
Ese fuerte viento que sopla Por Pablo Croci Después de un extraño naturalismo que Luis Ortega nos presentó en Caja Negra (2001), con su segundo film, Monobloc, escapa aún mas al canon realista que fundó las bases hace mas de diez años del Nuevo Cine Argentino, y nos hace pensar que éste, con estas nuevas miradas aún goza de buena salud. La nueva historia de Ortega se adentra en los nebulosos espacios del sueño y el género de la ciencia ficción. Un espacio desconocido, lejano, opresivo, donde cuatro mujeres llevarán adelante la agonía de su propio universo. El film comienza con uno de los planos mas logrados de los últimos films del cine nacional: la cámara desciende desde el cielo y se adentra inestable, imprecisa y oblicua, hacia un bunker donde Graciela Borges disfrazada de Minnie está por enterarse de su pronto desempleo. Ese recorrido que hace la cámara, anticipa el universo en disolución de las protagonistas del film, y al mismo tiempo, incluye al espectador, transgrediendo el espacio de lo privado citando tal vez al viejo y querido Welles en el inicio de Ciudadano Kane. El argumento, como todo sueño, es sintético y falto de una lógica precisa. Cuatro mujeres conviven en espacios cercanos: dos cuartos, la sala de un hospital y un parque de diversiones. Tres de ellas, Perla, “Madrina” y “Nena”, son familiares y son, al mismo tiempo, una sola. Pero a la par de ese universo cerrado que conforman, existe un universo que se va desintegrando, el universo de sus propios sueños: Perla trabajar y aprender idiomas, la madrina viajar a Brasil y la hija cuidar de su madre y juntar monedas (de chocolate). La cuarta mujer, Evangelina Salazar, aparece como un fantasma o un virus en el mundo que constituyen las primeras tres, y aparece como un personaje secundario inexplicable, de otra película, a lo David Lynch. Siendo tan pocos los espacios, Ortega los construye a partir de fuertes colores y un punto de vista que, de a poco, intenta dar a conocerlos en profundidad; como en el inicio del film, la intención es adentrarse por completo en el universo de estas tres mujeres. Universo que a medida que avanza el film va desvaneciéndose hasta su agotamiento y que conocemos desde el inicio mismo de su autodestrucción. Estos espacios, y tal vez todo el film, pueden ser juzgados de cierto esteticismo y teatralidad, pero desde nuestra mirada, aunque con precisiones e imprecisiones, en ese riesgo reside su valor. El tiempo de la película es tedioso, como los veranos de enero en las calles porteñas. Un tiempo sin descanso que acompaña a este universo femenino en decadencia. Un tiempo, como dijimos, falto de lógica como la falta de coherencia de los sueños. Y un tiempo que en su estructura narrativa falla a la hora de encontrar su desenlace. Este film, por otro lado, encuentra su fundamento en las actuaciones y en los parlamentos. Rita Cortese, Graciela Borges y Evangelina Salazar, en sus aportes, conforman con maestría y distintas poéticas actorales a tres mujeres que son universos en sí mismas. Cortese constituye su personaje desde el realismo y con una gran capacidad para adueñarse de un texto de difícil interpretación (entrecortado, poético y profundo). Graciela Borges interpreta a una mujer entre siniestra y dulce, que agoniza y sueña, que vive y muere, con una sensibilidad y disponibilidad corporal únicas. Lo mismo sucede con Evangelina Salazar quien inteligentemente elegida por el director, realiza una reversión de su angelicalidad en un personaje entre fantástico y siniestro. Por último, Carolina Fal, si bien posee una construcción corporal bien lograda, no puede escapar a una teatralidad y a una entonación de los parlamentos que hacen ver al espectador el texto en el papel, y no logra encarnar su papel con la misma altura, generando un desnivel con las otras actrices. Por otra parte, la banda sonora marca una fuerte presencia en este film, aunque con aciertos y fallos. Por un lado, se hacen presentes en varias escenas ralentizadas y sin parlamentos, composiciones musicales que nos hacen recordar a las logradísimas melodías de Wong Kar Wai. Aunque, en este caso, generando un desnivel entre imagen y sonido, lejos de cualquier contrapunto logrado. Sin embargo, el acierto desde lo sonoro los encontramos en una construcción de ruidos permanente, aumentando algunos sonidos de la vida cotidiana de los personajes o a través de un constante temblor de fondo, que construye con precisión un universo entre apocalíptico y bélico. Finalmente, quedan abiertas desde dentro del film, y con inteligencia sin demasiada redundancia o firmeza, referencias a la última dictadura militar de nuestro país y a los flagelos de nuestra sociedad en democracia (desocupación, prostitución, pobreza). ¿Intenta Ortega revertir el rol de sus padres en el proceso militar? ¿Es Graciela Borges como mujer agonizante y necesitada de diálisis (conducida en un Falcon verde) una alegoría de nuestros desaparecidos? ¿Es la paloma negra símbolo de una salvación imposible?... Por último, aunque como dijimos, con aciertos y fallos, tenemos al contemplar Monobloc la plena sensación de que Luis Ortega es un cineasta en inmerso en una búsqueda intensa y personal con su lenguaje y celebramos en ella su riesgo y su intensidad. En este mundo hiperpoblado de imágenes y realismo, Monobloc es un fuerte viento que sopla intentando derribar lo establecido. |
![]() Ficha técnica:
Monobloc (2005) Director: Luis Ortega Guion: Luis Ortega, Carolina Fal Interpretes: Graciela Borges, Rita Cortese, Carolina Fal, Evangelina Salazar Música: Leandro Chiappe Montaje: Cesar Custodio Arte: Mercedes Alfonsín |