Mecanismos de ilusión


Por Griselda Soriano

    El cine se ha visto ligado a la magia desde su nacimiento en las barracas y los bares más sórdidos: a través de una connotación negativa, como oficios populares, desligados de las artes, destinados a una masa que sólo desea ser engañada, pero también como dispositivos capaces de encantarnos y convocar lo imposible, lo más maravilloso, ante nuestra ávida mirada.
      Aunque en el film jamás se mencione explícitamente al cine, no sería tan desacertado afirmar que estas ideas atraviesan, de alguna manera, a El gran truco; no debe ser casual que la acción se sitúe a fines del siglo XIX, principios del XX, época en que la magia y la ciencia comenzaron a entrecruzarse en su búsqueda de lo increíble, y qué mayor prueba existe de esto que la invención del cinematógrafo. “La verdad es una noción evasiva en nuestra línea de trabajo” afirma uno de los personajes del film de Nolan. Y esta afirmación podría ser tan válida para un mago como para un cineasta (también, nos hacemos cargo, para un crítico o un periodista).
    El gran truco nos presenta la historia de dos magos, Alfred Borden (Christian Bale) y Robert Angier (Hugh Jackman), antiguos compañeros que, enemistados por una rivalidad que se extenderá (e intensificará) a lo largo de los años, estarán dispuestos a todo con tal de alcanzar, superar e incluso eliminar al otro. En este juego de intrigas en el que se verán involucrados también una serie de personajes secundarios (entre otros, la esposa de Borden, una amante en común, el ingenieur que diseña la maquinaria que permite a Angier realizar sus trucos, un científico cuyas investigaciones se encuentran al filo de lo increíble, interpretados respectivamente por Rebecca Hall, Scarlett Johanson, Michael Caine y David Bowie), el espectador encontrará difícil fijar su simpatía sobre alguno de los dos protagonistas, ambos personajes oscuros y en busca de venganza (como el protagonista de Memento, o el Bruce Wayne en camino a convertirse en Batman, también interpretado por Bale, de Batman inicia, films anteriores de Nolan). Esto colaborará a complejizar las hipótesis que el espectador irá entretejiendo a lo largo del film, porque si ya se nos advierte que debemos desconfiar de los magos, ni siquiera una identificación precisa permitirá saber a quién tenemos que creer.
    Y es que el relato, también como en otros films de Nolan, no será construido de manera lineal, sino que será disparado constantemente del presente a diversos pasados, en un extraño un juego de espejos en que, por ejemplo, Borden lee el diario de Angier, en donde éste menciona su lectura del diario de Borden, y así sucesivamente, dificultando una ubicación precisa en el tiempo, más allá de un “antes de” y un “después de”. Todo el film parece estar atravesado por la figura del doble: cada elemento, cada personaje, parece, de alguna manera, duplicarse y reflejarse en algún otro.    
    Tal vez una de las cosas más interesantes de este film sea justamente la precisión a la hora de construir un relato plagado hasta el último minuto de numerosas vueltas de tuerca, recurso que ha arrasado con la verosimilitud de varias producciones hollywoodenses, pero que aquí no molesta por estar calculado y articulado desde la primera escena hasta la última. “¿Están prestando atención?” La frase se repite a lo largo del film, alertando al espectador, que irá descubriendo sus secretos antes o después, según su deseo, o no, de permanecer engañado. Este es otro de los elementos que destaca a El gran truco de entre las producciones hollywoodenses promedio: además de construir una historia que atrapa y entretiene desde el principio (lo cual ya sería suficiente para una producción de estas características), tiene la particularidad de que el nivel de la historia y el nivel del relato se entrecruzan y refieren uno a lo otro constantemente: no sólo encontraremos a cada paso indicios acerca de la resolución argumental, sino referencias a la estructuración misma de la narración.
    Así, desde la primera escena, las palabras de Michael Cane nos interiorizan en la estructura de un acto de magia, que será la del mismo film: una primera parte, la Promesa, en que el mago toma un objeto común, ordinario; una segunda parte, el Cambio, en que se toma eso y se lo convierte en algo extraordinario, haciéndolo desaparecer; y, por último, todo acto de magia requiere un final, porque con lo anterior no es suficiente para maravillar al público, sino que se debe traer de vuelta a ese objeto, hacerlo reaparecer: este remate se denomina el Prestigio (The prestige, título original de la película).
    Nolan construye su acto a partir de un sólido elenco y un cuidado trabajo en las áreas técnicas (la fotografía y la dirección de arte se destacan a la hora de recrear este oscuro fin de siglo), y de una habilidad de prestidigitador a la hora de escamotear y dosificar la información.
    La historia transcurrirá entre estas desapariciones y reapariciones, entre lo ordinario y lo extraordinario, interpelando a cada minuto a un espectador activo al que se le propondrá el juego de entregarse a ser engañado y esforzarse por descubrir el engaño, y en este juego que apela a la complicidad y también a lo lúdico, a recuperar la capacidad de entregase a la ilusión, se encuentra una de las principales virtudes de El gran truco (virtud que numerosas películas deberían envidiar): la de entender que entretener no implica dejar de lado la calidad, la de divertir sin subestimar.
 






Ficha Técnica

El gran truco
The prestige, EE.UU./Gran Bretaña, 2006 
Duración: 128 minutos
Dirección: Christopher Nolan
Guión: Jonathan Nolan y Christopher Nolan, sobre novela de Christopher Priest.
Producción: Christopher Nolan, Aaron Ryder, Emma Thomas
Fotografía: Wally Pfister
Montaje: Lee Smith
Música: David Julyan
Intérpretes: Christian Bale, Hugh Jackman, Michael Cane, Scarlett Johanson, Rebecca Hall, David Bowie.
Estreno en Argentina: 30 de noviembre de 2006