
|
Reflexiones sobre la cinefilia, la crítica y la academia, o por qué amamos tanto a Mar del Plata Por Griselda Soriano
Este nuevo número ve la luz después de la 26º edición del Festival de Mar del Plata, y no es casual. No es casual que, a pesar de todas las dificultades que tenemos para mantener nuestra periodicidad, un festival siempre sea la excusa perfecta para revivir estas páginas. Pero esta vez también queremos que sea la excusa para replantearnos una vez más el lugar desde donde queremos pararnos para escribir sobre cine. Cuando esta revista nació -también gracias a un festival de Mar del Plata, hace unos cuantos años ya-, lo hizo, por una parte, para generar un espacio de aprendizaje que sabíamos que necesitábamos; porque las aulas ya no nos resultaban suficientes, y porque no parecía haber mucho lugar en los medios para nosotros. Qué mejor que dejar de esperar, entonces, y pasar a la acción. Pero más allá de ese impulso, de nuestro entusiasmo ciego, nuestras primeras reuniones y discusiones fueron dejando en claro que detrás de eso se escondía una clara toma de posición que, sin saberlo, compartíamos: desde el comienzo siempre supimos de dónde venimos y cuál es el lugar que queremos ocupar. Esta revista se gestó en las aulas y los pasillos de la universidad, porque así como un festival es mucho más que sus películas, una carrera es mucho más que sus clases. Y nació justo después (y seguramente gracias a) un festival. No es casual, como decíamos, que Mar del Plata nos haya dado el impulso inicial. Porque ahí pueden convivir, en delirante armonía, una retrospectiva del cine de Raymundo Gleyzer y una función doble y festiva de la saga Gremlins. Y ese, exactamente ese, es el motivo por el cual lo amamos (y lo decimos así, sin medias tintas): porque es el mismo espíritu detrás de la cinefilia que impulsa esta revista. Venimos de las aulas y los pasillos de la universidad, y no renegamos de nuestra formación; sería imposible y absurdo, y tampoco nos interesa hacerlo. Pero tampoco nos contenta (nunca nos contentó) quedarnos encerrados en la burbuja de la academia, repitiendo las mismas cosas para las mismas personas. Creemos, por obvio que parezca, que entre la universidad y el mundo -por decirlo de alguna manera- hay que tender todos los puentes posibles; no queremos guardarnos lo que aprendimos de manera egoísta, ni ostentarlo mirando a los demás desde arriba. Esta revista siempre quiso -aunque nunca sabremos si lo logramos- ser uno de esos puentes. Porque suena asquerosamente cursi, sí, pero la verdad es que amamos el cine, y queremos compartir ese amor con todo el mundo. No renegamos, como decíamos, de nuestra formación académica, ni de nuestro tránsito por la universidad -de hecho, muchos de nosotros todavía no la abandonamos, o volvimos para dar clases y para investigar-. Pero tampoco olvidamos que habiendo nacido -casi todos- en la década del '80, nuestro amor por el cine nació antes en el videoclub que en la teoría, y que llegar a la Nouvelle Vague -por poner un ejemplo trillado- no fue más que una consecuencia de ese camino que no necesariamente comenzó dentro de las esferas de la alta cultura cinematográfica. Y, sobre todo, no olvidamos lo principal: no creemos que ambos amores sean excluyentes, sino parte de una misma cinefilia: la que nos gusta, la que no discrimina. Mucho menos nos avergüenza admitir que aprendimos a ver cine, a quererlo y a escribir sobre él no sólo de profesores, académicos e intelectuales varios, sino también de las revistas especializadas más diversas, así como de los siempre tan bastardeados críticos de los medios masivos. Aunque no siempre estemos de acuerdo (con los de un lado y los del otro), porque peleándose también se aprende; porque cualquier posición dentro de un campo cultural se va definiendo tanto por identificación como por oposición. Quienes leen hace rato estas páginas también habrán notado que, aunque no nos gusta mucho pelearnos en público, la revista también aloja opiniones muy distintas, y una heterogénea variedad de intereses, y de maneras de entender la crítica. Pero siempre desde la idea común de nunca restringirnos a un cine, a una cinefilia, sino entender que todos los amores por el cine son posibles y merecen ser respetados y defendidos a muerte. Volviendo al comienzo de esta editorial llena de vaivenes, Mar del Plata, creemos, es un festival que tiene mucho de ese espíritu. Allí están las bizarras y participativas funciones de trasnoche del Ambassador, una sección de Autores que suele traer los últimos films de las principales figuras de los festivales internacionales, y otra dedicada al cine experimental, por poner tan sólo algunos ejemplos. En esta edición incluso ha tenido lugar algún que otro cruce saludable de academia y público, como la Escuela de Espectadores y la mesa "Estudios de cine en la Argentina" coordinadas por ASAECA (la Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual ), o la presentación de Traité de bave et d'eternité a cargo de Eduardo Grüner. Por nuestra parte, festejamos esos acercamientos. Pero agregamos que nos gustaría también ver a los "intelectuales" acercarse al cine desde un lugar menos habitual, tal vez menos cómodo. ¿Por qué no defender apasionada y académicamente la orgía cinematográfica de Joe Dante, tanto como a, digamos, una de Chantal Akerman? ¿Por qué no achicar la distancia en ambas direcciones: acercando al público a esas obras siempre alejadas de las salas comerciales, pero entendiendo también que el cine es -para la mayoría de los espectadores- disfrute, placer, espectáculo, identificación, entretenimiento? Pararse desde ese lugar sin subestimarlo, considerándolo merecedor del mismo respeto que el cine de, pongámosle, un Godard, es una deuda que creemos que nosotros -como críticos, investigadores, docentes, cinéfilos, o como quieran llamarnos-, tenemos que saldar. Tanto como podemos enseñar que también es posible ver a Godard no porque debamos, sino porque nos gusta. Porque insistimos -nunca nos cansaremos de hacerlo-: lo que importa, al fin y al cabo, es esa relación única que cada espectador tiene con la obra; una relación plena de afectos, no sólo de intelecto. Una relación que nosotros, en todo caso, estamos felices de ayudar a construir, y no a limitar. Como decíamos, esa es la búsqueda que empuja estas páginas. Desde el principio. No sabemos si estamos a la altura de lo que buscamos, ni tampoco sabemos si hay manera de encontrarlo, pero no nos cansamos de intentarlo, por todos los caminos posibles. |
![]() ![]() |