Viajando con el cine  

                                                                           Por Jorge Medina 

   Decir viajes y cine es decir lo mismo, o lo que es lo mismo: una tautología; pues el cine nació para registrarlos, registrar el paso del hombre a través de la historia, de su mundo, del tiempo, de todos los tiempos. No por algo el cine como espectáculo nace con la proyección de La llegada del tren a la estación de la Ciotat de los hermanos Lumière. Que no es sino un viaje detenido momentáneamente para grabar en nuestra carga genética la impronta del cinematógrafo, y así el tren continuó su marcha. No caben dudas: aquellos verdaderos espectadores gritaron y retrocedieron frente al tren que “salía de la pantalla”  como todavía lo hacen los niños con las vacunas.

   Apenas unos años después también con una cámara de Lumière sobre una góndola en Venecia nace el travelling (cámara “viajando” o en movimiento), que nos permitirá viajar por el Sena con una alucinada novia en L’Atalante, modernizará al cine argentino con Torre Nilsson y será para Godard, Rivette y Daney una cuestión moral.

   En 1972 François Truffaut decía que la imagen de un film “que sea comparable a un trayecto en tren es probablemente la más justa; las escenas se enganchan unas a otras como los vagones, la historia avanza sobre sus rieles, el público viajero no abandona el tren, se deja llevar del punto de partida a la terminal y atraviesa los paisajes que son las emociones”. Imagen netamente hitchcockiana quien interpretó mejor que nadie (merced a su puesta en escena) que el viaje es personal y los trenes, individualmente percibidos. Y en este punto toma la palabra el querible John Berger quien decía “¡El cine ama los trenes!”.

   Con el cine viajamos al pasado y de vuelta al futuro, a nuestro interior físico como en los viajes fantásticos al interior de nuestra alma bergmaniana; de la tierra de Nunca Jamás al Lejano Oeste a caballo o diligencia, y de ahí al Faro del Fin del Mundo pasando por el Bizancio de Yeats. De los sesentosos trips lisérgicos al mundo virtual de las imágenes digitales; de la prehistoria, como en el mundo literario de Ray Bradbury fuimos tras los pies del Cristo varias veces y seguir la caza del mismo demonio en los Cárpatos sin movernos de un estudio. Viajamos a la estrellas en guerra y más allá, a la mítica y marketinera Tierra Media, siguiendo la ruta 66 y río arriba hasta el corazón de las tinieblas. Viajamos y soñamos a Oz en color (los sueños son en colores, ¿alguien lo cuestiona?) y volvimos a la realidad en blanco y negro. Seguimos el viaje de un antihéroe dentro de un taxi, con las soldaderas por la Pampa bárbara, y en una misma secuencia onírica de la Luna de Méliès al fondo del mar, y en ochenta días dar la vuelta al mundo “con mi tía”. El cine nos permite eso y mucho más, porque somos humanos, en permanente movimiento y sobre todo “iconautas”.

   En esta ocasión El ángel exterminador revisa el tema de los viajes en el cine, no sólo en un apartado especial sino atravesando toda la revista. Llegamos al tercer número con la satisfacción de cumplir con la actualización de los estrenos que semana a semana renuevan la cartelera y la oferta cinematográfica. Y en particular agradecidos y honrados por haber sobrepasado las cinco mil visitas. Además adelanta que verá alterada felizmente su frecuencia bimestral, ya que si hablamos de viaje, nos desplazaremos hasta el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en su edición 22ª -y de regreso prepararnos para el de Buenos Aires- para cubrir no sólo qué y cuántos films se exhibieron, sino todo aquello que a usted podrá interesarle: conferencias, talleres, clases, debates y entrevistas. Serán entonces números extraordinarios, (éste y los que vendrán) por su infrecuente periodicidad mensual, de vertiginoso trabajo, para compartir una vez más y como siempre nuestra pasión por el cine.

 







Llegada del tren a la estación de Ciotat