
| Rupturas y continuidades en la representación de la familia. Cuatro ejemplos del cine argentino de los últimos años Por Andrea Magnasco, Carla Stechina, Germán Touza y Dana Zylberman
"Ver
cine, en realidad, implica la puesta en juego de complejos mecanismos
de significación, los que a su vez están marcados
socialmente. Lo que la cámara capta es, también, aquello
que los realizadores han interpretado sobre el mundo, lo que el medio
cinematográfico ha elaborado según sus tamices
estéticos y culturales y lo que esa sociedad ha permitido
mostrar y decir"
Mario Berardi, La vida imaginada. Vida cotidiana y cine argentino 1933-1970
A partir del abordaje de cuatro películas argentinas realizadas
en los últimos años, nos proponemos reflexionar acerca de
las rupturas y continuidades en el modo de representación de la
familia.
Tomaremos como base el estudio realizado por Mario Berardi acerca del surgimiento, desarrollo y crisis del "Modelo de integración familiar" entre los años 1933 y 1970 ya que este sería "el más nítido y perdurable modelo de representación de la historia del cine argentino" (Berardi 2006: 41-42). La elección del corpus fílmico -conformado por Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997); El Hijo de la Novia (Juan José Campanella, 2001); Buena Vida Delivery (Leonardo Di Cesare, 2004) y Géminis (Albertina Carri, 2005)- obedece a varios criterios: pluralidad de estéticas cinematográficas, considerando tanto directores consagrados como óperas primas; variedad de tipos de familias representadas, teniendo en cuenta las diferentes clases sociales y, por último, dado el profundo cambio que se produce en la realidad argentina en el período abordado, abarcamos películas realizadas antes, durante y después de la crisis del 2001.
A lo largo de la historia del cine argentino la familia como
lugar único de felicidad y realización personal, tanto
como de seguridad y expresión de los valores deseables para una
sociedad (proclamado por el Modelo de integración familiar), fue
puesta en crisis en numerosas oportunidades, mostrando también
su contracara como lugar de asfixia o impedimento para la
concreción de logros individuales. Aún así, en la
mayoría de los casos los finales lograban armonizar estas
contradicciones, salvo excepciones como los films de Torre Nilsson,
donde son los valores de la sociedad entera los que están
puestos en cuestión y, por ende, la imposibilidad de la
armonía familiar es una consecuencia de la situación de
estos valores.
Sin embargo, siempre hay una remanencia en el cine que insiste en
salvaguardar a la familia como el mejor lugar para la felicidad y la
realización personal. Esta remanencia del Modelo fue
actualizándose para poder incorporar los cambios operados en la
realidad social, forzando a veces el límite de lo
verosímil.
El hijo de la Novia es, dentro de las películas del
corpus, la que mejor expresa la remanencia del Modelo. No es casual que
haya sido nominada a los premios Oscar; debe recordarse el lugar de la
institución cinematográfica como validadora de cierto
tipo de cine, en especial cuando éste trata sobre otra
institución como la familia. La película es aleccionadora
desde un punto de vista moral; la familia aparece como aquello que
constituye el proyecto fundamental para la felicidad, aunque en su
desarrollo Rafael (Ricardo Darín) se debata entre otros
proyectos como irse a México solo.
La amenaza fundamental a la integración de la familia es,
como empieza a aparecer en los años ‘60, de orden
psicológico. Rafael no podrá vivir su vida sanamente (el
quiebre del personaje se produce cuando tiene un infarto) sin antes
saldar culpas pasadas, como por ejemplo no haber respondido al mandato
materno de estudiar abogacía y "ser alguien"; por otro lado,
necesitará vender el restaurante fundado por sus padres que
funciona como extensión y recuerdo de lo que otrora fuera la
casa familiar.
Desde el punto de vista formal, la cámara trabaja en
función de subrayar la expresividad de los personajes, hay
amplio uso de los primeros planos y la mayor parte del tiempo se
utiliza el montaje por corte de plano-contraplano, aunque
también, pero con la misma función, se utilizan otros
recursos como la profundidad de campo o los reflejos en vidrios. En
este sentido, la secuencia de la venta del restaurante es la más
significativa: la puesta en escena está construida para mostrar
la sensación de vértigo y asfixia del personaje: el
ventanal de fondo, la mesa marcando las líneas de perspectiva
con punto de fuga en el protagonista, el travelling hacia delante
empujando al personaje al vacío y el plano cenital final de su
rostro reflejado en el vidrio de la mesa refuerzan esta idea. El uso
del plano subjetivo o plano mirada se reserva únicamente para el
protagonista y en momentos de fuerte tensión dramática
como la secuencia del infarto.
En resumen, tal como enuncia Bordwell (1997:55) respecto al cine
clásico hollywoodense, El hijo de la Novia, en la mayoría
de las secuencias, subordina el espacio a la causalidad narrativa
utilizando planos centrados y equilibrados. La temporalidad, esto es
los avances y retrocesos en el tiempo de la historia, siempre toman la
forma de flashbacks motivados por el protagonista al recordar
diferentes momentos de su infancia.
Merece ser abordado, también, el tratamiento del espacio desde
el punto de vista temático: los familiares no se encuentran
suturados por el espacio del hogar (ya que los personajes se dividen
entre la casa del padre, la casa de Rafael, el geriátrico, la
casa de la ex mujer, la casa del amigo). Al final, la familia logra
superar esta fragmentación de los espacios llegando a un acuerdo
entre la separación de las mesas y la reunión de todos
bajo el mismo techo del nuevo restaurante (que vuelve a funcionar como
sustituto de la casa) en la fiesta de casamiento de los padres,
resaltando que es el amor el que mantiene unida a la familia a pesar
del divorcio, las enfermedades, etc., y rescatando el diálogo
directo como herramienta fundamental para sanear los vínculos.
En contraste con este mensaje esperanzador sobre la familia,
encontramos el resto de las películas del corpus.
Géminis es, desde el punto de vista temático y
formal, la antítesis de El hijo de la Novia. Se nos muestra
aquí el prototipo de la familia burguesa, un matrimonio
formalmente casado y con hijos, que vive en una casa amplia, luminosa y
confortable, perteneciente a una clase social adinerada. Sin embargo,
los lazos familiares están, por lo menos, enfermos. Hay un
fuerte cuestionamiento de los roles tradicionales; Fortunato Mallimacci
(1997), con respecto a Así es la vida (Francisco Mugica, 1939)
señala a la familia como el espacio donde reina la madre, quien
constituye el lugar de los afectos. En Géminis el hogar sigue
siendo el espacio donde reina la madre (Cristina Banegas) pero
ésta ya no ocupa el lugar de los afectos, sino el del control y
la manipulación; tampoco hay alguien que la suplante en ese rol.
El espacio público propio del estereotipo paterno que
representaría el poder, la razón, la producción
-en términos de Mallimacci- también está
cuestionado. Es interesante el tratamiento de la presente
"ausencia” de la figura paterna (Daniel Fanego). Esta idea es
fuertemente simbolizada en la elipsis temporal sin corte entre la
escena en que Jeremías se corta la cara con la copa y la
siguiente con la familia reunida viendo el video del casamiento. El
movimiento de cámara se inicia en un plano casi teatral con la
arcada del comedor enmarcando la escena; la mesa familiar atrás
y, delante a la derecha, los hijos abrazados en el suelo y la madre, a
la izquierda, agachada lamentándose. La cámara gira en
una panorámica horizontal hacia el living, enfocando la cara del
padre quien, por el raccord de mirada, parece haber descubierto la
escena. La banda de sonido corta y monta con aplausos, el padre se da
vuelta y vemos a la familia reunida en el living frente al televisor.
Recién ahí nos damos cuenta de que ha pasado el tiempo.
Por otro lado, el encuadre pone en crisis el espacio amplio, luminoso y
confortable de los ambientes del film, tornándolo asfixiante,
incómodo y clausurado, no sólo en las casas, sino
también en los exteriores. La cámara se mueve como si
estuviera espiando, podría decirse que es una cámara
voyeur; se acerca sólo cuando se vacían los espacios y
suelen verse en el encuadre los marcos de las puertas, las paredes,
etc. Hay un uso muy escaso de los primeros planos y planos detalle.
Asimismo, el encierro y la clausura se refuerzan por el uso de
superficies reflectantes (vidrios y espejos). El relato es circular,
empieza como termina, es un mundo cerrado.
En el nivel de la historia este encierro se puede ver por
la ausencia de personajes que no pertenecen a la familia. Contrastando
con la tradición del cine nacional de adoptar "personajes
solitarios", que se mantiene en El Hijo de la Novia con el personaje de
Juan Carlos (Eduardo Blanco) y en Martín (Hache) con Dante
(Eusebio Poncela), la de Géminis es una familia absolutamente
endogámica que no admite solitarios en su seno.
En la estructura narrativa del Modelo de
integración familiar el destino operaba como fuerza ordenadora
que contribuía al happy end. En Géminis funciona en
sentido contrario; la casualidad contribuye al final trágico: la
madre se olvida los papeles, los hijos no escuchan el teléfono.
Desde lo formal, la secuencia está rodada casi toda en picado,
inicia con la cámara sobre el árbol de la puerta de la
casa mostrando la llegada de la madre en el auto de la amiga y
continúa con tomas desde arriba de la escalera. La instancia
enunciativa se muestra como superior a los personajes cuando el
trágico final se desencadena.
Contrariamente a lo que ocurría en El hijo de la Novia,
los diálogos son banales, el intercambio sincero y profundo
está vedado como posibilidad; la frivolidad puede tapar todos
los conflictos de la familia.
Martín (Hache) es, de las películas del corpus, aquella
que plantea como problema central la comunicación dentro de la
familia. Desde lo formal, la cámara trabaja casi exclusivamente
para que los diálogos se escuchen sin interferencias. Al igual
que en El hijo de la Novia, hay un abuso del plano y contraplano,
subrayando el efecto que causan las palabras de un personaje sobre
otro. La manera que elige la instancia enunciativa real para marcar la
importancia de la comunicación, dado el escaso uso expresivo de
los signos visuales, es decirlo mediante el lenguaje verbal. Dante
(Eusebio Poncela) y Alicia (Cecilia Roth) insistirán en
repetidas oportunidades sobre la importancia de que Martín
(Federico Luppi) hable con su hijo Hache (Juan Diego Botto). Las
conversaciones, a diferencia de lo que ocurre en Géminis, no
giran en torno a temas superficiales; por el contrario, hacen
alusión a cuestiones profundas, lo que no quiere decir que el
diálogo sirva para resolver conflictos; la mayoría de
ellos toman la forma de grandes monólogos. Los mismos personajes
desvalorizan su palabra: Martín recalca que no hay que hacerle
caso a lo que dice y Dante opina que Martín habla sólo
por el placer de escuchar el sonido de su voz. Los personajes pueden
hablar de todo en el film, menos de aquello que los afecta, (la
crítica al psicoanálisis de Martín y de Hache es
significativa en este punto). Para poder comunicarse, padre e hijo,
necesitarán de una distancia: un video o una carta que funcionen
como mediación.
Además de algunas cuestiones temáticas, la ruptura
más fuerte en esta película respecto del Modelo de
integración familiar es el planteo de la posibilidad de expulsar
de la casa a un miembro de la familia sólo por interferir en los
proyectos personales de los padres (en un caso por la "falta de
espacio" en el departamento de la madre y por la posibilidad de que
Hache frustre su nuevo proyecto familiar, y en el otro, si bien hay
espacio de sobra, por el deseo de Martín de evitar toda nueva
convivencia). Este tema no será tratado directamente con el hijo
sino que será él mismo quien reflexione sobre los
espacios posibles para su vida (España o Argentina, irse a vivir
solo o en pareja, vivir en hoteles como Dante).
Ya en Buena Vida Delivery la posibilidad de elegir un lugar donde
vivir está absolutamente determinada por la necesidad de
supervivencia. Si en Géminis y en Martín (Hache) el
exilio a España constituye una decisión sobre el estilo
de vida, en Buena Vida Delivery parece no haber otra opción.
El film propone una dialéctica entre el espacio
abandonado y el espacio invadido. En los dos casos el lugar registra
las huellas de este paso. El espacio de la casa está marcado por
la familia de Hernán, mediante la permanencia de los muebles, la
decoración y las fotos familiares que habitan las paredes. El
espacio es invadido por la familia de Pato, que cada día
modifica la casa: los lugares de intimidad se achican cada vez
más; Pato y Hernán tendrán que encontrarse en el
baño y luego fuera de la casa. La habitación del hermano
y la mujer pasarán a ser lugares vedados, "propiedad" de los
nuevos habitantes, quienes construirán allí un
pequeño hogar parodiando la separación de cuartos entre
padres, hijos y nietos con unas cortinas que funcionan como
división. Luego pasarán a la sala de estar, ahí la
casa dejará de ser un hogar para ser una fábrica, el
patio pasará a ser la sala de reuniones de la "pujante empresa".
El discurso de Venancio en el patio junto con el trabajo de puesta en
escena de una pila de hombres unos sobre otros acentúa el
carácter escaso y anárquico del espacio. En el final, la
dialéctica entre el espacio abandonado e invadido
incluirá una nueva tensión: el desalojo. En este proceso,
lo que era de la familia de Hernán será robado, la
familia de Venancio será expulsada, y Hernán se
quedará con las máquinas que los invasores tuvieron que
abandonar.
Todos los valores tradicionales del Modelo de integración
familiar son distorsionados, parodiados -según la
definición de Patrice Pavis-: el padre como referente y
autoridad en la familia, la madre pudorosa y servicial, el trabajo
digno y honrado, el trabajo para todos, la unión a pesar de la
adversidad, la hospitalidad, la solidaridad y la Argentina como un
país que necesita del esfuerzo de todos para superar la crisis.
La comunicación está enrarecida, los
diálogos tienen un carácter casi absurdo al estar
atravesados por el engaño y la especulación; esto impide
que exista la solidaridad y la vinculación profunda y sincera
entre los personajes.
En definitiva, la película plantea la imposibilidad de
consolidar una familia en una sociedad atravesada por el discurso
demagógico en la cual se han dejado de cubrir las necesidades
básicas como techo y trabajo.
La dirección de arte se ha esmerado mucho en la elección de las locaciones para crear un ambiente de sutil decadencia y abandono. Di Cesare trabaja los espacios como parte integrante del drama; son espacios suburbanos anónimos, donde la ciudad se degrada. Los espacios que atraviesa Hernán con su moto evolucionan desde los edificios de departamentos hacia el centro comercial, deteriorado y contaminado, para terminar en los asentamientos más marginales. El paisaje decae a medida que avanza el film, como sucede en el microcosmos del hogar. El
abordaje de estas cuatro películas nos permite concluir que el
cine argentino ya no construye una visión del mundo ordenada,
completa y tranquilizadora y, por lo tanto, tampoco de la familia.
El corpus se caracteriza por impedir una predicación general válida para todas las películas. La representación no contiene una valoración taxativamente positiva o negativa acerca de la familia. La familia es en el corpus lo que sus miembros permiten que sea. La subjetividad emerge en todos los planos. Cada uno de los realizadores se preocupa por mostrar su interpretación de la realidad a través de los recursos formales, que han madurado en el cine argentino a lo largo de su historia, y los pone al servicio de la expresividad. Al mismo tiempo los personajes de sus historias se permiten cuestionar y defender su individualidad por sobre la institución familiar. Esta sociedad se ha permitido un cine que extendió los límites del decir y el mostrar. El “arte nos enseña a ver”, permite la reflexión crítica, la interpretación, e inclusive la revelación de los aspectos ocultos del mundo visible que nuestra percepción no alcanza a registrar. Béla Balázs considera que el film no reproduce sus imágenes, las produce. En la Argentina, producir imágenes no es fácil; nos encontramos con un cine en constante lucha por sobrevivir, lo que le da un valor agregado a propuestas estéticas como la de Géminis. El cine ha logrado ir a la par de la sociedad: la familia ya no es un concepto unívoco y, por ende, la representación de ella tampoco lo es. Bibliografía Allen, Robert y Douglas Gomery 1995 Teoría y Práctica de la Historia del Cine. Barcelona, Paidós. Aumont, Jacques y otros. 1997 Estética del cine. Buenos Aires, Paidós. Balázs, Béla 1978 El Film. Barcelona, Ed. Gustavo Gili. Berardi, Mario 2006 La vida imaginada. Vida cotidiana y cine argentino 1933-1970. Buenos Aires, Ediciones del Jilguero. Bernades, Horacio, Diego Lerer, y Sergio Wolf (editores) 2002 Nuevo cine argentino. Temas, autores y estilos de una renovación. Buenos Aires, FIPRESCI, 2002. Bordwell, David 1997 El cine clásico de Hollywood. Barcelona, Paidós. Goldstein, Miriam 2005 “Mundo joven y mundo adulto. Algunas observaciones acerca de los vínculos familiares representados en el imaginario fílmico argentino de los últimos años.”, en: Cuadernos de Cine Argentino: Modalidades y representaciones de sectores sociales en la pantalla. Buenos Aires, INCAA. Mallimacci, Fortunato 1997 Cine e imaginario social. Buenos Aires, UBA. Maránghello, César 2005 Breve Historia del Cine Argentino. Barcelona, Laertes. Filmografía: - Buena Vida Delivery (Leonardo Di Cesare, 2004) - El Hijo de la Novia (Juan José Campanella, 2001) - Géminis (Albertina Carri, 2005) - Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997) |
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