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Algunas reflexiones propias y ajenas en torno a los diez años del BAFICI Por Griselda Soriano
Diez años no es poco para un festival de cine independiente. El BAFICI alcanzó este año sus diez primeras ediciones, y esto despertó celebraciones y debates múltiples, tanto en diversos medios como impulsados por el mismo festival. El ángel exterminador ha seguido de cerca el crecimiento de este espacio, así como el BAFICI, sin quererlo, ha acompañado de alguna manera el nuestro: hace diez años, por ejemplo, buena parte del staff de la revista ni siquiera había terminado sus estudios secundarios, pero ya comenzaba a acercarse a sus salas. Lo mismo sucede con muchos de los que ahora frecuentan el festival; en el BAFICI se criaron varias generaciones de cineastas, críticos y cinéfilos. Es por esta cercanía, más que por una cuestión meramente conmemorativa, que decidimos continuar las reflexiones propuestas desde el festival acerca de estos diez años, tomando como disparadores las líneas propuestas en el texto de Sergio Wolf, flamante director, incluido en el catálogo, y La mirada febril (2008), film de Rafael Filippelli realizado para la ocasión. Y es también por esa cercanía que este texto, casi sin quererlo, no pudo evitar exceder el firme terreno académico del análisis para adentrarse en el ámbito mucho más pantanoso de la opinión. Al BAFICI le llevó varias ediciones asentarse, tomar forma, encontrar una identidad. Pero a lo largo de los años logró ir desarrollando un perfil; cualquiera que haya frecuentado el festival puede ver una película e identificarla con éste, saber si entraría o no dentro de su programación. Con esta afirmación abre Wolf el texto que -luego de los discursos de los políticos de turno- inaugura el catálogo: el BAFICI tiene un perfil definido. Esto es, por un lado, positivo: que un festival sea a la vez joven y haya logrado la madurez suficiente como para autodefinirse, es un logro importante. Pero por otro lado, sobre todo en lo que respecta al cine nacional, resulta muy claro, demasiado claro, qué tipo de películas puede competir en él y qué tipo de películas no. Y tratándose de un festival de cine independiente, sería deseable que eso sea un poco menos predecible, y que los criterios de selección fueran un poco más abiertos. Tal vez el BAFICI no logre despegarse de la estética de aquel segundo nuevo cine argentino cuyos comienzos acompañó, pero hoy, a una década del nacimiento de ambos, la “independencia” en el campo cinematográfico de nuestro país ha comenzado a redefinirse. Puede que sea necesario acompañar esa redefinición, si es que la identidad del festival se basa en la defensa de lo independiente, y no de una determinada estética. Esto deriva en otra reflexión ineludible. Porque el concepto de cine “independiente” se ha vuelto hoy cuestionable; aunque, es preciso reconocerlo, no solamente dentro del BAFICI. ¿A qué nos referimos hoy cuando hablamos de “cine independiente”? ¿A la producción? ¿A la difusión? ¿A las elecciones estéticas? ¿A todo eso? Si es bastante sencillo, como decíamos, reconocer el “perfil” estético-ideológico de las películas que se presentan en el BAFICI, resulta en cambio muy difícil saber cuál es la línea que adopta el festival en lo que a la “independencia” respecta. Pero el problema de la independencia no afecta al festival sólo en lo que a sus contenidos respecta; esta cuestión también se extiende a su funcionamiento. El BAFICI ha logrado mantenerse a flote más allá de cambios políticos varios, pero se hace necesario implementar medidas que hagan que estos vaivenes lo afecten lo menos posible. Para concluir con estas reflexiones en torno a la idea de "independencia", queremos destacar uno de los puntos más interesantes del texto de Wolf (y que esperamos que pueda implementarse): la idea de extender el Festival más allá de sí mismo; de hacer que deje de ser, en palabras del director, una “isla”, para integrarse en el campo cultural y superar su primer círculo de espectadores. Independizándose de sí mismo, el BAFICI podría enriquecer muchas más miradas que las habituales, y colaborar en la formación de un púlbico al que todavía le cuesta (y mucho) aceptar propuestas que difieran del promedio hollywoodense. También con motivo de los diez años del Festival, se le encomendó a Rafael Filippelli la tarea de realizar un documental que diera cuenta de esta trayectoria. Así nació La mirada febril. Con su particular estilo, Filippelli combinó entrevistas a diversas personalidades relacionadas con el pasado, presente y futuro del festival, escenas de realizadores clave -tanto nacionales como internacionales- que pasaron por sus salas, con una voz over ampulosa y reflexiva, e imágenes ficcionalizadas que intentan dar cuenta de (¿o caricaturizan?) la cinefilia que puebla el BAFICI. Con todo esto, construyó una película que, por suerte, se aleja de la idea de celebración para proponer en cambio una reflexión. Aun deplorando la separación forma/contenido, podemos decir que lo más interesante del film no está en tanto en el modo en que relata, sino en las ideas que se desprenden de las entrevistas y los textos en over, y de su interconexión. La mirada febril no es sólo un film-homenaje, sino también -lo que es más importante- un disparador para los debates y preguntas que todos nos hemos hecho en estos diez años del festival. La película se abre con un texto que destaca la permanencia de un evento cultural como el BAFICI más allá de las abruptas idas y venidas de la política argentina; la importancia del festival como un espacio que dé lugar a, en palabras de Filippelli, “lo nuevo de lo nuevo, en un mundo donde el cine se hace a repetición”. El texto también anticipa quiénes serán los dos grandes ausentes: Andrés Di Tella y Fernando Martín Peña, el primero y el último de los directores del festival, antes de la llegada apurada de Sergio Wolf. Y pesan estas dos ausencias, pero muchos más son los presentes. Del lado de los realizadores, aparecen aquí varios directores nacionales cuya trayectoria estuvo marcada por el BAFICI: Mariano Llinás, Albertina Carri, Lisandro Alonso, Celina Murga, Juan Villegas, Pablo Trapero, Martín Rejtman, Verónica Chen, Santiago Palavecino, Inés de Oliveira Cézar, Edgardo Cozarinsky. A partir de sus propios testimonios y de fragmentos de sus films acompañados por reflexiones en over, La mirada febril da cuenta de esa estrecha relación entre el Nuevo Cine Argentino de los ’90 y el festival que le abrió las puertas. Y traza un arco que va desde estos estrechos primeros contactos, sin los cuales varias películas no habrían siquiera existido (como afirma Llinás de su film Balnearios [2002]), hasta una actualidad donde realizadores que comenzaron en el BAFICI y alcanzaron (en parte gracias a eso) una trayectoria internacional, prefieren ahora exhibir sus films en otros festivales. Lo cual, más que plantearse como una “traición”, debería abrir una autocrítica que permita entender el verdadero papel que juega el BAFICI en el circuito internacional, un papel mucho menos importante de lo que a veces se quiere creer. Por otro lado, La mirada febril también rinde homenaje, a través de sus propias imágenes, a aquellos grandes directores internacionales cuyos nombres se volvieron familiares gracias a las pantallas del BAFICI: Chantal Akerman, Tsai Ming Liang, Abbas Kiarostami, Alexander Sokurov, Pedro Costa, Albert Serra, Pere Portabella, Jean-Marie Straub y Danièle Huillet. Por supuesto, la figura ineludible de Godard sobrevuela todo el film; porque en estos diez años, dice Filippelli, “algunos vanguardistas se convirtieron en clásicos.” Del lado de los críticos, se hacen presentes figuras como Diego Battle, Gustavo Noriega, Luciano Monteagudo, David Oubiña y Quintín, quien en su doble rol de crítico y ex-director del festival ofrece algunas de las reflexiones más lúcidas sobre la inasible categoría de “cine independiente”. Por un lado, si entendemos como “independiente” al cine argentino realizado sin ningún tipo de apoyo del INCAA, es difícil incluir en esta categoría a buena parte de las películas exhibidas en el BAFICI. Por otra parte, Quintín abre un incómodo cuestionamiento a la idea de vivir del cine, entendido esto como vivir gracias a subsidios estatales que se otorgan a películas que no tienen público, cuyas inversiones, por lo tanto, jamás se recuperan. Las opiniones de Quintín plantean también interrogantes en torno a las coproducciones internacionales: indispensables dado el estado de cosas actual del cine nacional, estos productores internacionales generan cada vez más la impresión de ser exploradores en un safari antropológico. ¿A quiénes benefician estas coproducciones? En esta situación, en que conseguir un crédito o un inversor extranjero se vuelve prácticamente imprescindible para cualquier proyecto ¿no se vuelve acaso el dinero más importante que las películas? ¿No invierten más tiempo y esfuerzo los realizadores en conseguir financiación que en sus mismos films? El film de Filippelli cierra con una crítica a los realizadores de este nuevo cine argentino que ya no lo es tanto, a los jóvenes directores que hoy corren el riesgo de des-independizarse, de estandarizarse, atrapados en esta red interminable de subsidios, coproducciones y festivales, en un modo de producción y una estética que ya están exigiendo, a gritos, otra renovación. La mirada febril excede, como decíamos en un comienzo, la idea de homenaje: está presente, sí, el reconocimiento a la persistencia de un festival que ha conquistado y mantenido su identidad, que se ha constituido como un espacio de aprendizaje y de pertenencia para las nuevas generaciones cinéfilas, y que se ha revelado como productivo tanto para los cineastas como para los espectadores y críticos. Pero no deja por eso de lado la crítica, vehiculizada no pocas veces por el humor, esa crítica hoy necesaria y urgente para que esta identidad conquistada no signifique un anquilosamiento, para que la independencia siga siendo (o vuelva a ser) la bandera del festival. |