Amélie: donde la fantasía deviene en realidad poética.

 Por Jimena Cecilia Trombetta

 El espectáculo óptico produce el milagro alquímico de transformar en materia preciosa la naturaleza vulgar de sus usuarios.

Gian Piero Brunetta

 Me propongo realizar un breve análisis sobre los viajes en el cine y más precisamente sobre los viajes en el film Amélie (2001), de Jean-Pierre Jeunet. Es inevitable pensar en el anhelo que los viajes en sí provocan. Pero dejando de lado las ansiedades que aquellos anhelos promueven cuando parecen convertirse en realidad, luego de ver Amélie queda ese sabor nostálgico, como quien vuelve de un lugar donde ha logrado sentirse extremadamente cómodo y /o extremadamente identificado. Razón por la cual, me tomo el atrevimiento de dejar de lado el humilde modo de explicar las cosas en la primera persona del plural, para tener la posibilidad de introducirme, más bien de internarme, dentro de un film que me toma no sólo a nivel profesional, sino y por sobre todo, a nivel emotivo (el lector sabrá disculpar el leve corrimiento académico y la narración colmada de melancolía).

Es Amélie quien me da la pauta de que todos necesariamente debemos viajar. Viajar hacia lo desconocido y, por supuesto, si hablamos de cine, viajar hacia un mundo imaginario, un mundo que puede estar cubierto de fantasmas, monstruos, héroes y más que nada fantasías. Las fantasías de Amélie Poulain, en este caso, que cree fervientemente que desde los enanos hasta los icebergs deben tomarse vacaciones para vivir.

Pero vamos por partes; por una cuestión estructurante invito al lector a seguir tres ejes en el siguiente orden: el viaje que propone el film al espectador, el viaje interno vivido por Amélie y el viaje que ella ofrece a los distintos personajes de la historia. Utilizando como bibliografía los siguientes libros: Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo de Renato Ortiz,  El largo viaje del iconauta de Gian Piero Brunetta y  El cine o el hombre imaginario de Edgar Morin. Además tendré en cuenta la diferencia entre poeta y fantasía que propone Sigmund Freud. 


Nuestro guía de viaje, el narrador sin rostro.

 Amélie Poulain es concebida el 3 de septiembre de 1973. Su creación sucede en un mundo ya poblado de hechos precisos e increíbles que anuncian la diferencia de esta niña. Como por ejemplo el primer plano del film. Vemos una calle solitaria donde sólo pasa un auto. El relator siempre presente que se encargará de contarnos todas las diferentes características de los personajes, menciona que en ese lugar ese mismo día, una mosca azul capaz de dar 70 aleteos por minuto se posa en la calle Saint Vicent en Montmartre o nos comenta, bajo un bellísimo plano compuesto por dos copas, un mantel, una mesa, un hermoso paisaje y tonos que tienden al color sepia, que en ese momento en un restaurante cercano, el viento hace que dos vasos bailen por arte de magia sin ser vistos. Y así con acontecimientos poco relevantes, pero sensibles y mágicos al extremo, reconstruye el momento donde Amélie nacerá luego de nueve meses. Creo que desde este comienzo y a partir de la elección estética que se propone el film, la construcción del espacio y la ubicación de la cámara estará articulada a disposición de un mundo de fantasías, de ensueño, que asimismo hará hincapié sobre la realidad ausente remarcada por un narrador sin rostro que nos llevará desde la fantasía del personaje a la poesía del film; por ende viajaremos a través de las fantasías no sólo de Amélie sino también del director encarnado en ese narrador que se encarga de plasmar sus fantasías en imágenes o, como diría Freud, en poesía, en donde el goce de la obra fílmica, en este caso, procede de la “descarga de tensiones dadas en nuestra alma” (Freud, VIII, 969: 1979)

Con este recorrido comenzamos a conocer al personaje protagonista, porque cada hecho mágico es parte de su personalidad y porque es evidente el hincapié que hace el narrador omnisciente por dejarlo en claro. Pero para que no queden dudas de la magia y simpatía del personaje, el director le dedica durante los créditos una alternancia entre los nombres de quienes componen la película y las imágenes de la niña jugando completamente sola. Esta soledad está plasmada en la escasa escenografía con la que se maneja en esta etapa del film. Ella juega al dominó, a hacer caritas con su mano, con grandes anteojos que achican sus ojos y con una tira de amiguitos de papel color rojo. Cada una de las imágenes está pulcramente cuidada dando al espectador, o sea a mí y a ustedes, la posibilidad de conocer el carácter del personaje, los colores que predominarán durante todo el film (verde y rojo) y además la pauta de que se trata de la vida de una solitaria niña que sueña, que tiene fantasías y que por eso viaja. Renato Ortiz sostiene que  cada uno se separa de otro y que el viaje se produce a partir de lo exótico en el otro, a partir de la ida hacia algo que extraña. Adhiriendo a esta concepción del concepto de viaje, creo que es probable que la elección estética tanto de la soledad en la niña que se muestra mientras transcurren los créditos como la elección del contraste de colores (el rojo produce una sensación de extrañeza al combinarse con el verde) busque esa separación, esa extrañeza, en nosotros, los espectadores, con el fin de comenzar a viajar desde el film de un modo formal.

 Pero nuestro querido relator sin rostro, que por momentos se personifica en una voz y por otros se hace presente a través de anotaciones o movimientos vertiginosos de cámara, no sólo nos guía hacia el interior de Amélie, sino que nos presenta a cada uno de los personajes que compone el film. Proponiendo otro modo de viajar que se sostiene por la propia naturaleza del cine, el relator da luz sobre un mundo posible, se vuelve pionero de esa historia y nos la cuenta de una manera muy particular. Cuando presenta al padre de Amélie, Raphael Poulain, la imagen se congela en su figura, con el edificio donde trabaja detrás, para poder decir que es un doctor retirado del ejército que trabaja en Eghuen Los Bains, y agrega de modo lúdico una anotación que dice: labios apretados, señal de corazón duro. Ortiz sostiene que el viajero se encuentra entre su partida y su llegada; en esta escena llegamos justamente por medio del congelamiento de la imágenes, por un segundo el tiempo se detiene y con él nuestro viaje, disminuimos el desconocimiento en los personajes pero aumentamos el extrañamiento como espectadores, el relator nos lleva de un viaje vertiginoso a otro aún más. Nuestro relator juega con nosotros, nos enseña el interior de cada personaje, nos invita a viajar con él y bajo sus reglas, él decide cuando partir y cuando llegar. Renato Ortiz explica que el viaje se libera de la carga de sufrimiento que llevaban los viajeros del mundo antiguo y que el viaje en el mundo moderno se vuelve excitación y placer además de ser una elección.

Por esta razón considero que los viajes de todo el film en todo aspecto, son viajes propios del mundo moderno. Porque los personajes eligen y porque durante todo el film se explora por distintas alturas de cámara, distintas panorámicas y travellings, distintas velocidades y persigue de ese modo explotar en su máxima expresión la magia del cine; así logra arma un bello poema que transita distintos ritmos, modificando los estados de ánimo. Porque con el travelling vertical a una velocidad relativamente rápida donde nos muestra a Amélie disfrutando de tirar las piedras en el canal de Saint Martin nos hace estremecer por la belleza del paisaje y porque realmente impregna ese placer en la protagonista; porque la lentitud del montaje interno en el plano detalle de la mano de Amélie hundiéndose en un saco de granos nos hace disfrutar junto con ella; y porque en un plano general de una amplitud increíble, la vertiginosidad que provoca el acercamiento de Amélie hacia su objetivo –la cabina de fotos en donde está el hombre que ella ama- nos hace comprender el nerviosismo de la protagonista y su posterior cobardía, pero más allá de esto nos lo hace sentir, vivir.


El viaje interno y externo de Amélie Poulain

La mayor parte de la historia de Amélie Poulain se entronca en sus 23 años. Ella ya vive sola (esta vez literalmente), no tiene novio y se encuentra encerrada en sí misma, esquivando la realidad con una infinidad de fantasías. Amélie transita un viaje interno que va desde vivir casi alejada de la sociedad, pasando por relacionarse con gente a la cual ayudará de múltiples maneras, hasta lograr una relación con el hombre que ella ama.

Algunas de las fantasías de Amélie están relatadas bajo imágenes en blanco y negro, algunas con cierta estética documental que paradójicamente aumenta la sensación de fantasía y otras relatadas por la voz off del narrador. Pero, de todos modos, dichas fantasías siguen bajo la mirada de Amélie, porque constantemente ella nos mira y hasta nos narra qué es lo que le gusta hacer. Nos mira cuando dice que le gusta ir al cine para mirar las caras de las personas en la oscuridad; cuando se imagina cuántas parejas están teniendo un orgasmo en el mismo momento dice quince mirando a cámara; cuando arma una carta con letras de otras cartas para mandársela a su vecina que sigue desconsolada por la pérdida de su marido, etc. En este tipo de escenas comprendemos al personaje, porque nos identificamos con él y de ese modo llegamos a un breve destino que nos hará partir luego otra vez. No es en vano, como luego del congelamiento de la imagen cuando ella decide rearmar una carta, el ritmo del film se acelera concatenando una imagen tras otra, acelerándolas en una infinidad de planos. Así nos extrañamos nuevamente del personaje, lo convertimos en un diferente en un otro al cual descubrir.

Pero no son sólo las fantasías lo que nos muestra su viaje interior; los sentimientos se dan a conocer por efectos que lindan en lo fantástico, como el comentario entre la lámpara de luz- un chanchito- un pato y un perro encuadrados en la pared, que notan el enamoramiento de su dueña, o cuando se ve a su corazón como una animación latiendo sin cesar en el momento que vuelve a ver a Nino Quincampoix en la estación de tren y él la esquiva por no reconocerla, o el momento en donde ella se convierte en agua al irse Nino del café Dos molinos donde ella trabaja como camarera. Todos estos recursos hablan de Amélie, de su sentimiento y por ende de su interior. Con esto quiero decir que se encuentran dentro de la historia y que no considero que sea referencia a la presencia del director, sino pura y exclusivamente al estado de la protagonista. Claro que sí son elementos que remarcan el mundo imaginario del film pero con el fin de no quitarle realidad se vuelven propios de Amélie, y de ese mundo posible.

Por otro lado, es notorio cómo no sólo hay un viaje interno sino también un viaje externo; demás está mencionar la cantidad de veces que la vemos viajar en trenes y subtes, desde la casa de su padre a su casa, y es en ese entorno en el que se da el viaje interno. A Nino lo conoce, en la estación de subte, luego lo vuelve a ver en la estación de tren, y por medio de ese lugar es que se comunican. Pero uno de los viajes, quizá más emocionante en donde podemos observar un doble viaje, el literal y el metafórico, es el que transcurre dentro del tren fantasma, donde lejos de generar temor, Nino disfrazado de calavera, “asusta” al oído a Amélie mientras juguetea con su cuello, y ella se estremece mientras el coche avanza. Porque un tren fantasma, que se encuentra en una feria, así como en los comienzos del cine quizás, provoca la emoción de ver cosas monstruosas recorriendo tranquilamente el lugar sentados en la butaca, perdón, en el asiento del carro.    

Por último cabe destacar que el último viaje, quizá el más significativo, es el viaje final, un viaje en donde Nino y Amélie recorren la ciudad en motocicleta y donde la aceleración de la imagen presenta como metáfora la felicidad de los protagonistas, porque quién dijo que la rapidez del paso del tiempo debía ser dolorosa. Además, en este caso, siguiendo la teoría de Freud quien sostiene que el hombre feliz nunca fantasea, no es casual que el final del film sea un final feliz, no sólo porque se forme la pareja, sino también porque Amélie deja de fantasear. Termina su viaje, al punto que una posible interpretación sea que ellos viajan juntos, más bien vuelven juntos, creo que por eso se termina el film, pues no tendría sentido una continuación.


Los viajes que provoca Amélie

El 29 de agosto cuando muere Lady Di, Amélie está viendo tranquilamente la televisión cuando escucha la noticia. La reacción la hace aflojar su mano y la tapita del perfume que cae recorre el piso hasta tocar un zócalo que se desprende lentamente. Como en Alicia en el país de las maravillas, Amélie mira hacia el hueco y un raccord de espacio nos muestra su rostro y su mano tratando alcanzar la caja, donde encontrará el tesoro de un niño que ha vivido allí hace 40 años. La referencia a ese fragmento del film es para recalcar cómo cada persona con la que la protagonista se relaciona también experimenta un viaje que en algún punto linda con lo fantástico. Dominique Bretoteau es el dueño de ese tesoro, y es a quien ella busca. Dominique se emociona al encontrar su tesoro en la cabina telefónica de alguna calle, que por arte de magia suena sin cesar. Allí mismo sufre un inevitable viaje al pasado, que el film se encarga de mostrar bajo imágenes en blanco y negro, perfectamente contextualizadas temporalmente. Este primer fundido a blanco final es en algún punto un sacudón para el espectador; Amélie ilumina la vida de este personaje, le ofrece ese viaje moderno con una gran cantidad de placer y en un tiempo muy reducido. El blanco es el despertar, es la vuelta a la realidad. Otro elemento formal que marca tanto la magia del viaje como su vuelta a la realidad es el hincapié que hacen sobre los primeros planos de Dominique  que vuelve a la acción en la cabina telefónica un viaje casi espiritual. Esta espiritualidad generada por Amélie y remarcada por los efectos fantásticos del film también se evidencia cuando ella, inspirada por su triunfo al ver logrado localizar al niño del tesoro, ayuda a un ciego a cruzar la calle. En este momento el film se vuelve de una riqueza asombrosa; la cantidad de planos de gente, cosas y sobre todo situaciones, hace que nos encontremos bajo la mirada de un ciego que está logrando ver gracias a la luminosidad del relato verbal de Amélie. Retomando la teoría de Ortiz, creo que el ciego viaja al separarse de su ceguera para ver –mediante la descripción de Amélie- y luego vuelve a ella totalmente maravillado o alienado ya que logró algo imposible.

Otro viaje extremadamente importante es el que le hace vivir a su padre, hombre de pocas demostraciones de afecto y con bastante sordera, que se niega a salir de su casa y no tiene mayor entretenimiento que construir un altar para su esposa muerta con miniaturas y un enano de jardín. Aunque en este caso quizá se limite a la historia, es bueno mencionar que el padre viaja hacia la vida en cierto modo, al ser influenciado por las fotografías que Amélie reconstruye con el enano de jardín que le secuestra. El enano viaja por Moscú y otras ciudades. Así parece convencer a Raphael Poulain, que si bien no comprende lo sucedido, no se cuestiona demasiado la realidad del hecho, y tampoco lo hacemos nosotros que aceptamos con total verosimilitud el hecho de que el padre no se cuestione en gran medida lo sucedido. En estos ejemplos comparto que “viajar… sería una forma de ‘encantamiento del mundo’ y no propiamente un conocimiento científico de la realidad.(Ortiz, 36: 1998)

Por último queremos mencionar la importancia del viaje que se produce entre Amélie y Raymond Dufayel, apodado “el hombre de los frágiles huesos”, que en cierta medida es el alter ego de la protagonista; él, constantemente, al reflexionar sobre su vida, reflexiona y pinta acerca de la vida de Amélie. Si bien no ha salido durante veinte años de su casa, está al tanto de todo. Y junto con Amélie logra conocer la causa de su obsesión, la niña del vaso de agua del cuadro que él mismo reproduce, “Almuerzo en el bote” de Renoir; a partir de allí comienza el viaje hacia el conocimiento, comprende a la niña y en algún punto a sí mismo y, a su vez, Amélie se comprende a sí misma. La relación entre Amélie, Raymond y la chica del vaso de agua, funcionan como dobles. Edgar Morin plantea que la imagen no es más que un doble, un reflejo, una ausencia. Con esto quiero decir que la chica del vaso de agua representa el doble de Amélie y de Raymond, encarnado en pintura. Este triple binomio de dobles, Amélie-Raymond Raymond-la chica del vaso de agua y Amélie- la chica del vaso de agua, funciona a partir de la ausencia que representa la chica del vaso de agua, no sólo por ser una imagen representada en un cuadro de Renoir sino también porque su ausencia representa lo desconocido y por dicha razón representa una separación y un viaje hacia el conocimiento interno de Amélie y del mismo Raymond, que al reconocerse tanto en Amélie como en la chica logra transmitirle su saber a la protagonista. Asimismo, este personaje funciona como guía espiritual, como doble en un tiempo futuro; es quien logra iluminar aquellos ‘líos’ que ella no puede resolver. A través de la televisión y del modo en que ella intentó ayudarlo, él le dice: Bien pequeña Amélie, tus huesos no son de cristal, tú puedes con los golpes de la vida. Si dejas que pase esta oportunidad, entonces tu corazón se hará tan seco y frágil como mi esqueleto. Así que ve por él, por Dios.  


      En conclución, quiero remarcar que Ortiz ve cuestionado el viaje porque desde su punto de vista sociológico la cultura popular en la sociedad globalizada ha disminuido sus distancias con otro. Pero creo que desde un punto de vista psicoanalítico las fantasías individuales permiten aún un viaje, una extrañeza, una separación, una alienación, y creo que dicha fantasía se vuelve imagen en el cine, plasmando el imaginario del mismo. Fantasía, la cual me gustaría denominar realidad poética. Realidad porque nunca el cine ha perdido su materialidad. Considero que está exactamente a mitad de camino entre la fantasía y la realidad, a veces más, a veces menos.

El film recorre la vida de Amélie para explorar la magia del cine, recordar ciertos viajes en tren, demostrar las infinitas posibilidades de expresión que el cine posee y demostrar la capacidad de generar un mundo posible, un viaje posible y real, el hecho mismo de ir al cine. Además de devenir los fragmentos con estética documental, fantasías. Todo en un entorno de ficción realista.

Asimismo, propone viajes hacia el conocimiento, hacia el pasado, desde el interior al exterior, desde el exterior a la realidad. Viajes desde el amor, desde el recuerdo y desde la soledad. Por todas estas razones sea quizás que toda fantasía, la nuestra, la del director y la de los personajes, se vuelva, aunque sea por una hora cincuenta, realidad poética. En definitiva, todo lo debemos a que sin más vueltas, este film propone vida, propone movimiento, propone cine.

Bibliografía

Brunetta, Gian Piero: El largo viaje del iconauta. De la cámara oscura de Leonardo a la luz de los Lumière. Por un mapa europeo del navegar visionario. , Episteme, s/l, 1997

Freud, Sigmund: Obras completas, El poeta y la fantasía, VIII, Amorrortu, Bs. As., 1979

Morin, Edgar: El cine o el hombre imaginario, La imagen y el doble, Seix Barral, Barcelona, 1972

Ortiz, Renato: Otro territorio. Ensayos sobre el mundo contemporáneo, El viaje, lo popular y el otro, SXXI, Bs. As., 1998








Ficha Técnica:

Amelie.
Le Fabuleux Destin d´Amelie Poulain.

Francia, 2001.
122 minutos

Director: Jean-Pierre Jeunet.
Guión: Guillaume Laurant y Jean-Pierre Jeunet.
Diálogos: Guillaume Laurant.
Fotografía: Bruno Delbonnel.
Música: Yann Tiersen.
Decorados: Aaline Bonneto.
Efectos Visuales: Alain Carsoux/Duboi.
Montaje: Herve Schneid.
Actores: Audrey Tautou, Mathieu Kassovitz, Rufus, Lorella Cravota, Serge Merlin, Jamel Debbouze...