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14º BAFICI - Cine Planetario Pink Floyd - The Wall
Por Griselda Soriano
El Fulldome
parece ser, al menos por el momento, un formato más cercano al
cine como atracción de feria que al cine como arte. Que quede
claro: este no es un comentario despectivo; ambas caras pueden
coexistir a la perfección, incluso en una película y en
un festival, y una experiencia no inhabilita a la otra. La
fascinación por la técnica y el entretenimiento han sido
capitales a lo largo de la historia del cine, y determinantes incluso
para su aparición; no vemos, entonces, la necesidad de
desdeñarlos. Es por eso que la inclusión del Planetario
como espacio de proyección en el útlimo BAFICI nos
provocó una curiosidad inmediata, así como lo hizo, entre
las películas de la sección, esta misteriosa
reversión de The Wall de
la que no se sabía mucho. Con esa curiosidad fuimos, pero la
primera impresión que nos llevamos fue una total sorpresa, y no
en el mejor de los sentidos.
Pink Floyd - The Wall de Aaron McEuen no es ni una versión en 360º de la película de Alan Parker (Pink Floyd The Wall; 1982) ni un recital de Pink Floyd, ni nada que se le parezca, sino una film de animación cuya banda sonora está formada, obvio, por parte del famoso disco doble. La película es del año 2005; quizás esto explique en parte –y queremos destacar esto: sólo en parte- las falencias técnicas de sus animaciones. Pero en lo que respecta a lo conceptual es imposible echarle la culpa al paso del tiempo, y allí es donde la película se hunde más estrepitosamente. Las imágenes oscilan entre la abstracción caleidoscópica símil visualización del Windows Media Player (y con esta frase estamos siendo irónicos pero también descriptivos) y la más absoluta literalidad, y retoman por momentos algunos motivos vinculados con el disco y la película de Parker: la guerra, la escuela, los martillos, la pared (por supuesto), algunos de los personajes de Gerald Scarfe, entre otros. Es cierto que es difícil trabajar con una obra musical que arrastra un anclaje visual muy fuerte y que, para ser honestos, también se puede acusar de literales al film de Parker, e incluso a los recitales de Pink Floyd y Roger Waters. Pero aquí esto es llevado a un extremo absurdo, y como muestra basta un solo ejemplo: el When I’m a good dog they sometimes throw me a bone in de Nobody Home va acompañado de las imágenes de… ¡la cucha de un perro! (pueden imaginar, entonces, qué sucede con Hey you! Out there on your own, sitting naked by the phone, entre otros grandes momentos). La cucha vacía de un perro: otra de las decisiones que sorprende es la ausencia total de personajes -aunque pensándolo bien, con las limitaciones de la animación es casi un alivio-. Así desfilaron por nuestro domo, sin que entendiéramos muy bien por qué, pupitres sin alumnos, guitarras sin David Gilmour, lámparas y sillones sin Bob Geldof ni Roger Waters. Por otra parte, en los momentos en que se prescinde de lo figurativo (que son muchos) no se aprovechan las cualidades plásticas de la imagen abstracta; tampoco el montaje trabaja el ritmo, elemento básico cuando se trata de conjugar música e imágenes en movimiento. Es difícil descifrar las intenciones detrás de este proyecto; incluso considerando como hipótesis que su única meta puede haber sido aprovechar las salas de los planetarios, no deja de sorprender la falta de criterio del resultado. Lo más (¿lo único?) atractivo de la propuesta fue conocer el formato, que no descartamos pueda ser usado de manera más interesante en otras manos, con otros objetivos. La necesidad de escoger dónde focalizar la atención y la alteración de la percepción que provoca la proyección en 360º tienen un potencial que, imaginamos, todavía no ha sido explotado pero podría serlo. Conocer el formato y, claro, escuchar The Wall en el Planetario y a todo volumen, con los bajos sacudiendo las butacas. |
FICHA TÉCNICA |