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Lo inimaginable Por Griselda Soriano
En medio de la maraña de films entre los que el espectador se ve obligado a escoger en cada edición del BAFICI, suele ser cada vez más difícil encontrar uno que sorprenda, que se aparte de la norma; aun siendo éste un festival dedicado al cine independiente y, si bien siempre es posible encontrar en él muchas y muy interesantes producciones, es cierto también que el espectador que lo frecuente seguramente ya habrá descubierto un cierto estándar, un aire de familia que puede distinguirse en su programación. Por ese motivo, aunque sin por eso afirmar que la sorpresa sea el valor desde el cual el interés de una película deba medirse, cuando una película se aparta de este aire, se destaca. Y si además de diferente su propuesta resulta interesante, merece una reflexión. Zoo (Robinson Devor, 2007), por diversos motivos, es una de esas películas. Zoo sorprende tanto desde su forma como desde su contenido. El film se interna en un tema tan poco usual como delicado: la zoofilia. Y lo hace de un modo, también, inusual. Zoo parte del caso real de un hombre que murió al ser penetrado por un caballo, develando la existencia de una red de zoofilia en un pequeño pueblo rural norteamericano. ¿Cómo narrar semejante historia, inconcebible para la mayoría de los mortales? Los riesgos son muchos; desde la demonización hasta el exhibicionismo innecesario, son demasiados los peligros que acechan al realizador que se enfrenta a temas como este. Pero Devor sale airoso del desafío al tomar unas decisiones estéticas -y también éticas- por lo menos sorprendentes. Así, partiendo de este extraño hecho, construye un documental complejo, totalmente fuera de lo común. Es difícil comprender, durante las primeras secuencias, qué tipo de film estamos viendo. Lo que se presenta al espectador son imágenes no muy claras acompañadas de voces over que narran la historia o sus impresiones subjetivas sobre ella. Pero, con el correr del film, vamos descubriendo que esas voces over son extractos de entrevistas realizados a las personas involucradas en el caso (hombres que formaban parte de la red de zoofilia, una mujer parte de una sociedad protectora; dos formas muy distintas de entender el “amor” a los animales), lo cual, si quedaban dudas, termina de evidenciarse al rogar una de esas voces “apágalo, por favor…” al recordar ciertos momentos, y más tarde es confirmado por una placa ubicada al final del metraje. Ésta permite inferir además otro detalle sorprendente: en su mayoría, los protagonistas (reales) de la historia participaron como actores en el film. Estos testimonios se combinan con “recreaciones” visuales hiperestetizadas; el film cuenta con un obsesivo trabajo de fotografía y cámara que contrastando luces y sombras, realizando encuadres descentrados, trabajando con el foco y la profundidad de campo o realizando lentos travellings que se internan de a poco en un espacio rural que se vuelve cada vez más extraño -para mencionar tan sólo algunos de los recursos utilizados-, va dejando entrever esta historia, estructurando de este modo un relato que confía por completo en el poder persuasivo de la sutileza. Y si escribimos “recreaciones”, así, entre comillas, es porque la imagen de Zoo no aspira a reconstruir la realidad, que permanece siempre inasible, fuera de la pantalla, inimaginable, sino que se muestra como una construcción paralela a esta realidad, a la que sólo alude, metonímicamente. Las mismas imágenes, poéticas, velan las situaciones que muestran, así como en muchas ocasiones los rostros de sus protagonistas; de este modo contrastan con la crudeza de las confesiones y relatos en over de los involucrados que, con perturbadora sinceridad y sencillez, explican las situaciones vividas y sus motivos personales. Imagen y sonido (además de la edición de las entrevistas, el film cuenta con un riguroso trabajo de sonido y musicalización) son tratadas en Zoo con igual dedicación; corren por momentos en paralelo, funcionando en contrapunto y por otros, convergen y se entrelazan, fundiendo pasado y presente, realidad y representación. Apartándose por completo de las acusaciones maniqueas, permitiéndole al espectador la tarea de juzgar a los protagonistas -si lo considera necesario-, Zoo se propone dos esfuerzos paralelos: por un lado, intentar comprender lo incomprensible; por otro, crear y mantener la distancia necesaria –dejando fuera de campo la crudeza de los hechos; construyendo imágenes que se vuelven por completo irreales- para narrar semejante historia sin caer en lo burdo ni en la tentación del exhibicionismo. En vez de recurrir a una imagen realista, efectista, con el fin de impresionar al espectador, Devor elige desnaturalizarla, haciéndola chocar con la naturalidad con la que los involucrados en la historia parecen entender lo sucedido y su participación en ello. En un interesante doble juego, las imágenes se asumen como incapaces de dar cuenta de la realidad que representan, pero, por otra parte, es justamente la imagen de un televisor la que exhibe la evidencia de un hecho imposible de asumir en la única escena en que el film se vuelve explícito. Pero si bien los personajes necesitan de las imágenes para poder creer algo que excede por completo la imaginación, el film sabe que hay cosas que ninguna imagen es capaz de mostrar. Develando la existencia de un mundo oscuro, pero manteniéndolo velado, entre sombras, casi sin concesiones al voyeurismo del espectador, Devor construye un film siniestro, perturbador, que se atreve a mirar en la oscuridad y enfrentar cara a cara lo incomprensible. |
![]() FICHA TÉCNICA Zoo Estados Unidos, 2007, 80' Director: Robinson Devor Guión: Robinson Devor, Charles Mudede Fotografía: Sean Kirby Dirección de Arte: Alisom Kelly Montaje: Joe Shapiro Música: Paul Matthew Moore Producción: Peggy Case, Alexis Ferris Producción Ejecutiva: Daniel Katz, Randy Manis, Jeff Sackman, Mark Urman, Garr Godfrey Intérpretes: John Paulsen, Ken Kreps, Richard Carmen, Susan M. Carr |