Una herida sin cuerpo

 ¿Quién ha dicho que el tiempo triunfa sobre todas las heridas? Se tendría que decir que el tiempo triunfa sobre todas las cosas excepto las heridas. Con el tiempo, la herida de la separación pierde sus contornos reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado ya no lo será más, y si el cuerpo deseado ha dejado de ser para el otro, lo que queda es una herida sin cuerpo.

 Sans soleil (Chris Marker,  1983)

                                                                           Por Griselda Soriano    
    Paraguay es un país con una tradición cinematográfica casi inexistente; de hecho, hubo que esperar casi treinta años luego de Cerro Cora (Guillermo Vera, 1978) para que volviera a estrenarse un film paraguayo. Y si este dato resulta en sí mismo sorprendente, más sorprendente aún fue que dicho film, Hamaca paraguaya (Paz Encina, 2006), pasase a formar parte de la sección Un certain regard en el Festival de Cannes, y recibiera el premio otorgado por la FIPRESCI, reconocimiento sumamente merecido por la opera prima de Paz Encina, que se destaca por muchísimo más que el haber logrado abrirse paso a través del desalentador estado del cine en nuestro país vecino.
     La historia es tan sencilla que puede resumirse en una oración: Cándida y Ramón constituyen un matrimonio de campesinos que aguarda el regreso de su único hijo, combatiente de la Guerra del Chaco, cuyo destino desconocen. Pero el modo en que se articula el relato cinematográfico logra dotar al film de un espesor insospechado, y lo lleva a trascender ampliamente el retrato localista en que a veces se estanca el cine latinoamericano.
       En Hamaca paraguaya se advierte desde el principio una elección estética bien definida. En cuanto a la imagen, presenta una propuesta minimalista, despojada, sintética: se construye desde lo visual a partir de un escasísimo número de planos fijos, en su mayoría generales, que observan a los personajes en sus acciones cotidianas, banales, o simplemente dejándose estar. Así vemos a Cándida y Ramón sentados en la hamaca que da nombre al film, o lavando su ropa, o cosechando… El futuro espectador podría pensar, entonces, basándose en estas apreciaciones, que se trata de un film donde “no pasa nada”. Pero esta errónea impresión se debe a que se está dejando de lado un detalle que la directora tiene muy presente a la hora de construir su relato: el cine no es pura imagen; el cine es un medio audiovisual. Así, como contracara de toda esa simplicidad visual nos encontramos con una complejísima banda de sonido, que es la que lleva adelante el mayor peso de la historia.
    Un minucioso trabajo de composición a partir de sonidos de la naturaleza se mezcla con las voces de los protagonistas en sus diálogos; diálogos disociados de la imagen a tal punto que el plano auditivo añade un personaje ausente desde lo visual, pero que sin duda es el vórtice de esa crisis contenida, tan bien representada por esa tormenta que se anuncia a lo largo de todo el film (pero que nunca llega): el hijo ausente, voz sin cuerpo cuya presencia-ausencia será el elemento que articule el relato.
       A través del entrecruzamiento entre imagen y sonido, se entrelazan también varios tiempos, construyendo un mundo atemporal no por estar situado más allá del tiempo, sino por la imposibilidad de ubicar a estos personajes disociados en un momento preciso de sus vidas. En el recuerdo, en la espera, el tiempo se desdobla y se desarticula: en tensión entre un pasado añorado que se ha perdido para siempre, y un futuro que se ansía pero que nunca llega, el presente, tiempo tradicionalmente privilegiado en la enunciación cinematográfica, se desdibuja y se vuelve borroso.
       Estos diálogos evidencian, además, un excelente trabajo de guión; en su banalidad se deja entrever el dolor que atraviesa y constituye a estos personajes, que casi sin ser enunciado explícitamente se revela en cada palabra. En este sentido, el film recuerda a las piezas dramáticas de Chéjov, en su profundo trabajo sobre el subtexto, y también podría responder a los detractores del teatro del absurdo beckettiano demostrando que una Esperando a Godot puede sin problemas tocarse con el realismo.
        En este uso de la palabra, la repetición se vuelve mucho más que un recurso de estilo: a esta reiteración interminable, no sólo de sus palabras sino de sus vidas, los personajes se aferran construyendo desde lo cotidiano una especie de ritual que, sumado a un pensamiento mítico que los atraviesa y al que acuden como última esperanza, parece ser lo único que los mantiene con vida y los ayuda a sobrellevar ese duelo nunca asumido. El hecho de que los diálogos estén hablados en guaraní no sólo colabora a contextualizar aún más la acción, sino que aporta la musicalidad de ese bello idioma, y una cuota de extrañamiento para el espectador que no está acostumbrado a oírlo.
     Además del gran trabajo de sonido de Guido Beremblum y Víctor Tendler, es preciso destacar la fotografía de Willi Benisch, quien ya demostró su talento en varias películas nacionales (en su participación en films de Loza y Caetano, entre otros); un ejemplo de su excelente labor es el último plano del film, en el cual cae la noche y va oscureciendo en escena, sin cortes.
       Este film tampoco sería lo mismo sin sus dos protagonistas:
Georgina Genes y Ramón del Río; él, actor profesional, ella, mujer del campo, pero esta diferencia que podría parecer abismal jamás es notada por el espectador, lo cual evidencia además de un gran trabajo actoral, una buena dirección de actores.
      Así, en Hamaca paraguaya, todos y cada uno de sus elementos contribuyen a conformar una historia desoladora, tan particular en su anclaje en una geografía y un tiempo específicos como universal en su cotidianeidad, en su dolor, en sus reflexiones sobre la vida y la muerte; así, el espectador que logre trascender la sorpresa de encontrarse con un relato tan poco habitual en su forma como en su procedencia se encontrará transportado hacia un mundo, un país, un clima, un ritmo; en suma, sumergido en medio de una verdadera experiencia cinematográfica.








Ficha técnica:

Hamaca paraguaya,  2006

Duración: 78 minutos

Guión y Dirección: Paz Encina

Producción: Lita Stantic, Gabriela Sabaté

Fotografía: Willi Benisch

Montaje: Miguel Schverdfinger

Sonido: Guido Beremblum y Víctor Tendler

Música: Oscar Cardozo Ocampo

Intérpretes: Georgina Genes, Ramón del Río

Estreno en Argentina: 2 de noviembre de 2006