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Hay cosas que sólo pueden decirse con una canción Por Griselda Soriano
Aime-moi moins,
mais aime-moi longtemps Canciones de amor es una película difícil de clasificar. Es evidente que el film está fuertemente enraizado en la tradición del cine francés, de los ’60 a esta parte; tradición que asume con orgullo para jugar con ella sin complejos. Para ser más específicos, el film abreva por un lado en el musical, género que tras el empujón de su principal referente francés, Jaques Demy, ha ido resurgiendo una y otra vez en manos de los más inesperados realizadores, con los resultados más diversos -como ejemplos, ahí está Conozco la canción (1997), de Alain Resnais, entre otras-. Por otro lado, resuenan también aquí los ecos de la Nouvelle Vague, referencia que parece ineludible cuando de realizadores franceses se trata. Pero no queremos decir con esto que Canciones de amor se limite a la pura referencia cinéfila o al guiño intelectual; Honoré remite a lo familiar, sí, pero sólo para correrse de ese cómodo lugar, planteando un juego constante de desestructuraciones. El trabajo con sus intertextos es tan sólo un ejemplo de la estrategia que se extiende a través de todos los niveles del film: construir expectativas para después destruirlas, sacudiendo al espectador, obligándolo a reacomodarse permanentemente frente a lo que está viendo. Canciones de amor se estructura en tres “actos”, La despedida, La ausencia y El regreso; cada uno de estos intertítulos subraya uno de estos quiebres y un nuevo cambio de rumbo para la narración. La película comienza como una suerte de comedia romántica que recuerda al ciclo de Antoine Doniel de François Truffaut, con Louis Garrell (siempre irresistible) componiendo a un carismático personaje que remite al de Jean-Pierre Léaud. Pero lo que en un primer momento aparenta ser la historia de una pareja atravesada por los celos, o como mucho un triángulo amoroso, pronto se revela como un trío hecho y derecho; es que, desde Truffaut, los tiempos han cambiado, y con ello el cine y su manera de retratar las relaciones. Si Canciones de amor comienza descolocando la comedia romántica, hace lo mismo con el musical: aquí no hay grandes despliegues, ni coreografías, ni llamativos vestuarios, ni nada que se asemeje a la idea gran espectáculo con la que suele asociarse al género, sino un puñado de pequeñas canciones, intimistas y pegadizas, con las que los personajes se expresan; canciones que van construyendo un clima, cargando de sentido el relato, y generando un cierto ritmo que colabora a estructurarlo. Pero una vez que el film se (y nos) instala en ese clima de comedia romántico-musical versión siglo XXI, un inesperado punto de giro trastoca todas las expectativas construidas hasta entonces, haciendo que el tono salte violentamente de la comedia a la tragedia y obligando al espectador a reubicarse ante la película, sus personajes y su conflicto. Con esto, el rol de las canciones se diversifica: si, por un lado, sirven como elemento de distanciamiento, como un respiro que permite sobrellevar la tragedia, por otro no dejan de apelar a lo emocional, y contribuyen –junto con la omnipresencia de una París lluviosa y gris- a la creación de un clima de melancólica tristeza. Así, lo que en un principio se ofrecía como un relato juguetón y desprejuiciado sobre las relaciones de pareja posmodernas, vira hacia la representación del vacío que deja la pérdida del amor. Y esto no es todo, porque –una vez más-, cuando el espectador logra ajustar sus expectativas, un nuevo quiebre dispara la historia hacia un lugar totalmente inesperado. Las canciones se vuelven parte de un juego de seducción cuando un amor impredecible, de esos que surgen en el lugar más improbable y con la persona menos pensada, devuelve algo del tono despreocupado de aquella primera parte del relato. Así se va construyendo Canciones de amor: contra toda expectativa, interpelando al espectador e invitándolo a participar de sus juegos plagados de citas y referencias, pero también generando una emoción genuina, tarea en la que las canciones del título juegan un rol fundamental. Porque el recurso al musical bien puede ser un guiño cinéfilo innegable, pero también es cierto que, por más cursi que suene, tanto en el cine como en el amor hay cosas que sólo pueden decirse con una canción. Canciones de amor es una película para el disfrute, de esas que en vez de impresionar violentamente se cuelan de a poquito en la memoria y se recuerdan con una sonrisa. Una película como para salir de la sala llenos de felicidad, con el ritmo grabado en el cuerpo, y seguir cantando por muchos, muchos días je n’aime que toi… |
![]() FICHA TÉCNICA Les chansons d'amour Francia, 2007, 95' Director: Christophe Honoré Guión: Christophe Honoré, Gäel Morel Fotografía: Rémy Chevrin Dirección de Arte: Emmanuelle Cuillery Montaje: Chantal Hymans Música: Alex Beaupain Producción: Paulo Branco Compañía Productora: Alma Films Intérpretes: Louis Garrel, Ludivine Sagnier, Chiara Mastroiani, Clotilde Hesme Estreno en Buenos Aires: 22 de diciembre de 2011 |