
Por una cinemateca nacional
Ciclos, mini-ciclos, ciclones. En los últimos años nunca antes en la ciudad de Buenos Aires, se vieron y exhibieron tantos ciclos de cine, algunos simultáneamente, sobre los más variados temas y en lugares tan disímiles. Es cierto, tal proliferación se debe ya no tanto a proyecciones fílmicas, sino al desarrollo comercial del DVD. Así en un lugar de peregrinación clásico como la sala Lugones del teatro San Martín, como en una pequeña aula de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, es posible asistir a un ciclo de cine a veces completo, otras no, pero la mayoría interesante. No es este el momento para observar si el formato de exhibición o el lugar son los adecuados. La cuestión es enterarse –y a tiempo para ver las películas- ante tanta oferta, pues así y todo, pocas veces se publican en los medios gráficos. Desde embajadas difundiendo el cine de sus países en el mismo lugar, como México; a los centros culturales y educativos que desde muchos años colaboran con sus sedes diplomáticas y la comunidad (Instituto Goethe, Alianza Francesa, el British Art Center y otras). Lugares públicos y oficiales como la Biblioteca Nacional o el Museo Nacional de Bellas Artes, centros culturales barriales, algunos sindicatos y por supuesto organismos privados como el Centro Cultural Borges y el Malba. Como ven, la enumeración puede continuar e incluso abrumarlos, pero deja en claro que viviendo en esta gran urbe, las oportunidades para ver cine del mundo, clásicos, películas inéditas y difíciles son muchas. Estos ciclos que vienen a reemplazar las febriles proyecciones de los cine clubes de antaño (a propósito el Cine Club Núcleo tiene abierta la inscripción a nuevos socios), ponen al alcance de todos nosotros, de forma dispersa, lo que podría hacer una Cinemateca Argentina. Sin desmedro de todos y cada uno de estos lugares de encuentro, descubrimiento y exhibición, que en su noventa por ciento funcionan gratuitamente; una cineteca, cinemateca o filmoteca nacional es imprescindible y necesaria. Un espacio físico como los que existen en las principales ciudades del mundo y que funcionan como la memoria viva de sus sociedades. Tanto la Sociedad Hebraica años atrás, como la mencionada sala Lugones y el Malba no son la cinemateca, así como tampoco la FCA –Fundación Cinemateca Argentina- lo es, esta última una institución privada muy celosa de su patrimonio. Ni el Museo del Cine, cuya labor es preservar la historia del cine argentino (solamente) debe ocupar tal función. Parte de nuestra preocupación surge a propósito de los anunciados recortes, del ya recortado, Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en su edición 2007, entre los que las actividades de la APROCINAIN (Asociación de Apoyo al Patrimonio Audiovisual) no tendrán lugar. La preservación, rescate y difusión de films restaurados argentinos y del mundo, no son de interés para un festival “clase A”, clara manifestación del doble discurso de la política estatal al respecto. En particular con una ley del cine existente que contemplaría la creación de una Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional (CINAIN significa eso), pero que no se puede emplear por falta de reglamentación. ¿Una cinemateca vendría a reemplazar esta abundancia de ciclos? En absoluto, pues son necesarios y a veces es sólo una cuestión nominal. Cuántos de estos ciclos temáticos terminaron siendo festivales independientes y a la inversa, aquellos festivales en continuado de otras infancias (Festival Chaplin, Festival de cortos de Laurel y Hardy) son ahora presentados como ciclos revestidos de seriedad. Y está bien que así sea. Obviamente, el modelo de un lugar tan importante es el creado por Henri Langlois, la Cinemateca de París. Leamos –recordemos- el entusiasmo de Guillermo Cabrera Infante contándole a su amigo Néstor Almendros, el célebre director de fotografía: “La Cinemateca realiza una labor increíble. Se exhiben un mínimo de 400 films al año. Films de interés, naturalmente. La entrada es baratísima. Los estudiantes, con el descuento, pagan solamente un equivalente de 20 centavos. También se permite la entrada gratuita a los que no tienen dinero. Es, pues, imposible no tener una cultura cinematográfica viviendo en París. También digo que es imposible tenerla sin una institución como la Cinemateca. (…)” Un entusiasmo gozoso que queremos compartir, pero la realidad es más dura. Mientras tanto cientos, miles, de películas argentinas y del resto del mundo esperan ser rescatadas de la destrucción y el olvido. Por último querido lector, a partir de esta edición además de las consabidas secciones, usted va a encontrar una selección de trabajos de investigación presentados por alumnos de la cátedra Estética y Teoría Cinematográfica (Universidad de Buenos Aires) en sus Cuartas Jornadas, realizadas en el mes de noviembre de 2006. Su importancia estriba en ser la producción intelectual e indagación teórica de estudiantes en un espacio que, aunque parezca increíble, sólo está destinado a investigadores profesionales, docentes y graduados. Ojalá cunda el ejemplo en más cátedras de esta alta casa de estudios, que es de todos y para todos. El editor
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