Viajes a través de lo sublime. Herzog, Aguirre, Fitzcarraldo.

 

Por Griselda Soriano

 

 

Entonces, un día, decidirán tomar el último riesgo: querer alcanzar el confín del mundo para comprobar si realmente hay un abismo.

 

Corazón de Cristal (Werner Herzog, 1976)

 

Este texto comienza desde un contrasentido: intenta llevar a cabo, desde la palabra, una aproximación a la poética de un director cuyos films dejan con frecuencia sin habla. ¿Por qué, entonces, subsumirlo al concepto, y a uno tan complejo como el de lo sublime kantiano? No sólo porque lo sublime parece atravesar el cine de Herzog en diversas direcciones. Porque la filosofía de Kant representa un esfuerzo inestimable por conciliar la experiencia y la razón, acudimos en su auxilio, casi sin darnos cuenta, para tender un puente hacia una posible vía de reflexión acerca de un cine al que se accede, primero y más fácilmente, desde lo pasional. Es por todo esto que, por anticipado, pedimos disculpas si las divagaciones que aquí comienzan escapan de la más estricta rigurosidad filosófica para adentrarse en los zigzagueantes terrenos del ensayo. Kant, y nuestros lectores, sabrán perdonar si sus ideas (que nos exceden ampliamente en complejidad y profundidad) se transforman en excusas para un escrito que se separa de ellas con el fin de reactivarlas y cuestionarlas, no tanto desde la lógica de la razón como desde las sensaciones que despiertan en su enfrentamiento con dos películas: Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982). Y es que, al fin y al cabo, los roles pueden resultar intercambiables: el cine también puede volverse pensamiento, y la filosofía, una experiencia estética.

        Hay más de un punto en común entre Aguirre, la ira de Dios y Fitzcarraldo. En ambos films nos encontramos con la historia de un viaje que se adentra en un paisaje excepcional, el Amazonas, realizado por personajes tan excepcionales como el espacio que los rodea, o incluso más. Fitzcarraldo, un melómano con el sueño de construir una ópera en medio de la selva, y que no sólo cree que la fe mueve montañas, sino también que mueve barcos por sobre ellas. El epíteto “conquistador de lo inútil”, con el que lo describe un personaje en el film, puede hacerse a la vez extensivo a Aguirre, el despótico colonialista cuya ilusión última es incluso más absurda que aquella de encontrar El Dorado que da inicio a sus peripecias: erigir un imperio en ese Nuevo Mundo a partir de su propia sangre, capaz de superar a Castilla.

         En la desmesura de sus personajes, en la inconmensurabilidad del entorno, y en el duelo que se entabla entre estos agentes, Aguirre… y Fitzcarraldo nos colocan, cara a cara, frente a la experiencia de lo sublime. Quizás esta sea la manera más obvia de relacionar a Herzog con dicha categoría: a través de sus historias. Será interesante entonces corroborar si esta experiencia puede relacionarse además con factores específicamente cinematográficos, como la construcción del relato, u otros elementos, propios de la poética herzoguiana, como el particular modo en que este director se empeña en desdibujar la línea que separa el documental de la ficción. Aguirre… y Fitzcarraldo no sólo comprenden el viaje de estos dos personajes, sino también el viaje de un tercero, silencioso, invisible, pero omnipresente: el propio Werner Herzog, el “verdadero”, cuyas monumentales travesías quedan inscritas en cada uno de sus films, atravesando la ficción para mostrarse sin su velo.

Y como la escritura, y con ella la lectura, se asemeja también al viaje, se hace necesario comenzar por recolectar aquellos elementos que nos serán útiles en nuestro recorrido. Lo primero, entonces, es establecer de qué hablamos cuando hablamos de lo sublime. Para esto solicitamos el auxilio de las palabras de Oliveras, que nos dice queel ‘drama’ sublime consiste en sentir la naturaleza como magnitud (sublime matemático) o como poder o fuerza (sublime dinámico) que opone un freno a nuestras acciones.” (Oliveras 2006:193) Ante la contemplación de algo para lo cual ninguna medida es suficiente, ante la presencia de aquello cuyo poder, sabemos, podría destruirnos, se despierta en nosotros la experiencia de lo sublime. En este punto es necesario hacer dos aclaraciones. Primero, que para Kant lo sublime no es una característica de los objetos, sino una experiencia del sujeto frente a ellos: no es sublime la inmensidad del océano sino aquello que experimentamos al enfrentarla. En segundo lugar, si bien sentimos temor ante el objeto que despierta en nosotros lo sublime, no debemos en ese momento encontrarnos ante un peligro real, ya que de lo contrario sería imposible la contemplación.

Además de esta dualidad propia de lo sublime kantiano, a la vez matemático y dinámico, la experiencia de lo sublime resulta en sí misma ambivalente: en ella se funden atracción y repulsión, placer y displacer.

Displacer en el momento en que nos hacemos conscientes de nuestra finitud, nuestra pequeñez, nuestra debilidad. “La desmesura de la naturaleza supera las categorías del entendimiento y resulta violenta para la imaginación; excede todas sus posibilidades.” (Oliveras 2006: 192)

Pero convocando la idea de lo sublime, el hombre logra nuevamente elevarse por sobre la poderosa naturaleza (Kant es un idealista, y un hombre de la Ilustración, no lo olvidemos). Al enfrentarnos con un objeto que nos excede, “…la imaginación no puede dar cuenta de la naturaleza grandiosa y magnificente, por lo que requiere del auxilio de la razón, lo que conduce al placer de lo sublime en la representación de la superioridad racional del sujeto.” (Oliveras 2006: 197) De este modo, Kant hace avanzar al hombre desde la más ínfima posición hasta la supremacía más extrema, aquella que, para él, nos otorga la razón, que se encarga de brindarnos las ideas que nos permiten “dominar” al mundo. Y en esto reside el placer de lo sublime.

Entonces ¿cómo operan estas categorías en relación con el cine de Herzog? ¿Podemos establecer a partir de ellas conexiones que enriquezcan su recepción? Partamos de lo más evidente: su relación con las historias que nos presentan Aguirre… y Fitzcarraldo. 

Herzog coloca a sus personajes en un mundo que les es hostil desde un comienzo, un mundo en el que la naturaleza no vacila en ejercer su poder sobre ellos, una y otra vez. Pero también los dota de una voluntad inquebrantable, desquiciada, desmesurada, que los lleva a medirse con esta fuerza superior e incluso a proclamarse vencedores, aunque todo demuestre lo contrario.

En ellos habita una sinrazón que les impide considerar la dualidad de su posición ante la naturaleza. Si lo sublime supone un temor, un rechazo, derivados de la conciencia de nuestra inferioridad, unidos al placer y la superioridad que otorga la razón, tanto Aguirre como Fitzcarraldo, en su soberbia enceguecedora, sólo son capaces de sentir la segunda parte del binomio. Y, lo que es más, aquello que en la experiencia de lo sublime constituye una superioridad a través de la idea se convierte para ellos en una (supuesta) superioridad absoluta, concreta; así se creen capaces de combatir a esta naturaleza que los supera desde su insignificante inferioridad: resultado de ello son imágenes tan conmovedoras como absurdas, como aquella en la que encontramos a Fitzcarraldo atravesando el Amazonas encaramado en su barco, internándose en un territorio de indígenas hostiles portando como único escudo protector un fonógrafo con la voz de Caruso. O aquel célebre plano de Aguirre… en que éste proclama “yo soy la ira de Dios” (con esa mirada desorbitada y extática de la cual sólo Klaus Kinski era capaz) mientras es arrastrado por el río a una muerte segura. No hay poder en la naturaleza capaz de oponérseles, creen. Y es esta inconciencia excepcional la que los arrastra en sus viajes extremos y absurdos.

Si el viaje, en el cine, en la literatura, suele presentarse como un desafío, un aprendizaje (tanto para los personajes como para el espectador), un camino a transitar en busca de una nueva comprensión de la vida y del mundo, ni el viaje de Aguirre ni el de Fitzcarraldo propiciarán este crecimiento. También el río, que como el viaje constituye una frecuente metáfora para el recorrido de vida y sus consiguientes aprendizajes, se transforma aquí en un camino hacia la nada.

Al espectador se le concede, sin embargo, la mirada capaz de completar aquella dualidad intrínseca de lo sublime. Si la excepcionalidad de estos hombres nos conmueve, es en su contraste con la posición de debilidad en la que se encuentran, debilidad que son incapaces de distinguir, pero que nosotros sí comprendemos. Percibimos la insignificancia de Fitzcarraldo y Aguirre, cuya lucha perdida de antemano se resalta al confrontarla con una inmensidad selvática que se transforma en un personaje más del film. Y no sólo a través de la historia; también el relato se encarga de remarcarla. Así, la cámara parte de un plano cercano de Fitzcarraldo encaramado a una plataforma encastrada en un árbol en medio de la selva, para alejarse luego a través de una impresionante toma aérea y mostrarnos la inmensidad en la que se halla sumido. También se aleja de Aguirre, gira en torno a él, subraya su soledad, para abandonarlo a la deriva en una balsa que, sabemos, no resistirá mucho más sobre los rápidos del Amazonas.

Rozamos entonces el sentimiento de lo sublime en la contemplación de la decadencia. A través de las peripecias de estos hombres, sin duda más valientes en su locura que cualquiera de nosotros, nos enfrentamos con la pequeñez que caracteriza a nuestra especie, a pesar de que guste de entronizarse en la cúspide de la creación, frente a un mundo siempre hostil, ajeno y a la vez propio (cuántos de los paisajes de Herzog son interiores o exteriores, reales o imaginados, es una pregunta que a nadie le corresponde responder, así como a nadie le corresponde responder tampoco cuánto de lo que se ve proviene de los ojos del que mira), sin que esta conexión con el sujeto lo haga más accesible o menos amenazador. A salvo como estamos, separados por la pantalla de ese mundo siniestro, nos sentimos capaces de complacernos en esta visión que revela nuestra insignificancia porque somos capaces del doble juego que exige la experiencia de lo sublime: protegidos del peligro, nos hacemos concientes de la pequeñez del hombre, y en esta conciencia nos refugiamos; la razón es siempre nuestro último refugio.

Pero queda un resto perturbador en la contemplación de las películas de Herzog. Porque no hay en ellas prueba de esa superioridad de la idea en la que el hombre puede resguardarse de su debilidad frente a la prepotencia de la naturaleza. Y aunque nosotros podamos sentirnos complacidos y fuera de peligro, es también a nuestra insignificancia a la que aluden Aguirre… y Fitzcarraldo. Como decíamos, los viajes de estos personajes no representan un aprendizaje ni para ellos ni para nosotros, porque culminan en el más profundo vacío; ninguno de ellos sale (si es que sale) de la experiencia enriquecido sino empequeñecido, si bien en esto Herzog hace una distinción entre la conclusión más piadosa que le concede a Fitzcarraldo, un personaje tan cuestionable como adorable (y tan cercano, en esto, al propio Herzog) y el patetismo de la situación en que abandona al infame Aguirre. Pero incluso esa suerte de apoteosis a la vez conmovedora y absurda con la que concluye Fitzcarraldo nos deja con una sonrisa amarga, y con la conciencia de que en el mundo de Herzog no hay recompensas ni viajes de formación, sino un sinsentido que, estando la razón ausente, parece ser la única conclusión posible. Y así, puede que también el espectador se vaya de la sala sintiéndose mucho, pero mucho más pequeño.

Herzog demuestra que también una representación es capaz de brindarnos la experiencia de lo sublime. Si bien “lo sublime en el arte está, por cierto, limitado siempre a las condiciones de la concordancia con la naturaleza” (Kant 1991: 159), Herzog parece haber encontrado, en su forma de relato, el modo de acercarse fílmicamente a esta concordancia. Sublime, nos dice Kant, “…es aquello cuyo solo pensamiento da prueba de una facultad del ánimo que excede toda medida de los sentidos” (Kant 1991: 164). Pero ¿cómo podemos estar hablando entonces de lo sublime? ¿No se supone acaso que el arte, producto humano, no puede otorgar imágenes inconmensurables? Sin duda, pero no por esto deja de ser capaz de evocar dicha inconmensurabilidad presente en la naturaleza; recordemos que sublime es la experiencia y no el objeto. Así, cuando Herzog elige exhibir el paisaje a través de planos generales pero a la vez fragmentarios (y claro, ¿cómo abarcar la selva amazónica en una sola imagen?), o recorrerlo con panorámicas y travellings que lo muestran como una suerte de continuidad sin fin (o al menos sin un fin que el ojo humano y su equivalente, la cámara, pueda vislumbrar), nos está diciendo que el cine, su cine, con toda la soberbia que implica, es incapaz de captar la inmensidad del mundo. La naturaleza excede el plano, que se muestra permanentemente inútil a la hora de contenerla. Y ante este juego los espectadores nos hacemos capaces de experimentar lo sublime por la vía del relato cinematográfico.

         Queda ahora un último punto por analizar. En Herzog, la distinción entre ficción y documental parece desdibujarse en la dirección inversa de lo que suele suceder actualmente: en vez de una ficcionalización del documental, Herzog propone una intrusión de la “realidad” en la ficción; Fitzcarraldo no sólo narra la hazaña del excéntrico melómano sino que viene a probar que es efectivamente posible arrastrar un vapor cuesta arriba en medio del Amazonas. Este corrimiento de los límites entre ficción y documental podría, quizás, autorizar a hablar del surgimiento de otra peculiar dimensión de la experiencia de lo sublime ante las imágenes por él creadas. Los films de Herzog parecen recuperar esta experiencia al enfrentarnos a una imagen que, exhibiendo la magnitud de sus fuerzas, intenta restituir a la naturaleza todo su poder. Dejemos de lado, por decirlo de alguna manera, la ficción. Las imágenes de Herzog testimonian un peligro efectivamente real para todos aquellos que estuvieron presentes en su registro, y esto lo sabe el espectador, no sólo porque puede haber oído las infinitas historias que se han tejido alrededor de sus rodajes, sino simplemente porque este poderío de la naturaleza se intuye en cada uno de sus fotogramas. El barco es arrastrado con un esfuerzo casi sobrehumano a través de la montaña, las balsas flotan a la deriva en medio de los rápidos, y en ellas los actores-personajes ataviados con pesadas armaduras de las que no podrían desprenderse en caso de naufragar; así, como los ejemplos anteriores, una infinidad de etcéteras. Lo tenemos frente a nuestros ojos; Herzog busca devolver en este mismo movimiento la fe del espectador en la imagen, tan perdida en este mundo posmoderno. En su empeño por fundir arte y vida, Herzog abre una nueva dimensión de la experiencia de lo sublime afirmando que el arte, llevado a sus últimas consecuencias, acarrea un peligro mortal. Nos encontramos así frente a la experiencia (distanciada) de lo sublime dinámico. Como espectadores, estamos (in)cómodamente ubicados ante la pantalla de cine, una pantalla que pone distancia y nos mantiene a salvo, pero a la vez nos enfrenta con imágenes que develan un mundo potencialmente mortífero, capaz de devorar al hombre, con un mundo (el film) donde todo lo humano (la cámara, los actores, el equipo técnico, el mismo Herzog) se vuelve infinitamente pequeño. 

Para concluir, recapitulemos: las palabras de Kant acerca de lo sublime resultan un interesante disparador a la hora de reflexionar abordar el cine de Herzog, porque no parece haber autor cinematográfico que ilustre mejor la posibilidad de encontrar la experiencia de lo sublime a través del arte que él. No sólo construye sus historias a partir de personajes y situaciones que nos conectan con esta magnificencia de la naturaleza que despierta en nosotros esa sensación de placer-displacer, superioridad-inferioridad, sino que también articula su relato de manera tal que se refuerza la presencia de este mundo que nos excede. Por último, la permanente dialéctica entre ficción y “realidad” que se percibe en sus films, parece ser el más específico y original de los modos en que Herzog nos conecta con lo sublime. Esperamos que, llegados al final de este viaje compartido, también para el lector-espectador estas cuestiones hayan servido como un punto de partida para nuevas reflexiones cinematográficas y filosóficas. Y, por último, como el cine y la filosofía resultan mucho más interesantes cuando plantean preguntas que cuando otorgan respuestas, quisiéramos dejar abierto un dilema al cual no le encontramos solución: ¿Hacia qué lado de la balanza se inclina Herzog en el binomio de lo sublime? ¿Su visión es, como en sus personajes, la de una omnipotencia casi inconciente, la de una superioridad infalible? Así parecería a veces, cuando lo vemos plasmar su megalómana noción de la realización cinematográfica. Pero, por otro lado, ¿no podría pensarse que plantea en sus films un mundo en que el hombre se encuentra absolutamente desvalido, perdido en el absurdo de una existencia que se revela sin sentido, más allá de los asombrosos intentos que pueda hacer por dárselo? Tal vez sea en esta dialéctica irresuelta, que no deja de interpelarnos, donde resida su grandeza como autor.

 

FILMOGRAFÍA

 

Aguirre, la ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, Alemania 1972)

Producción: Werner Herzog Filmproduktion

Dirección: Werner Herzog.

Guión: Werner Herzog.

Fotografía: Thomas Mauch.

Música: Popol Vuh.

Intérpretes: Klaus Kinski, Helena Rojo, Del Negro, Ruy Guerra, Peter Berling, Cecilia Rivera, Dany Ades, Armando Polanah.

Duración: 94 min.

 

Fitzcarraldo (Fitzcarraldo, Alemania/Perú, 1982)

Producción: Werner Herzog Filmproduktion

Dirección: Werner Herzog.

Guión: Werner Herzog.

Fotografía: Thomas Mauch.

Música: Popol Vuh.

Intérpretes: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, Paul Hittscher, Miguel Ángel Fuentes, José Lewgoy, Grande Ótelo.

Duración: 157 min.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Fuentes

Kant, Emmanuel           

1991                             Crítica de la facultad de juzgar (trad. Pablo Oyarzún), Caracas: Monte Ávila. (v.or.1790)

 

Sobre lo sublime kantiano

Bozal, Valeriano (ed.)

1996                             “Immanuel Kant” en Historia de las ideas estéticas y de las teorías contemporáneas, Madrid: Visor.

 

Oliveras, Elena

2006                             Estética. La cuestión del arte, Buenos Aires, Ariel: 2006.

 

Sobre Werner Herzog

 

Oubiña, David

2000                             “Una mística cinematográfica (Werner Herzog y las imágenes del otro mundo)” en Filmología, ensayos con el cine, Buenos Aires: Manantial S.R.L.

 

Rondi Gian Luigi

1983                             “Herzog. El visionario” en El cine de los grandes maestros,  Buenos Aires: Emecé.

 

Rosés Montserrat

1969                            Nuevo Cine Alemán, Madrid: J.C.

 

 

 

 











Fitzcarraldo (1982)