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Brasil, 1968: un
cine de la resistencia Por Silvana Flores Bajo una violenta lluvia Vistió al indio
¡Qué pena! Si hubiese sido una mañana de sol El indio hubiese desnudado Al portugués” (Oswald de Andrade, Error de portugués) Brasil, 1968. Año crucial en los acontecimientos
políticos y sociales del país, que marcaron un antes y un después en los presupuestos
del arte en general. A partir de ese momento, se inicia el período histórico
más represivo en lo que respecta a libertades políticas, y el más imaginativo
en cuanto a la elaboración de estrategias estéticas destinadas a la difusión de
contenidos prohibidos. El
principal acontecimiento histórico que determinó el desarrollo de la cultura
brasileña en los años que rondan esta fecha fue la asunción al gobierno en 1967
del mariscal Arthur Costa e Silva. A partir de su mandato, se produjo un recrudecimiento
de las condiciones de represión que ya estaban instaladas desde el 31 de marzo
de 1964, y que se extenderían hasta 1985 en sus diferentes niveles de represión. A
partir de esta instancia, la promulgación de la conocida Acta Institucional N°
5 el 13 de diciembre de 1968, resultó en la suspensión de los derechos
políticos, y toda manifestación ideológica, incluyendo, por supuesto, el área
de la cultura. No
obstante, como contrapartida, fue un año muy productivo pleno de
manifestaciones artísticas que renovaron el panorama cultural de Brasil. Lejos
de coartar la creatividad, estas condiciones históricas y políticas generaron
por parte de los artistas en resistencia una serie de novedades estéticas que
no se circunscriben a un arte en particular, sino que se presentaron a la
manera de cruce interdisciplinario. Antecedentes para la transformación estética Las
diferentes ramas del arte brasileño de estos años se alimentaron de movimientos
precedentes que fueron resucitados para su reinserción en la nueva perspectiva
ideológica. Podemos mencionar, en primer lugar, el movimiento de la poesía
concreta surgido en Brasil en la década del cincuenta a través del grupo
Noigandres, y que transgredió los códigos tradicionales eliminando el verso y
el encadenamiento lineal y lógico de las palabras. El concretismo nació en el
área de las letras como un efecto del nuevo contexto histórico de la segunda
posguerra, y se interesó principalmente en acentuar los valores de la técnica.
La ruptura de la continuidad verbal, y la utilización de la palabra como
elemento plástico ha sido un referente en la cinematografía que estaría por
emerger en la década siguiente a la hora de romper con las estructuras lineales
del relato. En
segundo lugar, también han sido de extrema importancia las experiencias
llevadas a cabo en los años cincuenta en el ámbito teatral, a través de las
propuestas renovadoras de Augusto Boal desde que asumió la dirección del Teatro
de Arena en 1955, y del trabajo del grupo de teatro Oficina, fundado en 1958. Durante
la década del sesenta, ambos espacios teatrales emplearon métodos y
desarrollaron ideas que mantuvieron una comunicación con el área
cinematográfica y se orientaron principalmente a un arte preocupado por las
cuestiones políticas y sociales. Los ejemplos más paradigmáticos al respecto
han sido las representaciones de dos obras que se han constituido en ejes de la
resistencia artística ante las circunstancias políticas. Nos referimos a O rei da vela, estrenada por el grupo
Oficina en 1967 (pieza que había sido escrita treinta años antes por uno de los
ideólogos del modernismo brasileño, Oswald de Andrade), y a la obra de
Gianfrancesco Guarnieri Eles não usam
black-tie, estrenada en 1958, y que veintitrés años después encontraría su
transposición cinematográfica en un film homónimo de Leon Hirszman. Por
su parte, en el ámbito de las artes plásticas, a fines de la década del
cincuenta surgió el movimiento neoconcretista, originado en primer lugar en el
campo de la literatura. Este presentó al arte como una experiencia sensitiva
que impulsaba la participación del lector/observador/espectador como parte
activa de la realización de la obra. Esta influencia modificaría, en la
práctica cinematográfica, la concepción del rol del receptor, estableciendo a
los films como obras abiertas. En
el área de la música, los años que van de 1967 hasta fines de 1968, han sido de
vital importancia para la cultura brasileña. La causa fue la aparición de un
movimiento que se distanciaría de la tradicional Bossa Nova, y que estaría impregnado de las concepciones surgidas
de las disciplinas recién mencionadas. A su vez, estas experiencias han estado
íntimamente ligadas a las protestas asociadas a la situación de represión
ideológica de la nación. Nos referimos al movimiento tropicalista, en el que
participaron músicos como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Nara Leão y
el grupo Os Mutantes. Tuvo su origen en el lanzamiento del disco “Tropicália ou
Panis et Circensis” (1968). El tropicalismo dio a conocer a través de sus
canciones y de los actos de protesta protagonizados por sus integrantes, las
contradicciones sociales que enfrentaban al hambre y la miseria con las
consignas de orden y progreso alentadas desde el Estado. Polemizó sobre la
sociedad de consumo y la industria cultural, y se destacó por la producción de
mixturas entre lo nuevo y lo arcaico, y entre lo nacional y lo extranjero, tal
como lo habían hecho cuatro décadas atrás sus antecesores modernistas. Por
lo tanto, la música tropicalista, y junto con ella la cinematografía de fines
de los años sesenta, han tomado como referente principal al movimiento
modernista surgido en Brasil en la década del veinte, en el área de la
literatura y las artes plásticas. De él adoptaron el concepto de antropofagia, de
gran utilidad en este período de la historia por su funcionalidad a la hora de
expresar mensajes políticos de una manera disfrazada. La antropofagia, concepto
tomado del Manifiesto antropofágico
(1928), escrito por Oswald de Andrade, remite al acto del caníbal de comer a su
enemigo, como venganza ante la situación de dominio cultural. Constituye en una
estrategia para invertir los roles tradicionales de explotador-explotado,
proponiendo la devoración de la cultura extranjera con el fin de exaltar la
victoria sobre lo nacional. “Necesitamos resistir … resistir … necesito cantar” [1] Este
panorama artístico tuvo un precedente en el área de la cinematografía en el
movimiento conocido como Cinema Novo. Este se originó como una propuesta de
cambio en lo temático y lo estrictamente formal, luego de décadas de
realización de una cinematografía anclada en los modelos foráneos. El Cinema
Novo estableció un nuevo patrón nacido de las preocupaciones sociales asociadas
al hambre, la explotación latifundista y la alienación del hombre por parte de
los medios de comunicación. Propusieron hacer un cine de producción
independiente, que instalara en los espectadores una participación abierta ante
las circunstancias históricas que le tocaban vivir, y realizado por artistas
que tuvieran un compromiso político, tal como era habitual en la década del sesenta,
que fue el epicentro de este movimiento. Estos primeros años, coincidentes con
el estreno de Barravento (Glauber
Rocha, 1961), consistieron en una toma de conciencia sobre la explotación,
alienación y condiciones de vida
paupérrimas de los habitantes del Nordeste de Brasil. Estas
aspiraciones tropezaron con una serie de dificultades a lo largo de la década
entre las que se encontró el golpe de Estado de 1964, el cual dio inicio a una
nueva etapa en el Cinema Novo, caracterizada por la descripción del espacio
urbano y sus habitantes sofocados por la burocracia, la insuficiencia de la
burguesía y los interrogantes sobre el rol que deben ocupar los intelectuales
en el nuevo contexto político de la dictadura. La culminación de esta fase del
Cinema Novo tuvo lugar con el estreno de Tierra
en transe (Terra em transe,
Glauber Rocha, 1967), un adelanto del camino que iban a recorrer los
cinemanovistas en los siguientes años. Glauber Rocha inicia el film en cuestión en
una línea de continuación al desenlace de su anterior largometraje Dios y el diablo en la tierra del sol (Deus e o diabo na terra do sol, 1964).
El peregrinar del campesino Manoel por el sertão
brasileño, que lo lleva a encontrar al utópico mar es retomado en las primeras
imágenes de Tierra en transe. Una
vista panorámica nos transportará desde ese mismo mar hacia la tierra del
título, la imaginaria Eldorado, que no es otra cosa que una alegórica Brasil. Tierra
en transe es un film cargado de estímulos audiovisuales que bombardean al
espectador en su intento de englobar la cultura original brasileña. A través de
la banda sonora y de la aparición de diversos personajes representativos de la
nación, se entrelazan cantos africanos (que ponen en primer plano a la cultura
negra), la figura de los indígenas, las imágenes de cruces asociadas al acto de
la fundación de Brasil, y líderes políticos mistificados. Ese panorama es la
descripción que Glauber Rocha realiza sobre el país en la gran diversidad
étnica, cultural y religiosa que esa nación ofrece. Esta película es también intermediaria entre
dos etapas de la reflexión teórica del realizador. A través de ella se desplaza
su Estética del hambre (1965), que
declaraba a la violencia del oprimido como un elemento que traía conciencia al
explotador sobre su accionar dominador. A partir de Tierra en transe, Rocha evolucionará en su filmografía hacia lo que
posteriormente desarrolló como una Estética
del sueño (1971), la única que sería inmune a la prohibición ideológica
porque se desarrollaría en el ámbito de la anti-razón. El trance del título
constituye un primer acercamiento a esta próxima etapa irracional de Glauber
Rocha, asociada a la cultura afrobrasileña, y que tendría su desenlace y máximo
exponente en el último film del realizador, A idade da terra (1980). Tierra
en transe desarrolla la trayectoria política de un poeta, Paulo Martins,
por lo cual es indudable su adhesión a las aspiraciones de los artistas e
intelectuales de los años sesenta que anhelaron participar en la acción
revolucionaria. El vaivén ideológico de Paulo permite a Rocha cuestionar la
posibilidad de alcanzar tal objetivo. Paulo transita entre su lealtad al
fascista Porfirio Díaz (en alusión al dictador mexicano), quien le inició
políticamente, y su apoyo a Vieira, quien representa al líder populista y
paternalista, el cual se encuentra incapacitado de cumplir con sus promesas a
la hora de tomar decisiones. En medio de ellos se encuentra el pueblo, que
apenas tiene voz para protestar por sus tragedias cotidianas en la plaza, pero
que no encuentra modo de movilizarse o ser representado. La búsqueda de una
tercera alternativa en la militancia armada, y los planteos éticos al respecto
nos permiten asociar al film con los ideales de los cineastas políticos
latinoamericanos del período. El uso constante de la cámara en mano, el
montaje discontinuo y la exacerbación casi operística de las emociones de los
personajes a través del canto y el recitado (que por momentos acercan al film a
las dimensiones de la antigua tragedia griega), presentan un estilo caótico que
concuerda con el pensamiento oscuro y fatalista del protagonista. Tierra
en transe se constituye en un film solidario con las problemáticas
sociopolíticas de Latinoamérica a través de la combinación idiomática del
español y el portugués (con el uso de nombres propios en español y citas de
obras literarias de habla hispana). De esta manera, Rocha une al Brasil
portugués con la América ibérica en una perspectiva regionalista que se
continuará en los posteriores films del realizador, entre ellos Der Leone Have Sept Cabeças y Cabezas cortadas (ambas de 1970). Tierra en transe será, entonces, el
punto de articulación a partir del cual Rocha definirá su brasilidad desde el
exilio, que se constituirá en su próxima estación. Este film dio inicio también a la etapa
tropicalista del Cinema Novo, que consistió en la culminación de este
movimiento. No está de más aclarar que Caetano Veloso se sintió inspirado por
esta película a la hora de acuñar el término tropicália. Al mismo tiempo, las representaciones teatrales de la
mencionada obra O rei da vela,
fueron dedicadas al film de Rocha, con lo cual podemos ubicar a esta película
como el eje de una nueva propuesta estética del Cinema Novo. “Poca saúde e muito saúva, os males do Brasil são” [2] Esta fase del Cinema Novo, también conocida
como antropófoga, tuvo dos referentes principales en los films Macunaíma (Joaquin Pedro de Andrade,
1969) y Como era gostoso o meu francês
(Nelson Pereira dos Santos, 1971). Ambas películas tienen la particularidad de
ser de los pocos exponentes provenientes del Cinema Novo que han tenido éxito
de público. Macunaíma consiste en una
transposición cinematográfica de la novela homónima de Mario de Andrade (1928),
uno de los principales integrantes del mencionado movimiento modernista. Teniendo
en cuenta que el Cinema Novo tropicalista se ha constituido en una especie de
renacimiento del modernismo, es natural que Joaquim Pedro de Andrade haya
seleccionado una obra de tal envergadura. Tanto la novela como el film consisten en un
cuestionamiento de la exportación de valores y costumbres foráneos en el país.
En el recorrido del protagonista (que lleva el nombre del título) por selva, pueblo
y ciudad, se presenta una radiografía de un Brasil ecléctico, imposible de
unificar en una idea común de raza, ideología y costumbres. Macunaíma transita
el film a través de una constante ambivalencia: negro-blanco, bebé-adulto, bestia
(en la selva)-“príncipe lindo” (en la ciudad). De esa manera, se quiebra el
concepto de identidad del personaje: nos encontramos ante un ser desdoblado,
que asume el rol del antihéroe y el del héroe al mismo tiempo. Así, es puesta
en duda la posibilidad de establecer una identidad para Brasil. Macunaíma es el
héroe sin carácter, precisamente porque no puede fijarse un rol fijo para el
personaje en la historia. A modo de ironía, los créditos de inicio y de final
del film ponen en primer plano dos símbolos de la nacionalidad que son
cuestionados durante todo el film: la fotografía de una pintura representando
la selva brasileña, y por otro lado, en la banda sonora, el himno nacional de
Brasil, cantando a los “hombres heroicos de esta Patria”. Macunaíma
resucita algunos aspectos de la tradición cultural y cinematográfica del país con
el fin de dirigirlos hacia su transgresión. Uno de ellos es la presencia del
actor Grande Otelo, quien interpreta al personaje principal, y que fuera,
durante las décadas del cuarenta y cincuenta el prototipo, junto con Oscarito,
del actor popular al servicio del entretenimiento de las masas. Grande Otelo ha
sido sinónimo de las chanchadas,
nombre adjudicado a los films cómico-musicales que, siguiendo los modelos del
cine clásico hollywodense del mismo período, establecieron una industria cinematográfica
frondosa en Brasil, caracterizada por la realización de películas escapistas.
De ahí que el film haya producido un cambio radical en lo que respecta a la
elección estética, en comparación con otros films del Cinema Novo. Es una de
las primeras películas del movimiento filmada en colores, dotada de humor y
ornamentismo. La atracción visual de la película y la utilización de elementos
de la tradición cinematográfica popular son los probables causantes de la alta
receptividad del film en las boleterías. A través del trabajo de Joaquim Pedro de
Andrade podemos englobar toda una serie de películas producidas a partir de
1968 y 1969, que utilizaron la metáfora y la alegoría como vehículos para la
expresión ideológica. Entre ellos se
encuentran films como Antonio das Mortes
(O dragão da maldade contra o santo
guerreiro, Glauber Rocha, 1969) y Pindorama
(Arnaldo Jabor, 1970). Tupí, or not tupí:
that is the question [3] Otro
film crucial dentro de esta corriente del tropicalismo cinematográfico ha sido Como era gostoso o meu francês. Al
igual que Macunaíma, esta película
también suscitó un éxito poco habitual, aunque ya instalado luego de la
experiencia previamente mencionada. Aquí vuelven a tomar un lugar preponderante
las elaboraciones teóricas de Oswald de Andrade y su metáfora del canibalismo,
pero esta vez de una manera literal y descriptiva del concepto de antropofagia.
La deglución del enemigo por parte del caníbal no es un mero producto del deseo
de satisfacer el hambre, o del primitivismo adjudicado por el colonizador a las
tribus indígenas. El film escenifica un acto de venganza, que tiene una
implicancia cultural. Pereira dos Santos remarca el
canibalismo de los indígenas de esta tribu desde el punto de vista destacado
por Michel de Montaigne (autor que inspiró a Oswald de Andrade), en su ensayo
“De los caníbales” (1580): “… creo que no hay nada de bárbaro ni de salvaje en
esas naciones, según lo que se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual
llama barbarie a lo que es ajeno a
sus costumbres” (Montaigne: 1980,15). El
film de Pereira dos Santos toma como fuente las crónicas de viaje de misioneros
y navegantes como Jean de Léry, Hans Staden y José de Anchieta, cuyos
testimonios son ilustrados de manera irónica con el fin de transgredir la
visión propuesta en las mismas. Una de las referencias más productivas en el
cuestionamiento ideológico propuesto por el film se trata de los escritos de
Staden cuyas aventuras entre los integrantes de la tribu tupinambá, quienes
fallaron en su propósito final de comerlo, fueron expuestas por él mismo en un
libro que data de 1557: “Verdadera historia y
descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales, situado en el
Nuevo Mundo, América”. Evidentemente, como el mismo título lo demuestra, la
posición de hombres como Staden demuestra un énfasis en la creencia de que era
necesario domesticar a esos seres y dar a conocer una verdad exógena sobre sus
propios orígenes y valores. El film se inicia a través de una voz over que realiza la lectura de la carta
del almirante Nicolas de Villegaignon y en la que se presenta el siguiente
panorama sobre la vida de los indígenas: “El país está desierto y abandonado …
hay mucha gente feroz y salvaje sin ninguna cortesía ni humanidad … verdaderos
animales con figuras de hombres”. El texto, cargado de etnocentrismo, es
contradicho por las imágenes, que presentan como bárbaros a los conquistadores,
y de esta manera, la película instaura una polémica con las fuentes históricas
de las que bebe. El francés al que se hace referencia en el título del
film, es un conquistador que llega a la tierra de Brasil como parte de la
empresa colonizadora, y es capturado por portugueses. Luego de toparse en su
huida con los miembros de la tribu tupinambá, es confundido como portugués por
los nativos, y por lo tanto es tomado como enemigo a aniquilar. El tratamiento
que se le otorga es coincidente con el procedimiento narrado por Montaigne en
su mencionado ensayo, que consistía en la cordialidad hacia el prisionero, la
entrega de una serie de comodidades, entre las que se incluye alimento,
vivienda y aún una mujer, pasando un largo tiempo de convivencia con sus
futuros devoradores. La secuencia final de la película constituye el eje
ideológico que servirá de contrapunto con las fuentes textuales antes
mencionadas. A través de la captura del francés, por medio de la amante que se
le había adjudicado, Pereira dos Santos revierte la relación tradicional de
poder-deseo: el hombre se somete al poderío de la mujer, el conquistador pasa a
ser conquistado. El plano detalle de los ojos de su amante mirando a cámara
mientras come los restos del cuello del francés resume la imagen del acto de
deglución como consumación de la venganza. Una estética de la impotencia Por
último, si hablamos de cambios en la producción cinematográfica de Brasil es
menester hacer mención de un movimiento surgido a partir de 1968 y que perduró
hasta 1973, conocido como Boca do Lixo. También se le ha otorgado el nombre de udigrudi, que es una especie de deformación
del vocablo inglés underground luego
de su adaptación al portugués. Se trató de películas de producción
independiente, planteadas como una cinematografía de tipo marginal. Entre sus títulos y realizadores mas conocidos podemos
mencionar O bandido da luz vermelha
(Rogério Sganzerla, 1968), Matou a familia
e foi ao cinema (Julio Bressane, 1969) y Bang Bang (Andrea Tonacci, 1970). No es casual que esta clase de
películas haya emergido precisamente en el momento de recrudecimiento de las
libertades políticas del país, y podemos afirmar por esa causa, que estos films
son una respuesta a las condiciones de vida durante la dictadura. Sin embargo,
la forma de dialogar con el contexto histórico en el que se realizaron no se
corresponde a ninguna de las estrategias llevadas adelante por el Cinema Novo en
sus diferentes etapas. Se trata de películas intencionalmente malogradas,
descuidadas en cada uno de los códigos del lenguaje cinematográfico tradicional
(desde la linealidad narrativa hasta el cuidado de la planificación y el
montaje). Lejos de pretender hacer un cine autoral y que transgreda las normas
del relato clásico, estos films se establecen como un reflejo de la sociedad
brasileña: a través de sus personajes bestializados, suicidas y amorales, y de
las escenas con seres vomitando, eructando y hablando con la boca llena, se
procura adrede la realización de un cine pretendidamente subdesarrollado. A
diferencia del Cinema Novo, cuyos participantes mantuvieron ideales firmes
acerca de una posible transformación de la sociedad a través de sus películas,
y estuvieron alineados a una integración del cine proveniente del Tercer Mundo,
los cineastas marginales filmaban con la idea de hacer películas que concuerden
con la imagen de miseria que observaban en derredor. Polemizando con la Estética del hambre de Glauber Rocha,
que marcó a la primera generación de cinemanovistas y los dirigió a un cine de concientización
y movilización, los realizadores de Boca do Lixo plantearon una “estética de la
basura”, exponiendo un submundo plagado de seres despreciables, contemplados ya
no como víctimas de la miseria sino mimetizados con ella. La estética de la
basura carece de características combativas; representa más bien un estado de quebrantamiento,
hastío y resignación. Del Cinema Novo al Udigrudi, transitamos de un cine revolucionario
a un cine de la frustración. Podríamos
concluir que el cine brasileño de fines de los años sesenta y principios de los
setenta se vio afectado por ciertas limitaciones asociadas a su contexto
histórico, y encontró la forma de oponerse a ella a través de la reelaboración
de estrategias estéticas que estaban germinando desde décadas precedentes. En
un contexto diferente a las aspiraciones revolucionarias con las que habían
inaugurado la década y a través de la readaptación de los recursos del modernismo
y el tropicalismo, surgió una generación que supo ofrecer un cine de
resistencia, en algunos casos metafórico, en otros con un alto grado de
pesimismo, pero que permitió encontrar una salida alternativa al exilio y
perpetrar una continuidad en la producción de films en Brasil. Notas [1] Esta frase forma
parte del guión de Tierra en transe
en boca del personaje principal. [2] En español: “Poca salud y muchas hormigas, son los
males de Brasil”. Consiste en una frase pronunciada por el protagonista de Macunaíma, que funciona como una
especie de lema de la visión del héroe sobre la realidad nacional. [3] Frase que forma parte del Manifiesto antropofágico, de Oswald de Andrade, y que resume la
estética del canibalismo como una absorción de los elementos foráneos para su
transgresión y apropiación nacional. Bibliografía Aguilar, Gonzalo.
2003. Poesía concreta brasileña: las
vanguardias en la encrucijada modernista. Rosario: Beatriz Viterbo. Andrade, Oswald de.
2008. Escritos antropófagos. Buenos
Aires: Corregidor. Campos, Augusto de; Pignatari, Décio; Campos,
Haroldo de. 1975. Teoría da poesía concreta. Textos críticos e manifiestos
1950-1960. São Paulo: Livraria Duas cidades. Favaretto, Celso.
1996. Tropicália. Alegoria Alegria.
São Paulo: Atelie Editorial. Montaigne, Miguel
de. 1980. Ensayos. Miguel de Mongaigne.
Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. Ramos, Fernão.
1987. Cinema marginal (1968/1973). A
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2008. Um cinema brasileiro antropofágico?
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2004. Revolução do Cinema Novo. São
Paulo: Cosac Naify. Xavier, Ismail. 2004. O cinema brasileiro moderno.
São Paulo: Paz e terra. |
Título en castellano: Tierra en transe
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