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Por Griselda Soriano
El latido de mi corazón es un film nacido de manera extraña: Jacques Audriard, un interesante director francés que con tan sólo cuatro largometrajes en once años ha demostrado un innegable talento (el último que conocimos fue Lee mis labios , estrenado en Argentina en el año 2003) tomó como punto de partida para su obra una poco conocida película norteamericana de culto de los años '70: Fingers (1978), opera prima de James Toback, protagonizada por un joven Harvey Keitel. Estamos acostumbrados a que grandes estudios norteamericanos nos ofrezcan versiones decadentes de pequeñas películas de calidad, pero aquí nos encontramos con el caso opuesto: el de un verdadero autor que partiendo de un film ajeno realiza esta gran obra que, al mismo tiempo que se presenta como personal y original, revive y actualiza el espíritu del cine norteamericano de los '70 (en la línea de, podría decirse, Taxi Driver [Martin Scorsese, 1976]) , aquel cine de mundos oscuros, plagado de antihéroes violentos y conflictivos.
Tom (Romain Duris) es un joven matón que sigue los pasos de su padre (Niels Arestrup), un agente de bienes raíces cuyos métodos son un tanto violentos, y para el cual lleva a cabo el trabajo sucio que éste ya no está en condiciones de realizar. Pero un nuevo rumbo se abre ante él cuando por azar se cruza con el antiguo representante de su madre, una talentosa pianista ya fallecida, que le ofrece una audición. Para prepararse comienza a tomar clases de piano con una profesora vietnamita (Linh Dan Pham) que, dicho sea de paso, no entiende una palabra de francés, y comienza a reencontrarse con la música. A partir de entonces su vida oscilará entre estos dos universos opuestos, que se volverán cada vez más irreconciliables, y será a través de la relación dialéctica entre las determinaciones y las elecciones que Tom deberá enfrentar, que el personaje y el film se irán definiendo.
Es el conflicto entre estos dos mundos, el del arte y el de la violencia, el que sostiene todo el film. Y si bien esto puede sonar, dicho de este modo, como un planteo un tanto maniqueo, una nueva versión de la eterna lucha entre el Bien y el Mal, no es este el estilo que adopta el director, que en cambio se inclina por desarrollar los matices entre estos dos polos, presentándolos como una irreductible contradicción en medio de la cual se debate el protagonista.
Estamos frente a un film que, a través de todos sus procedimientos, se concentra en el desarrollo del conflicto del personaje: Tom no sólo es el protagonista indiscutido de esta historia, sino que son sus cambios, su evolución, lo que guía la película, más que la resolución de una determinada situación. Esta centralidad es apoyada desde una puesta de cámara claustrofóbica, a través del uso casi constante de primeros planos, y también de numerosos planos detalle que ayudan a caracterizar al personaje en su permanente contradicción. Un hermoso ejemplo de esto es la importancia otorgada a las manos de Tom, manos que golpean con tanta violencia que parece prácticamente imposible que sean las mismas que luego se acercan tímidas y nerviosas a las teclas; esta conjunción de opuestos se ve reflejada más tarde en el plano detalle de una mano surcada por una cicatriz que toca el piano con suavidad.
Audriard se demuestra experto en la construcción de personajes, y va redefiniendo a Tom a cada momento, a partir de las diferentes situaciones que atraviesa y los diversos ámbitos en que se desenvuelve, describiéndolo a través de sus acciones y su relación con los demás. Tom es un individuo complejo, multifacético y contradictorio, al que parece alterarlo más un error en su práctica de piano que amenazar de muerte a los deudores de su padre: pintado en un comienzo como un sujeto violento y seguro de sí mismo, se revelará luego como un hijo sometido por un padre cuya autoridad, sin embargo, está comenzando a decaer, o como un hombre sensible al que lo intimida tener que interpretar una pieza frente a su profesora de piano (la extraña relación que se desarrolla entre ambos brinda algunos de los momentos más divertidos del film). Sin duda la actuación de Romain Duris es un punto importante en la caracterización de este complejo personaje, y para ello cuenta con el apoyo de un conjunto de sólidos actores entre los que se destacan Linh Dan Pham, como su profesora, y Niels Arestrup, que construye un padre tan despreciable como querible.
Los aspectos técnicos se entrelazan con la historia y contribuyen a reforzarla: un montaje brusco y la constante cámara en mano, utilizada con precisión, expresan la tensión del personaje, el ajetreo del mundo en el que se halla inmerso, contrastándolo con momentos de calma, generalmente relacionados con el mundo de la música; la fotografía, por su parte, se muestra por momentos plagada de oscuridad, mientras que en otros planos la luz invade la pantalla. La música, como no podría ser de otra manera, juega un papel fundamental tanto en la vida de Tom como en la construcción del film: el director mezcla géneros que van desde las piezas clásicas interpretadas por Tom en sus clases hasta estilos actuales como el rap y el hip hop que acompañan algunas escenas.
El latido de mi corazón es la historia de un hombre que se construye a sí mismo; podemos, partiendo del psicoanálisis, leerla desde de la oposición entre lo paterno y lo materno, entenderla como el esfuerzo de un hombre por separarse de su padre y reencontrarse con su madre, por regresar a lo que promete ser un mundo pleno, ajeno a la decadencia de lo cotidiano.
Dicen por ahí los existencialistas que el hombre se define a través de sus acciones, a través de sus elecciones. Que aun librados al mundo que nos toca, en el caso de Tom, un mundo plagado de violencia, podemos y debemos construir nuestro propio camino. El latido de mi corazón nos permite asomarnos al momento en que un hombre descubre que la elección es no sólo posible, sino también necesaria e ineludible. Ante Tom se abre una nueva posibilidad a partir del instante en que reconoce que es él, y no otro, el responsable de su propio destino; esa otra posibilidad, representada por la música, siempre estuvo al alcance de su mano, pero sólo logra verla cuando comienza a hacerse cargo de sí mismo. Sólo el arte parece capaz de elevarlo y sustraerlo de ese mundo de violencia al que parece estar destinado, de desplegar ante él otro universo, otro futuro, otra manera de relacionarse con los demás y consigo mismo, porque a través del arte aprende a elegir. A medida que se afianza su capacidad de actuar sin entregarse pasivamente al mundo que lo rodea, estos dos universos tan opuestos se van haciendo cada vez más incompatibles, y la elección se vuelve inminente. Si logra escapar hacia un futuro mejor no será el arte mismo, como esencia, como ideal, sino su opción por otra vía lo que lo salve. Quizás este sea otro posible punto de partida a la hora de reflexionar acerca de este film: la relación entre elecciones y determinaciones, la responsabilidad del hombre frente a su propio destino; puede ser que, al menos en el mundo de El latido de mi corazón , sino en el nuestro, el hombre realmente esté condenado a ser libre.
Ficha técnica:
El latido de mi corazón
De battre mon coeur s'est arête , Francia, 2005.
Dirección: Jacques Audiard
Guión: Jacques Audiard, Tonino Benacquista
Producción: Pascal Caucheteux
Edición: Juliette Welfling
Fotografía: Stéphane Fontaine
Música: Alexandre Desplat
Intérpretes: Romain Duris, Niels Arestrup, Linh Dan Pham, Aure Atika, Emmanuelle Devos, Jonathan Zaccai
Estreno en Argentina: 15 de junio de 2006