
Ciclo de cine en conmemoración a los 40 años del Mayo Francés Sala Leopoldo Lugones. Del 2 al 11 de Mayo 2008 Guy Debord y el contra-cine situacionista Por Marta Casale
Sin duda, entre los films seleccionados para rememorar el estallido del
'68, los de Guy Debord se destacan como los más revolucionarios
fundamentalmente porque siguen siendo -tal vez más hoy que en
aquellos tumultuosos años- los más lejanos a nuestro
horizonte de expectativas ¿Cómo entender, en estos
días en que la imagen ha invadido la totalidad de nuestra vida
cotidiana, un cine que renuncia descaradamente a ellas; que prefiere la
pantalla en negro o en blanco a la narración audiovisual; que
sólo se permite imágenes fuera de contexto o fotos fijas
para ilustrar un discurso indisimuladamente teórico?
Lejos del cine al que estamos habituados, sus películas Sobre el pasaje de algunas personas a través de una unidad de tiempo bastante corta (1959), Crítica de la separación (1960), La sociedad del espectáculo (1973), Refutación de todos los juicios, tanto elogiosos como hostiles que fueron inducidos por el film “La sociedad del espectáculo” (1975) y Damos vueltas en la noche y somos devorados por el fuego (In girum imus nocte et consumimur igni) (1978), intentan exponer su pensamiento con claridad didáctica pero rechazando cualquier recurso cinematográfico. En ellas, su crítica a la sociedad, las salidas que propone y su inalterable compromiso son formulados en forma categórica y en primera persona, no dando lugar a las medias tintas. Su lectura es lúcida y cruel, vigente como pocas. De todos sus films, sin embargo, es Aullidos a favor de Sade (1952) el que mejor expresa la filosofía situacionista que profesa. Se podría decir que no es una película, es una experiencia, una situación. Los aullidos no provienen del espectáculo, se producen en la platea. Ni siquiera el público del San Martín, acostumbrado a las vanguardias y el cine menos comercial, puede digerir los más de treinta minutos de pantalla en negro sin sonido alguno. La revolución se produce casi enseguida. Es como una especie de escozor que se va generando y creciendo a medida que el procedimiento se repite y a la oscuridad cada vez más duradera le sigue una cada vez más breve y resplandeciente pantalla en blanco acompañada de frases inconexas. En la sala, primero sobrevienen las protestas, más o menos airadas. Luego las bromas a viva voz. Finalmente, cuando llega la comprensión, son muchos los que abandonan la butaca en busca de la salida. Pero lo realmente asombroso es lo que se genera entre los que quedan. Esa comunidad que termina creándose donde se comparten ideas, información y hasta se pueden comentar las sombras chinas que alguien se atrevió a proyectar sobre el telón vacío. Tal como quería Debord, el espectáculo cede paso a la vida, la pasividad a la actividad creadora. Y en rigor, parecería que se han cumplido sus palabras: El cine ha muerto. Mejor pasemos directamente al debate. |