Destino, tragedia y dolor en la aldea global

Por Griselda Soriano

    Es innegable que Alejandro González Iñárritu sentó con Amores perros (2000), su opera prima, uno de los pilares de la renovación del cine mexicano. La marginalidad, el melodrama, la violencia, el dolor, elementos tradicionalmente asociados a un imaginario sobre lo “latinoamericano”, se conjugaban allí para retratar un México actual, globalizado, con sus abismales diferencias sociales, a partir de bien utilizados recursos cinematográficos. Con un buen guión que planteaba una historia coral, un montaje y un uso de la cámara dinámicos, vertiginosos, que se encargaban de articularla, una excelente banda sonora, un grupo de sólidos actores (Gael García Bernal en el papel que lo dio a conocer, Emilio Echevarría, Goya Toledo, entre muchos otros), Amores perros sorprendió al público y generó fuertes expectativas acerca del futuro de su director.
    Así como otros realizadores mexicanos de su generación (Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro), luego de este éxito, González Iñárritu pegó el salto a Hollywood con su siguiente película: 21 gramos (2003). Allí, nuevamente, se entrecruzaron varias historias a partir del pretexto de un accidente automovilístico, retornó el dinamismo de la cámara y el montaje, y se repitieron los temas de Amores perros, pero esta vez ya excediendo el contexto latinoamericano, como una especie de reflexión universal sobre el sufrimiento, la culpa, la venganza, el destino trágico que acecha al género humano, y su intento por trascenderlo a partir del amor y la fe. Pero si en Amores perros se dejaba entrever una lucha, una queja, un genuino grito de dolor contra esta fatalidad, trágica, atemporal, y a la vez tan cercana a la realidad latinoamericana, en 21 gramos esta resistencia transmutó en una suerte de regodeo en el sufrimiento de sus personajes, que saltaban de tragedia en tragedia sin descanso; sí, un sufrimiento bien filmado y magistralmente interpretado por sus protagonistas (Sean Penn, Naomi Watts, Benicio del Toro), pero que pasaba rápidamente de la empatía a la irritación cuando empezaba a sonar vacuo y al mismo tiempo excesivo, impostado, cargado de solemnidad y moralejas.
    Pero si de excesos, solemnidad y moralejas se trata, es Babel (2006), la tercera y última parte de esta trilogía de la Fatalidad (así, con mayúscula) encarnada en accidentes automovilísticos, la que llega más lejos. Hiperelogiada y sin duda candidata a volver con alguna estatuilla bajo el brazo de cuanta premiación la tenga como aspirante (de hecho, acaba de recibir el Globo de Oro a la Mejor Película Dramática), Babel lleva al extremo todo aquello que su director prefiguraba en sus films anteriores. Pero, como se sabe, ir al extremo no siempre es lo más recomendable.
    En Babel vuelven a entrelazarse tres historias (o cuatro, se podría decir) a partir de un hecho fortuito que desencadena una serie de tragedias. Una pareja de turistas estadounidenses (Cate Blanchett y Brad Pitt) ve desplomarse su viaje y su vida cuando ella resulta herida de gravedad por una bala perdida en una ruta en Marruecos. Bala disparada, casi jugando, por un par de niños pastores que a partir de ese momento se convertirán, para todo el mundo (literalmente), en terroristas. Mientras tanto, en Estados Unidos, su empleada doméstica, ansiosa por asistir al casamiento de su hijo, no tiene mejor idea que partir hacia México, sin permiso, con los dos pequeños hijos de la pareja que se encuentran a su cargo. Por otra parte, a miles de kilómetros de allí, en Japón, Chieko (Rinko Kikuchi), la hija del hombre que en un viaje regaló el arma al padre de los niños en señal de agradecimiento por sus servicios como guía (la relación entre las historias se vuelve, en este punto, un tanto retorcida), sufre su adolescencia; etapa que, si bien es en sí misma conflictiva, se vuelve para ella aún más complicada por su condición de sordomuda y por el reciente suicidio de su madre.
    Esta es la maraña de historias que presenta Babel. Como el lector-espectador puede fácilmente observar en el film o, si todavía no lo ha visto, en el resumen anterior (sí, fue un resumen), las reflexiones de González Iñárritu acerca de la humanidad y su destino trágico se expanden aquí a través de todo el globo. Y es de este modo que el film comienza a hacer agua. Cuando lo que en Amores perros podía entenderse como un “pinta tu aldea y pintarás el mundo” transmuta en una reflexión universalista, propia de estas épocas de “aldea global”, el tono crítico se desdibuja para acercarse al relato edificante, portador de un mensaje contra la incomunicación que ya se hace bastante obvio desde el título, lo cual hace que el film pierda fuerza. Y es que para abarcar y comprender (si es que esto es posible) el estado de cosas en este mundo de globalización y paranoia hacen falta menos sermones y lecturas bastante más complejas.
    Se ha criticado al realizador de Babel, por otra parte, por excederse en sus poderes demiúrgicos; por abusar, valga la redundancia, de la coincidencia abusiva; por entrecruzar de modo demasiado forzoso el triste destino de sus personajes. Pero no parece ser este su principal problema; si nos fijamos bien, nuestras vidas están plagadas de excesos del destino. En cuanto a este modo de articular la narración, se debe reconocer que en Babel, una vez más, como en los films anteriores, se ejerce un cuidado uso del montaje que se encarga de entrelazar las historias, resignificándolas en su interacción. Es necesario apuntar, sin embargo, que hay algo en esta interrelación que no termina de cerrar en lo que respecta al episodio japonés que, si bien está hermosamente filmado, actuado y musicalizado, muy bien construido en sí mismo, desentona con respecto a las demás historias.
    Por otra parte, la historia interpretada por Cate Blanchett y Brad Pitt parece estancarse por momentos en comparación con las otras, acercándose a un estatismo contraproducente; algo lógico al tratarse de una mujer herida de bala, sí, pero no con respecto al ritmo general de la narración que presenta el film.
    Como decíamos, no es este exceso de casualidades (o causalidades) lo que irrita en Babel. Es otro elemento el que molesta y la acerca a los aspectos más negativos de 21 gramos: una suerte de búsqueda de la empatía a partir del sadismo. Los personajes sufren constantemente ante los ojos del espectador, sufren del modo más terrible y por las razones más injustas, y es a partir de este sufrimiento que se busca la identificación, la emoción, y, se supone, la reflexión. Pero estamos ante un arma de doble filo, porque si bien no hay duda de que numerosos espectadores se verán conmovidos hasta las lágrimas por las numerosas escenas “fuertes” que plagan Babel, otros podrán sentirse irritados y repelidos por su constante regodeo en el dolor. Y es que a lo largo de más de cien años de historia del cine, ciertas situaciones han quedado implícitamente catalogadas como “terribles”, “impactantes”, “conmovedoras”, casi como una receta para movilizar al espectador (un ejemplo pertinente: la exhibición del sufrimiento de los niños, siempre inmerecido), y en su utilización desmedida, hay algo que se siente falso, sospechoso. Que quede claro: nadie duda aquí de la honestidad ni de las buenas intenciones (y mucho menos del talento) de Alejandro González Iñárritu. Sólo que el exceso que hace que Babel se desborde en todos sus aspectos la lleva hacia una vía ya no melodramática sino innecesariamente cruel para con sus protagonistas, y no porque éstos hayan de atravesar las peores penurias en la historia del cine, o porque sus imágenes sean las más impactantes que se hayan visto, sino porque incluso para sufrir, sus personajes merecían un mejor cuidado. Sabemos que la gente sufre, sí, y que el cine no tiene por qué ocultarlo; sabemos que hacerlo visible es una manera necesaria y efectiva de combatir este sufrimiento; pero es en la delgada línea entre el hacer visible y el exhibicionismo que Babel se tambalea.
    Así como se apuntaron sus aspectos cuestionables, es necesario resaltar las virtudes de Babel, porque las tiene, y son numerosas. Una vez más, se ha escogido con precisión un sólido elenco capaz de sostener las situaciones más extremas, una vez más González Iñárritu demuestra su talento a la hora de trabajar con los actores. Babel desborda también en excelencia en cuanto a sus rubros técnicos: el montaje, como ya se ha mencionado, la fotografía, el uso de la cámara, otra vez, inquieta como y cuando debe estarlo. La música de Santaolalla comienza a sonar repetitiva pero sin dejar de ser bella; en el mismo plano, excelente es la elección de la música de Ryuichi Sakamoto para acompañar el cierre del episodio japonés.
    Se ha dicho también que Babel peca de ambiciosa. Pero la ambición no es pecado para un director de cine, y menos para uno como Alejandro González Iñárritu que, más allá de las diferencias que se puedan tener con respecto a sus elecciones temáticas, estéticas y narrativas, ha demostrado ser no sólo conocedor de su oficio sino además poseedor de un talento prometedor (y no siempre ambas cosas coinciden). Babel cierra su trilogía y con ello la primera etapa de su filmografía; será necesario esperar para ver qué le depara el Destino que tanto lo obsesiona. Debemos admitir que, como los personajes de sus películas, a pesar de los traspiés, conservamos la esperanza.






Ficha técnica


Babel, EE.UU. / México, 2006
Duración: 124 min.
Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guión: Guillermo Arriaga
Producción: Alejandro González Iñárritu, Steve Golin, Jon Kilik
Fotografía: Rodrigo Prieto
Montaje: Douglas Crise, Stephen Mirrione
Música original: Gustavo Santaolalla
Intérpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García Bernal, Kôji Yakusho, Rinko Kikuchi, Adriana Barraza
Estreno en Argentina: 18 de enero de 2007