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El cine de la inmersión Por Griselda Soriano
Una de las ventajas de ser parte de un medio independiente es el no estar obligado a publicar las críticas bajo la presión de la inmediatez del estreno. Esto permite a quien escribe decantar su visión, tomar una distancia que muchas veces enriquece la reflexión sobre el film. A cambio, plantea un problema extra: la dificultad de despegarse de las interpretaciones ya leídas. Pero también esto constituye un estímulo, porque enfrentarse a opiniones ajenas siempre ayuda a reevaluar y reelaborar la propia. He ahí el motivo por el cual, más allá de los criterios de publicación de los grandes diarios, es muchas veces más interesante la lectura de una crítica después de haber visto la película; he ahí también una de las características que vuelve a una crítica interesante: la capacidad de abrir –y no cerrar- para el espectador el juego de las interpretaciones. En este aspecto, Avatar (James Cameron, 2009) resulta todo un desafío: Si bien a James Cameron le gusta hacer las cosas a lo grande –campaña de difusión incluida-, esta vez ha batido sus propios récords, y no sólo económicamente hablando: hacía mucho que una película hollywoodense no despertaba tantas y tan diversas opiniones. Cuidado; con esto no estamos emitiendo ningún juicio de valor sobre el film, sino simplemente resaltando un hecho que cualquiera habrá notado a estas alturas: nadie se ha privado de opinar sobre Avatar, y estas opiniones han ido muchas veces más allá del terreno de lo cinematográfico. La película ha despertado las más diversas reacciones, no sólo disímiles sino incluso opuestas: desde el rechazo absoluto –que incluyó acusaciones como “retrógrada” o “reaccionaria”- hasta su exaltación como película “revolucionaria”, las voces a favor y en contra han sostenido, muchas veces al borde de la exageración, los argumentos más variados. Dos ejes han vertebrado, en general, la discusión: el tecnológico y el narrativo, en lo que parece una nueva reversión de la vieja (supuesta) separación forma/contenido. Con respecto a lo primero, se ha llegado a afirmar que Avatar constituye un hito sin precedentes en el arte cinematográfico. Lo cierto es que, más allá de la confianza que el propio Cameron o sus espectadores puedan tener en su producto, es todavía muy pronto para evaluar las posibilidades que abre esta tecnología. Esa afirmación, sin embargo, no desmerece –sería injusto y prácticamente imposible hacerlo- sus avances ni la innegable pericia técnica y tecnológica de los realizadores del film. El mejor elogio que podría hacerse a estos técnicos-artistas y a su director, más allá o más acá de las revoluciones, es que se han esforzado por poner la técnica al servicio del relato. No cabe duda de que, para hacerle justicia, Avatar debe ser vista en 3D: la experiencia maravilla, y sin lugar a dudas contribuye a mantener el interés de los espectadores a lo largo del largo metraje del film. La utilización del 3D opta por trabajar la ampliación de la profundidad de campo y el desarrollo de las texturas (es asombrosa, por ejemplo, la represtación de los vidrios), en vez del efectismo del típico recurso de “arrojar objetos al espectador”, que también está presente, claro, pero en una mínima medida. Es al ingresar en el fantástico mundo de Pandora que el uso del 3D se destaca. Porque a través de este recurso, Avatar logra la inmersión del espectador -a la par de la del protagonista- en un universo otro diseñado para sorprender a cada paso, aun cuando el cine ya nos tiene acostumbrados a la creación de estos mundos paralelos. Esta creatividad, sin embargo, decae a la hora de retratar a los habitantes de Pandora, una representación bastante estereotipada de una cultura del “buen salvaje”, cuyo diseño no arriesga demasiado. Narrativamente, Avatar no representa –ni, creemos, pretende representar- ningún avance revolucionario; algo que cualquier espectador promedio puede corroborar. Pero tal vez uno de los mayores aciertos, intencionales o no, de Cameron como guionista haya sido ese: construir un relato lo suficientemente básico como para que cualquiera pudiera completar sus abstracciones con las lecturas más diversas. No hay nada de novedoso en la historia, al contrario de lo que han sostenido ciertas lecturas, pero esto tampoco es necesariamente malo: miles de relatos funcionan por repetición de estructuras ya conocidas. La película se acerca mucho más a la fábula que a la ciencia ficción: si bien el punto de partida se debe a la ciencia, los adelantes científicos no son tan interesantes como las diferencias biológicas, y la película plantea una clara intención moralizante bastante naif, que incluso recuerda a ciertos films ecologistas para niños de la década del noventa (quienes compartan como recuerdo de infancia la visión de FernGully: The last rainforest -Bill Kroyer, 1992- sabrán de qué estamos hablando). Todo en Avatar –técnica y narrativa- funciona con la idea de incluir al espectador: incluirlo visualmente en la acción; incluirlo, por identificación con el protagonista, en ese mundo nuevo tan diferente hasta que entienda sus reglas y se ponga de su parte. Lo interesante es cómo ambas “inclusiones” se refuerzan una a la otra para construir una película que se propone como espectáculo, nada más y nada menos, y tal vez el error resida en exigirle algo más que eso a una obra que no se propone otra meta. Una función para nada desdeñable que el cine ha cumplido desde su origen, una función que no puede (ni debe) ser juzgada a priori como negativa –ni positiva-, pero que ha tenido una gran importancia histórica con respecto al desarrollo del arte y la técnica del cine. Contra toda teoría del distanciamiento, Avatar reclama un espectador capaz de suspender el juicio y sumergirse en su propuesta; ofrece a cambio un viaje de tres horas de pura diversión, lo cual no es poco. |
FICHA TÉCNICA Avatar EEUU, 2009, 162' Dirección y Guión: James Cameron Producción: James Cameron, John Landau Fotografía: Mauro Fiore Montaje: James Cameron, John Refoua, Stephen Rivkin. Intérpretes: Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Joel Moore, Giovanni Ribsi Estreno en Buenos Aires: 1º de enero de 2010. |