El regreso de la piraña

 

                                Por Jorge Medina

      Dentro del cine de género existen, qué dudas caben, subgéneros como el de “las familias disfuncionales” (como bien señaló José Pablo Feinmann a propósito de la La celebración , traicionando ella misma las prohibiciones del Dogma 95) y el de “juicios” o tribunales. Aunque éstas últimas películas, mucho más numerosas, pueden constituir un género en sí mismo, pero que dio nefastos resultados y a las que más de un espectador debería hacerle juicio.

No es el caso de La comedia del poder de Claude Chabrol, un director que por suerte no perdió el juicio, quien realizó esta película de jueces (o de jueza). Chabrol fue junto a Eric Rohmer otro gran exégeta de la obra de Hitchcock y, nunca está demás decirlo, su obra se apoya sobre el film-noir , el policial, el enigma, el thriller, el homenaje y guiño hitchcockiano. Pero también en el tropiezo ( Betty , 1992), la boutade gruesa ( Días tranquilos en Vichy , 1989) y la incomprensión ( Madame Bovary , 1991). Así, Chabrol abandona –esperemos que para siempre- los relatos costumbristas sobre la burguesía francesa (provinciana), no exentos de fallas en el guión y una puesta en escena mezquina, exceptuando, claro, La ceremonia (1995). Estos retratos lo hacen merecedor del mote “entomólogo”, como en el documental de André S. Labarthe ( Claude Chabrol, l'entomologiste , 1991), es decir, la burguesía como bichos. O debemos corregirnos y quizás llamarlo ictiólogo: “¡No porque viva como un burgués sea uno! ¡No porque yo viva como una trucha sea una trucha –o tal vez un salmón!”, le respondía a los Cahiers du Cinéma en un número especial dedicado a su obra.

Aquí en La comedia del poder , vuelve a trabajar con “la trucha” ( La truite de Joseph Losey, 1982) Isabelle Huppert, la auténtica alma mater del director, más que Stéphane Audran, más que Bernadette Lafont o Michel Serrault y Jean Poiret. La Huppert es “la piraña” (otro pez), el apodo para esta maitre , en este caso una jueza llamada con uno de los mejores nombres que dio el cine: Jeanne, Juana como la santa nacional, Charmant-Killman, o sea “encantadora mata hombres” (el plural es nuestro). Un film que es didáctico para el mercado sajón, pero universal a nuestros ojos; la investigación sobre la corrupción en la política y sus negociados con los factores del poder económico, ese quinto poder, el que le sigue al periodismo. Pero si la jueza está inteligentemente bautizada, el título del film no, L'ivresse du pouvoir –ivresse no significa comedia- es redundante, pues el poder es embriagador per se . Como embriagante es el plano secuencia que abre el film en el que ese presidente poderoso para sus empleados, generoso para su familia (a la que no veremos sino bien avanzada la trama) se va desmoronando, se va pudriendo. Con la cara roja, barbuda pero canosa, se consume por una alergia minúscula. Hasta su detención por la policía y por corte, el presidente Humeau (François Berléand, una máscara puramente cinematográfica) se las tiene que ver con la ley despojado de sus pantalones. Recién ahí aparecen los créditos, los que dicen –ya lo sabíamos- dirigido por Claude Chabrol.

Este plano secuencia se instala en el tiempo cotidiano de este personaje, anulando el tiempo representado, apoyándose en la absoluta banalidad de un hombrecito que es apresado como una bestia. Así como en Que la bestia muera (Chabrol, 1969) hay una retención que termina en estallido. Puede suceder que sea un “falso culpable”, pero también puede tratarse asimismo de la aprensión de un Adolf Eichmann (tal vez por eso fallaron las películas sobre la captura del criminal nazi en Argentina, si al menos hubiesen puesto en escena un plano secuencia mostrando el punto de vista del monstruo con disfraz de cordero, otro hubiese sido el resultado desde lo cinematográfico).

Humeau, sus sucesores, los políticos y el poder judicial que está por encima, tendrán que vérselas con otro monstruo,un carácter recurrente en la filmografía de este director. Un monstruo por otro lado bellísimo, lleno de pecas en una piel translúcida y por vez primera en esta larga colaboración, en un plano que termina en desvanecimiento (en fade in o fundido en negro y también en desmayo del personaje en robe de chambre), lo vemos de una complexión pequeña. Varias veces se habló que Huppert suele ser en persona mucho más pequeña y frágil que en la pantalla del cine. Bueno, no esta vez para Chabrol (tampoco para Haneke en La profesora de piano , 2001). Esta ambigüedad visual continúa a lo largo de La comedia del poder. Sin buscar el thriller, la contención-explosión también se aprecia cuando “el esposo de” (Patrick Bruel) intenta quitarse la vida; ¿por despecho? ¿por impotencia? acaso sospecha de su sobrino (Chabrol, Thomas, hijo un excelente actor, el nepotismo bien entendido) ¿y la jueza? No lo sabremos pero tenemos indicios de todo a la vez.

Un revolver escondido y en off el intento de suicidio, ¡arrojándose por la ventana! Un buen ejemplo de cómo contar un relato en cine, mediante lo que Deleuze decía en La imagen-tiempo , una imagen óptica que entra en relación con una imagen-recuerdo que ésta convoca. Lo que es y lo que podría haber sido, narra Chabrol. Fuera del didactismo y la universalidad hay datos muy galos, específicamente franceses, como que el caso investigado sea similar a un sonado caso de corrupción con una petrolera francesa; las amenazas y el suicidio del marido de la jueza (en la película éste sobrevive); líneas como el señor “ Delombre a l'ombre ” (el corrupto señor Delombre a la sombra) pierden su música en la traducción; o atiborrarse con caramelos “Carambar” para no fumar; burlarse del chauvinismo francés y más. Un suceso para el público de ese país, que aplaudía estas apreciaciones localistas. La ambigüedad – como el suspenso en el thriller- se mantiene hasta en la frase que clausura el film, “ Je les emmerde ”, que puede traducirse literalmente como en la copia estrenada y entenderse también como “Los detesto” y también en un sentido laxo -“que se arreglen ellos”, lo que puede decepcionar a algunos. La “piraña” que abandona el caso harta y derrotada, es preferible a una jueza heroína que termina ella sola con la corrupción – como haría el cine del sistema (norte)americano-.

Volviendo a la moral de películas como Que la bestia muera donde el falso culpable era visto como un católico que se auto-incrimina por redención, aquí la “Piraña” se transforma en una loba que caza lobos sedientos de sangre y poder. Su sed de venganza y ambición de justicia, cuando sale a la cacería de los malos, no demuestra una acción para nada cristiana. Mas en ese final en el que baja los brazos (sabiendo lo que le espera a su persona y al sistema judicial francés) ¿no se transforma también ella en el cordero del sacrificio?

 

Ficha técnica:

 

Título original: L` Ivresse du pouvoir

Duración: 110 minutos

Estreno: 20.07.2006

Actor: Isabelle Huppert, François Berleand, Patrick Bruel y Robin Renucci

Director: Claude Chabrol

Director de fotografía: Eduardo Serra

Guionista: Claude Chabrol y Odile Barski

Montaje: Monique Fardoulis