La imagen del mal
Apuntes asociativos sobre
El camino a Guantánamo


Por Daniela Espejo

 Seguramente cuando Alain Resnais hizo Noche y Niebla (Nuit et Brouillard, 1955), ya había leído El extranjero (L'étranger) de Albert Camus, novela emblemática aparecida en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. En esa novela, tanto el asesinato como la acusación derivan de un acto fácil, instantáneo. El protagonista, Meursault, mata a un árabe en una playa de Argelia porque se le cruza un rayo de sol que lo encandila. Confiesa, sostiene su verdad tan absurda y se lo acusa con agravantes por no haber llorado el día en que murió su madre. Un ser insensible, se dice. El prejuicio, la condena previa a toda investigación. La banalidad.
  En un momento de la novela, el personaje es conducido al patrullero que lo llevará del juzgado a la prisión nuevamente. En ese trayecto reconoce los olores y los sonidos de la noche de verano en Argel. Se le vienen a la mente imágenes y sensaciones de la cotidianeidad del mundo libre que él solía habitar y gozar y concluye: "Sí, era la hora en que, hace mucho tiempo, me sentía contento. Lo que me esperaba entonces era siempre un descanso leve y sin sueños. Y sin embargo, mientras esperaba el día siguiente, lo que encontré fue mi celda. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudieran conducir tanto a las prisiones como a los sueños inocentes." (Camus, 1942:149)
  En las primeras imágenes de Noche y Niebla se nos revela la misma reflexión. Desde la imagen, esta vez. Un campo verde y soleado en una mañana cálida en Alemania nos puede llevar, a través de una simple panorámica, a un campo de concentración nazi, a Auschwitz. Aquí ya no son sólo las palabras las que testimonian el pasaje sino un sencillo movimiento de cámara el que puede llevarnos de la pacífica tranquilidad de la pradera al más siniestro horror. Estar adentro o afuera parece una cuestión de pasos.
   Una experiencia similar puede vivirse hoy con el último film de Michael Wintterbottom que junto a Mat Whitecross se embarcó en el compromiso de retratar en el cine nuevamente la memoria. El camino a Guantánamo (The road to Guantanamo, 2006), una obra testimonial que combina elementos documentales con escenas recreadas, desarrolla en sus casi dos horas de película el recorrido de tres jóvenes prisioneros del ejército estadounidense en la guerra contra Afghanistán.

Estos tres jóvenes son los menos indicados para estar ahí. Son tres descendientes de paquistaníes (originalmente cuatro, hasta que uno de ellos se pierde y nunca más vuelven a verlo) que llegan a Paquistán desde Inglaterra, su tierra natal, para asistir al casamiento de uno de ellos. En ese momento, octubre de 2001, EE.UU. invade Afghanistán, el país vecino, luego del derribamiento de las Torres Gemelas, y los jóvenes deciden viajar a brindar ayuda humanitaria. Son confundidos con guerreros talibanes y capturados.
    La cámara se inmiscuye en el medio del horror, haciéndonos parte. A partir del secuestro, es como si el mundo libre ya no existiera. Se nos confina a ver aquello que no vemos en televisión, aquello que se invisibiliza detrás de casillas de madera donde supuestamente se interroga a los prisioneros. Estamos adentro y no hay escapatoria. La prisión de Guantánamo, simbólico territorio ocupado por los americanos en Cuba para hacer una base militar en los años 60, es un bastión de la paradoja de la libertad yanky: aquí defendemos los derechos de los países libres, torturando gente sin juicio ni condena.
    Junto a la tortura física, la psicológica, claro está. Los protagonistas son acusados insistentemente con un discurso único, armado de mentiras y obstinación por parte de los militares americanos. Ellos solo pueden escuchar una respuesta y no es la que los jóvenes pueden darles. Como en El extranjero, la verdad no es lo que se espera. Se espera que se juegue el juego de la mentira. Si mintieran probablemente no serían torturados.
    La historia está contada por ellos mismos: vemos planos insertados de entrevistas con los tres protagonistas que van reflexionando sobre las distintas instancias de su secuestro. Estas imágenes detienen el tormento constante que nos genera la línea principal del relato, recreada por actores, pero nos recuerda continuamente el referente de la realidad, las verdaderas personas que lo vivieron. De la misma manera, aparecen por corte directo imágenes previas de los tres jóvenes juntos en un parque de Tipton, su ciudad natal, caminando por las calles o en un auto.
    Estas últimas funcionan como pequeños respiros a la narración y a su vez, como decíamos al comienzo, de reflexión. Aquí ya no es el movimiento de cámara sino el corte directo el que nos lleva de la felicidad al horror y viceversa. El cine tiene el poder de reconstruir la memoria y dejar testimonio a futuro de la injusticia, la tortura y el sufrimiento, pero también de subrayar la facilidad por la que se puede pasar de un estado a otro.
    Y sin embargo, ya lo dijo Serge Daney (2004:17) en uno de sus escritos: "Mucho falta para que el cine esté en relación con lo real, con el mundo o con lo vivido, como continúa haciéndose que se cree. En principio y ante todo está en relación con lo visual. Ni el doble, ni el travestimiento escandaloso, embustero o inexacto de alguna otra cosa, lo visual ya es otra cosa, con sus leyes, sus efectos, sus exigencias." El cine es una representación, sólo la imagen es aquello que nos une con las experiencias extrañas que se nos aparecen en la pantalla. Experiencias de otros. Sensaciones y dolores ajenos. Imposible igualar la realidad vivida en carne propia con aquella de la imagen. Imposible sufrir aquello que ha sufrido el otro.
   No obstante, la imagen nos conmueve, nos emociona, nos sensibiliza. Nos acerca. La imagen une en sus procedimientos técnicos (movimientos de cámara, cortes, fundidos, encuadres; montaje, claro está) y une al visionarla. Une mundos lejanos, une fantasías y realidades, une emociones de unos y de otros. El espectador y la pantalla, el que está de este lado y el que está del otro. La pantalla como la parte más fina de una clepsidra, pequeño pasaje que comunica al que espera con el enigma de lo que resplandece en su tela.

    Y así conmovidos, salimos de la sala, atónitos y transportados por las imágenes. Nos rodean pochoclos, gaseosas y brillantes carteles. Las mismas salas que pueden albergar la proyección de estos films son las que reproducen eterna e incansablemente el cine moldeado y pseudo heroico de la máquina hollywoodense. Aquel cine que aún quieren hacernos creer que puede igualar lo visible con lo real.
   
     
Bibliografía:

Daney, Serge
2004    "Sobre Salador (Cine y Publicidad)" en Cine, arte del presente, Buenos Aires: Santiago Arcos Editor.

Camus, Albert
1942        L'étranger, París: Éditions Gallimard, Collection Folio.






Ficha técnica:

TITULO ORIGINAL  The Road To Guantanamo

Año 2006

Duración 95 min.

País Inglaterra

Director: Michael Winterbottom, Mat Whitecross

Guión: Michael Winterbottom, Mat Whitecross

Música: Molly Nyman & Harry Escote

Fotografía: Marcel Zyskind

Reparto: Rizwan Ahmed, Farhad Harun, Waqar Siddiqui, Arfan Usman

Productora: Revolutions Films