de vista
alemán y soviético. El segundo, es que este film no tiene
nada que ver (como tampoco lo tenía La conquista del honor / The Flags of Our Fathers) con la patriotera Arenas de Iwo Jima (The Sands of Iwo Jima)
dirigida por Allan Dwan en 1949, con la figura emblemática de
John Wayne, filmada en las arenas de Pendleton, California!
Cartas desde Iwo Jima fue rodada en escenarios naturales, pero como saben ese es un terreno sagrado para el Japón actual, por lo que las escenas de acción fueron filmadas en Islandia. A pesar de pertenecer claramente al género bélico, el film es de una profunda convicción pacifista. Un film que ya se inscribe al lado de La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957) de Stanley Kubrick y Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930) de Lewis Milestone. Pero sobre todo no podemos olvidar un film que seguro tuvo en mente el director de Río místico (Mystic river, 2003), El arpa birmana (Birmana No Tategoto, 1956) de Kon Ichikawa; película japonesa que al igual que Cartas…, deja en claro que la guerra no sirve para absolutamente nada. ¿Disculpen? No hay guerra justa y basta observar las dos versiones –o todos estos films mencionados-, donde la muerte no distingue causas nobles. Y lamentamos decirlo, los dos films de Eastwood no funcionan como espejo; lo que es central en La conquista del honor en Cartas… es apenas un punto distinguible aun en la pantalla grande del cine. Nos referimos a la toma (la batalla por) del monte Surabashi. Pauline Kael, filosa y discutida crítica norteamericana, señalaba y se lamentaba que el pacifismo floreciera siempre en los períodos entre guerras; Clinton Eastwood, no nos engañemos, filmó este díptico en tiempos en que su país –arrastrando a todos sus aliados- está en plena guerra. Está claro, con Cartas desde Iwo Jima completa la visión iniciada con La conquista del honor, contar la batalla por la isla desde ambos bandos en una visión crítica de la intocable Segunda Guerra Mundial y por último homenajear a Sergio Leone. El film, hablado en japonés con algunos diálogos en inglés, está protagonizado por un elenco de actores japoneses y estrellas como Ken Watanabe en el rol del general T. Kuribayashi, figura histórica cuyos partes y correspondencia son el origen “real” del film. Olvídense de los Oscar –premios que nada aportan al espectador-, para la Academia un film es extranjero sólo si no está producido en Norteamérica, independientemente del idioma y la nacionalidad del realizador. Sin embargo, Cartas desde Iwo Jima tiene la entidad de film “extranjero”, en el absoluto convencimiento de Eastwood en su puesta en escena, de la existencia y representaciones de lo sagrado; presente en todas las cosas y actividades de la cultura nipona, los kami. La isla de Iwo Jima, de discutido valor estratégico, representa en el film la ausencia de kami. Una isla, que es desde el título del film protagonista (además de las cartas), careciente de toda fuerza de vida. La arena negra –volcánica- donde los soldados inútilmente se preparaban para recibir y frenar la invasión; los árboles quemados por la guerra y la geografía (en el film del ‘49, Wayne y sus muchachos se topan con palmeras y cocoteros más propios de Hawaii); el agua que escasea y mata de disentería sin distinción de rangos. “Aquí nada crece”, dice el soldado mientras cava. Para la cultura nipona hay kami hasta en el licor que lleva a la embriaguez, en la fuerza de un volcán, y en el destello del sable del guerrero; en Cartas… el alcohol es un whisky Johnny Walker enemigo, el fuego en las laderas viene de los cañones, y el sable oriental no servirá siquiera para la muerte honrosa del general Kuribayashi. “Wow! Mira lo que me encontré”-dice el anónimo G. I. al encontrar la espada. Los soldados japoneses demuestran la duda entre el deber patriótico y el sentido común. “Entreguémosle la isla a los americanos y volvamos a casa”, es una línea de diálogo revelador y que se oye en el inicio mismo del film. La fotografía vira hacia un sepia, transformando las imágenes casi al blanco y negro, diciéndonos la guerra no puede ser en colores bonitos, ni siquiera es como en la realidad. Puede el lector desconocer la cultura y el arte oriental (este trabajo crítico es una aproximación al tema). Mas no puede ignorar su (esta) fuerte presencia icónica, un algo más que nos está contando el realizador. El culto a los kami forma parte del sinto, la religión de la nación japonesa bien presente hasta 1945, luego contaminada por la presencia hegemónica de la cultura estadounidense. Una respuesta posible a la aceptación del film de Eastwood en Japón. ¿Se encuentran decepcionados? Eastwood es un artista occidental, su figura representó el arquetipo del duro justiciero americano (cowboy, policía o soldado), supo concluir -¿clausuró?- su paso por el western con Los imperdonables como si se tratase de una tragedia griega (aristotélica). Aquí arriesgamos una hipótesis que marca a este autor como artista de una larga tradición occidental. De la alegoría al símbolo y el valor de una pistola. Dos soldados, uno de ellos muy joven, panadero de profesión, casado y con un bebé en “las islas grandes” (el Japón) al que no conoce, de forma manifiesta pone en duda el valor estratégico de esa isla volcánica “en la que nada crece”; y en definitiva la victoria del imperio japonés en la guerra. Hasta que un superior los oye y los castiga físicamente, hace su entrada (ya lo había hecho una secuencia anterior) el general Kuribayashi para salvarlos de la muerte segura. Diciendo “Todo sucede en grupos de tres” y lo volverá a decir casi al final de la historia. Cartas desde Iwo Jima es una interpretación del emblema “Alegoría de la Prudencia” de Ticiano (1560-1570), de largos antecedentes en la historia del arte occidental. Brevemente el cuadro de Ticiano de tema secular (no religioso), con una máxima moral (no mitológico) es una serie de retratos: un tricipitium de tres cabezas de un anciano que mira al pasado; un hombre maduro que mira al presente (al frente) y un joven que lo hace al futuro. No hay un plano, una imagen que repita o recree la mencionada obra de Ticiano, por lo que Eastwood transforma el concepto abstracto y moral a un film simbólico en su totalidad, por su puesta en escena. En el film (recordemos: no es la representación visual, sino el desarrollo de la idea) estas etapas de la vida humana no necesariamente respetan la forma del tiempo (por ejemplo, vejez simboliza el pasado). El general, quien sería nuestro personaje maduro, y Saigo, el joven soldado panadero, miran al pasado en sendos flashbacks –que surgen de la redacción de las cartas- y son la memoria que aprende del pasado para obrar con juicio en el presente y el porvenir. El general recuerda su paso como agregado en Fort Bliss, Estados Unidos, cuando Japón era un aliado. Allí recibe –en su despedida- una colt 45 con la culata en marfil, indicial al que luego de verlo en otra oportunidad (para señalar que conoce a los americanos y así podrá destruirlos), es recuperado como símbolo por Occidente, cuando el marine se lo quite y lo ponga (con un breve y significativo plano) en su cintura. Saigo evita prudentemente ser alcanzado por la muerte y lo logrará en un viaje que lo llevará por toda la isla (él será el único sobreviviente del pelotón apostado en el monte) hasta que es capturado con vida. O el barón Nishi, un joven noble que compitió en las Olimpíadas de Los Ángeles en 1932, que tratará de salvar la vida de un marine capturado actuando inteligentemente con “juicio prudente”. La prudencia es la sensatez en estos personajes y es lo que hizo grande al Japón del futuro. Esta es una guía para el espectador atento, que disfrutará el film como cuando contempla cualquier otra obra de arte, aun en su crudeza. |
![]() CARTAS DESDE IWO JIMA
(Letters from Iwo Jima) EE.UU./Japón, 2006. Dirección: Clint Eastwood. Guión: Iris Yamashita, sobre libro escrito por Tadamichi Kuribayashi. Diseño del film: Henry Bumstead, James J. Murakami Asitente de dirección: Donald Murphy Montaje: Joel Cox, Gary Roach Música original: Kyle Eastwood y Michael Stevens Vestuario: Deborah Hopper Decorados: Gary Fettis Fotografía: Tom Stern. Intérpretes: Ken Watanabe (General Tadamichi Kuribayashi), Kazunari Ninomiya (Saigo), Tsuyoshi Ihara (Barón Nishi), Ryo Kase, Shidou Nakamura, Kazunari Watanabe, Takumi Bando, Roxanne Hart, Mark Moses, Yuki Matsuzaki Productores: Clint Eastwood, Robert Lorenz, Steven Spielberg Productor ejecutivo: Paul Haggis Producida por Amblin Entertainment, Dream Works y Malpaso Productions, Warner Bros. Pictures Duración original: 140 minutos |