¡Qué lindo es estar en/ser de Mar del Plata!
Peripecias audiovisuales de una ciudad cinéfila


Por  Pamela Gionco
  

    La publicación Mar del Plata. 100 años de cine 1908-2008 presenta sin tapujos la situación audivisual de dicha ciudad balnearia. Con esta ambigua afirmación queremos introducir este libro simple y complejo a la vez, que procura saldar ciertas deudas, dando cuenta no sólo de la construcción imaginaria de la Ciudad Feliz a partir del cine nacional sino también los desafíos propios de hacer cine ahí.
    Ya desde el prólogo de Raúl Manrupe se advierte que hay dos Mar del Plata: la construida por los relatos cinematográficos, ya sean porteños y centrales, donde el veraneo pasatista se alterna con la reflexión invernal, o ya sean marplatenses, “sin planos ni alfajores”; pero también existe la Mar del Plata real, aquella que vive todo el año sin turistas, y en la cual hacer cine es una latencia profunda.
    Ambos autores son marplatenses. Julio Neveleff es bibliotecario, docente, gestor cultural y periodista especializado en temas culturales. Fue Director General del Ente de Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón, en la cual se encuentra la ciudad de Mar del Plata. Por su parte, Miguel Monforte es realizador audiovisual y docente, coordinador de la Vídeo Factoría, programa municipal de enseñanza y realización de cine y video en Mar del Plata, y se desempeña profesionalmente en la televisión local.
    El libro en sí se encuentra divido en dos secciones: “Mar del Plata desde afuera: los films nacionales”, escrita por Julio Neveleff, y “Mar del Plata desde adentro: los films marplatenses”, por Miguel Monforte. En la primera sección, se plantea en principio un “esbozo histórico” de la ciudad, para informar al lector cómo surge la ciudad. No se presenta como un pasado mítico, sino una narración que reconoce la precoz cinefilia de Mar del Plata, que desde principio de siglo ya tenía salas de proyección en la mismísima rambla. La “ciudad feliz” existe ineludiblemente en función de ser una villa veraniega. Así, de la elitista Belle époque al turismo popular, este recorrido marca ciertos hitos que dieron paso a las transformaciones de los visitantes de la ciudad. Y construyeron la imagen de la ciudad balnearia que el cine toma, forja y reproduce en sus relatos audiovisuales.
    Neveleff plantea el desarrollo de las relaciones entre la ciudad y el cine desde 1908 hasta la actualidad mediante una periodización que implícitamente se vincula con la historia política de nuestro país, comenzando con el período silente de nuestro cine. Mediante ejemplos concretos el autor afirma que los films documentales de este período apuntaban a promover al patriciado como clase gobernante, en particular, y a la ciudad como destino, tanto turístico como marítimo (irónicamente, Mar del Plata también es una ciudad “porteña”), en general. A partir de los años ‘30, las comedias del cine nacional presentan a la ciudad como accesible para todos, incluso con la esperanza de un golpe de suerte en el casino, inaugurado en la década del ‘40, como sucede en Los celos de Cándida (Bayón Herrera, 1940). En paralelo, es un marplatense (Homero Cárpena) quien muestra el drama social del puerto, en Stella Maris (1953), una interesante inclusión como fuente para la investigación.
    La segunda mitad del siglo XX depara para esta ciudad una cuasi invasión de jóvenes cantantes de moda, presentando sus ritmos “modernos” en comedias adolescentes que apuntan a fines comerciales y pasatistas. ¡Hasta los Campanelli van a veranear a la Feliz!  Será por esta época que surge ese mote para Mar del Plata. La ciudad potencia los sueños y fantasías de los veraneantes que rompen su rutina, olvidándose de todo. Pero, además de las comedias de verano, se dan dramas de invierno donde los personajes reflexionan sobre su propia existencia. Y, por supuesto, los infaltables documentales turísticos. El golpe del ’76 da paso a la propaganda patriótica disfrazada, donde los protagonistas son grupos parapoliciales (los Superagentes, los comandos azules), un detalle que a la distancia resulta siniestro. El “destape” de la democracia genera productos vacíos, mientras que las melancólicas producciones del Nuevo Cine Argentino reflejan la arraigada idea de una ciudad utopía. En ambos períodos se reconoce la realización de documentales que reflexionan sobre el pasado y el presente de la ciudad, mostrando aquello que los films de ficción marginan, tales como personajes de la cultura o los trabajadores del puerto.
    Ineludible la referencia al Festival de Cine, cuya primera edición se realizó en 1954, y a partir de 1958 fue reconocido por la FIAPF. Entre los comentarios y referencias rescatamos el testimonio según el cual siempre hubo complicaciones en la organización de estos encuentros, que, además de ser una oportunidad única de ver ciertas cinematografías, le dejan a los residentes permanentes un extenso anecdotario de las estrellas y el mundillo del cine.
    En este punto, en el capítulo titulado “Camino a la industria”, se comienza a indagar en las políticas públicas de Mar del Plata vinculadas a la posibilidad de filmar en dicha ciudad. La mención de la Film Comission, la oficina MDQ Film, o la agencia Mar del Plata Film Set da un paneo reducido sobre el tema. La creación del Archivo Fílmico Municipal, también mencionada en este apartado, requiere un seguimiento que asegure su efectiva puesta en funcionamiento, de la cual no hay comentarios.
    La sección se cierra con “La ciudad como escenario”, capítulo que analiza los films ya mencionados en el recorrido histórico, con el propósito de desnaturalizar las representaciones que se construyen de la ciudad. A modo de puente que se articula con la segunda sección, el autor arenga a los lectores, en especial a los marplatenses (mediante el uso del nosotros inclusivo), a reconocer a Mar del Plata como un polo de producción cinematográfica con voluntad de ampliar sus límites. La conclusión argumentativa de esta parte entiende que “ninguna ciudad puede pretender ser feliz durante toda su historia” (p. 89) y Mar del Plata necesariamente es la sumatoria de todas sus representaciones. Como útil referencia, se incluye las fichas técnicas de las más de 100 películas citadas en esta primera parte, con observaciones.
    La segunda parte del libro, “Mar del plata desde adentro: los marplatenses”, considera las producciones audiovisuales realizadas por los residentes, aclarando que se trata de obras de cualquier formato y género, expresiones culturales y artísticas, generalmente sin fines de lucro. Así, recupera la historia audiovisual local desde la década del 60, mencionando intentos de armar productoras, cursos de cine, ensayos en Super 8. Diversas instituciones [1], colectivos y encuentros aportaron y aportan a la construcción del cine en Mar del Plata. El Círculo de Cineastas Marplatenses, la revista Cine Foto Club, el Cine Club Proyección, la Fundación Cultural Cine Arte Mar del Plata, los diversos festivales (no clase A), muestras y actividades culturales se realizaron en la ciudad a lo largo de los últimos 50 años establecen un panorama difícil de negar: indudablemente, Mar del Plata es una ciudad cinéfila, con un gran potencial de producción. Monforte también se refiere a varios marplatenses que han emigrado, y regresado a la ciudad, con interesantes relaciones laborales con el exterior, tales como Eddie Soria, Gastón Birabent o Carlos Lascano. Dar a conocer la historia audiovisual local y recuperar todas estas experiencias es quizás uno de los puntos más originales del libro. La inclusión de dos capítulos dedicados a mencionar las obras producidas por realizadores locales (“Obras realizadas por marplatenses 1984-1999” y “Videos marplatenses desde 200 hasta 2007”) es, sin duda, un aporte inigualable para la historia local y una “puesta en valor” de lo propio.
    Esta segunda parte es quizás más íntima y eclética que la primera, dirigida fundamentalmente a los coterráneos, con el noble objetivo de reconocer la identidad audiovisual de la propia ciudad. Apunta sobre todo a los jóvenes realizadores, y las menciones de las obras no hacen miramientos sobre formatos o géneros. La reflexión final señala varias falencias de la ciudad con respecto a lo audiovisual (falta de contacto, información e intercambio, falta de una prensa especializada [2]), pero justamente promueve esos contactos e intercambios, y augura buenas perspectivas para las nuevas generaciones, con mayores posibilidades de circulación y acceso a las obras audiovisuales.
    Con todo, Mar del Plata: 100 años de cine 1908-2008 es un libro personal y visceral. Necesario para pensar la construcción del imaginario audiovisual en torno a esta ciudad balnearia y ampliar los horizontes de la producción local. Profesamos el mismo optimismo que los autores en las notas introductoras, que haya futuras ediciones ampliadas de esta investigación.

NOTAS

(1) Las referencias a la falta de archivos del Departamento de Cine y al Departamento de Televisión de la Universidad Nacional de Mar del Plata, así como los archivos de los canales de televisión locales, adolescen de información y perspectivas concretas sobre el tema. La falta de políticas de archivos en la Argentina exige nuestro compromiso, canalizando propuestas concretas para la defensa del patrimonio audiovisual.

(2) Este punto demuestra una rotunda falta de información (la misma que los autores señalan), ya que existe el sitio FelliniA (www.fellinia.com), realizado por Jorge Capelloni, habitual colaborador de El Ángel Exterminador.


Monforte, Miguel y Neveleff, Julio
2008        Mar del Plata. 100 años de cine 1908-2008, Buenos Aires:                     Corregidor.