Reflejos de iconografía inglesa
en Los niños del hombre


                                                                          Por Jorge Medina

    En un futuro próximo, digamos veinte años, el mundo que conocemos será muy distinto. A menos que sus gobernantes –y no sólo los poderosos- tomen drásticas medidas, el clima continuará cambiando para peor; tal como lo señala La verdad incómoda (Davis Guggenheim, 2006). Y a menos que se paren todas las guerras (desde el fin de la Segunda Guerra Mundial siempre hubo un lugar en conflicto bélico en el planeta), la catástrofe humanitaria con los refugiados, las hambrunas y enfermedades será inevitable. Este es el panorama que nos es mostrado en Niños del hombre, al que le agrega un elemento perturbador: un virus que deja infértiles a las mujeres. Otrora, este dato que es el que permite avanzar a la fábula del film, se identificaba con la ciencia ficción. En este caso la invención de la escritora P. D. James, conocida por sus best-sellers policiales, es llevada al cine por Alfonso Cuarón a una historia de ficción política especulativa. Para ello el film se vale de la clásica figura del héroe y su periplo. En este caso Theodore Faron (Clive Owen), un hombre lleno de temores, no comprometido con la violenta realidad de su época. Las noticias de un tal Baby Diego, asesinado en Buenos Aires, la persona más joven del planeta (18 años, 20 meses, 16 días y 8 minutos en un conteo de TV que recuerda a The Truman Show) genera en Faron la indiferencia en un comentario como “Diego is a wanker” (“Era un pajero”, lo que opinaría en verdad cualquier inglés sobre un argentino llamado Diego que encima sea el centro del universo).
   Mientras el mundo y Londres lo llora como lo hiciera con Lady Di, nuestro héroe aprovecha para tomarse el día lo que le ocasionará tomar el destino de la humanidad en sus manos.
     El film en su puesta en escena (en este punto para Hollywood sólo es trabajo de la dirección de arte) se vale de todos los posibles íconos, algunos clichés, de la cultura “seria” y la contracultura pop inglesa. Esa que precisamente tanto el turismo como la anglofilia, hicieron de Londres la capital cultural del mundo occidental. La Tierra colapsada y la recurrente fantasía de que sólo un estado fascista inglés podría mantener el “orden” y el status quo, pesadilla que llevan desde los días de Oliver Cromwell y que transforma a Niños del hombre en una distopía que la emparienta en la tradición de films británicos como Lo que vendrá (Things to Come de W. Cameron Menzies, 1936).
    Se ve aquí tanta información visual que probablemente quien viva en, o conozca, Inglaterra podría jugar a identificarla con su presente. De todos modos hay muchos elementos que la generación digamos post-Beatles identifica como universales. Animales exóticos sueltos por Hyde Park junto a orquestas de uniforme tocando en las glorietas puede ser una cita tan surrealista como beatlesca. Un viejo jersey como souvenir de las olimpíadas londinenses del 2018, es vestido por Faron indiferentemente. Una Arca de las Artes que “salva” (como lo hizo antes el British Museum con el Partenón griego) las obras de arte occidental como el Guernica de Picasso o el David –roto- de Miguel Angel, que es una suerte de mega-Tate (filmado en la mismísima Tate Modern), con chimeneas y un globo con forma de cerdo, recreando y elevando a la categoría de arte la tapa del disco Animals de Pink Floyd. O un cambio de guardia en el palacio de Buckingham (¡tendremos rey!) con la canción sonando de fondo The Court of the Crimson King del grupo de rock King Crimson (La reina negra canta / la marcha fúnebre, / las rajadas campanas de bronce tañerán; / para convocar a la bruja del fuego / A la corte del rey carmesí) toma más importancia en la trama que la música compuesta por John Tavener. Pues será una doncella de color, en una referencia crística, quien  traerá al mundo una beba.
   ¿Y qué es el viejo hippie encarnado por Michael Caine (irónico, lisérgico y dando clase de actuación al resto del elenco tan esforzado por aparecer apesadumbrados “larger than life”) sino el Gato de Cheshire y su grin –o sonrisa sardónica-? Si hasta la forma de entrar a su refugio es la manera en cómo Alicia ingresa al bosque siguiendo al conejo.
   En fin, podemos enunciar más de estos datos pero será mejor que el espectador los descubra según sus gustos (créanos, hay más y no es necesario ser anglófilo, ¿o sí?). El film y la dirección de Cuarón entran en un vórtice de violencia que vira casi al género bélico. De hecho lo es en el final con Gran Bretaña combatiendo a terroristas que parecen una coalición de musulmanes. En esta película de ficción pura la mano del director evita el corte y el montaje en dos planos secuencias realmente virtuosos desde la técnica (la persecución en auto donde asesinan al personaje de Julianne Moore y el rescate del bebé y su madre en el ataque final, en una escena que parece salida de Rescatando al soldado Ryan), trayendo un poco de realidad –ultraviolenta en la imagen, hiperreal en el uso del sonido- al espectador, tal cual lo perseguido por André Bazin en el pasado.






Ficha técnica:

Niños del hombre (Children of Men, Estados Unidos, 2006)

Dirección: Alfonso CUARON
Guión: A. Cuarón, Timopthy Sexton, David Arata, Mark Fergus, Hawk Ostby
Argumento: basado en la novela Children of Men de P. D. James
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Asistente de dirección: Sarah Hood
Montaje: A. Cuarón y Alex Rodríguez
Diseño de sonido: Richard Beggs
Música original: John Taverner
Dirección de arte: Ray Chan, Paul Inglis, Stuart Rose, Mike Stallion
Vestuario: Jany Temime