
Oscuros senderos de poder Por Daniela Espejo
El segundo film de un director talentoso siempre se espera con ansia,
con expectativas y también con miedo a la decepción. El
segundo film dirigido por un actor talentoso no conlleva tanta
presión a nivel receptivo. Se podría decir que "puede
fallar, de última Robert De Niro no es específicamente un
director de cine".
Y sin embargo, aquí quienes admiramos su talento frente a las cámaras, aplaudimos nuevamente su labor detrás de cámaras. Con su primer film, Una luz en el infierno (A Bronx Tale, 1993), hacía foco en la relación entre un mafioso del Bronx y un joven del barrio enfrentado constantemente con su padre (interpretado por el mismo De Niro) a causa de este lazo que lo llevaba por un camino opuesto al que su progenitor había cultivado toda la vida. De Niro se mostraba allí hijo de Martin Scorsese, por sus temáticas y afinidades narrativas (uso de la voz over, gusto por las idas y venidas en el tiempo). En El Buen Pastor (The good shepherd, 2006), la relación paternal aparece nuevamente retratada, esta vez en la cadena que se establece entre el padre del protagonista, Edward Wilson (Matt Damon) y su hijo. Una cadena de culpas, de silencios, de ausencias. Edward es un agente de la CIA (Central Intelligence Agency), pionero en su labor y abocado a ella con sentido del deber patriótico. Primero la CIA y después Dios, esas serán las prioridades. En esta cadena, se perderá, por supuesto, la familia, los afectos, pero sobre todo el individuo. El personaje se verá involucrado en cantidad de situaciones de índole política en las que deberá elegir por el bien de la patria (Estados Unidos, claro está) desde la Segunda Guerra Mundial hasta el conflicto por los misiles rusos en Cuba en plena Guerra Fría (1962). En esta dinámica, Edward se debate entre el silencio, la mentira, la confianza, la traición. Todas cuestiones que indican al director un tratamiento puntual del ritmo cinematográfico, del sonido, de los diálogos. El personaje habla poco, escucha mucho, pocas veces se enfrenta, pocas veces aclara circunstancias afectivas. Está en nosotros dilucidar qué hay dentro suyo. De Niro, de hecho, lo nombrará en el título del film el buen pastor, el servidor, el que creyó en la patria, el que dejó todo por el deber y traicionó sus deseos más profundos. Como su padre le había dicho antes de suicidarse, "si traicionas a tus amigos, nadie te querrá. La confianza es aquello que te hace sentir a salvo." En pos de cumplir con los demás para ser amado, Edward se traiciona a sí mismo y a su propio hijo. Su casamiento será por deber, la traición a su hijo será por deber. Sin embargo, todos le hacen saber que no puede tener amigos en su profesión, que no puede confiar en nadie. Su amigo es entonces ¿la patria? Y aquí aparecen dos posturas diversas: por un lado, el general Sullivan (De Niro, aquí también) que lo convoca a la CIA, le da su misión y le confiesa: "Amo este país". Mientras el italiano Joseph Palmi (Joe Pesci), interrogado por Wilson para que abandone el país, le retruca: "Los italianos tenemos a nuestra gente y a la iglesia, los irlandeses tienen su territorio, los judíos tienen su cultura. Hasta los negros tienen su música. ¿Ustedes qué tienen?" Su interlocutor le responde: "Nosotros tenemos nuestro país, ustedes sólo están de visita." Ambos personajes a la vez muy alejados y muy cercanos, Sullivan le enseña a amar el país, Palmi a notar sus falencias. Son De Niro y Pesci, si pensamos en el texto del actor, los inolvidables mafiosos de Buenos muchachos (Goodfellas, 1990) y Casino (ídem, 1995), ambas de Scorsese. No es casual tampoco que De Niro elija a Matt Damon para protagonizar su film, actor principal también de la última producción de Scorsese, ganadora del Oscar 2006, Los infiltrados (The departed, 2006). El despliegue actoral entonces, en grupos masculinos de asociaciones lícitas e ilícitas. Mientras que en Una luz en el infierno se trataba de la mafia de un barrio de Nueva York, en El buen pastor primero una logia secreta, luego la CIA, otra sociedad llena de oscuridad. En Una luz..., Sonny (Chazz Palmintieri, de quien se cuenta la historia personal) no puede confiar en nadie. En El buen pastor, Edward tampoco. Sin embargo, ambos films difieren claramente a nivel visual. El más reciente se maneja con claroscuros, luces bajas y provenientes del suelo, sombras, noche. Clásicos recursos del film noir. El primero, al contrario, maneja el sol, la luz, los espacios amplios y abiertos de las calles del Bronx. En un movimiento del afuera hacia adentro, el director dirige su mirada de las mafias italianas que caminan por las calles a los manejos políticos escondidos en edificios y en llamadas secretas en medio de la noche. De un ámbito al otro los pasos son cada vez más siniestros. De las decisiones de hombres que se acribillan en medio de la calle a las de quienes no ponen el cuerpo en el conflicto y sólo firman cartas que declaran guerras y matan de hambre a millones de personas. |
![]() Ficha técnica El buen
pastor 165
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